
Soy leyenda, de Francis Lawrence, es la última adaptación de una soberbia novela de Richard Matheson.
La película hace un diagnóstico del futuro y da su veredicto: un retrovirus diezmará a la población mundial, y convertirá a buena parte de nuestros congéneres en mutantes ávidos de sangre. Will Smith, en la piel del militar y científico Robert Neville, encarna al último hombre vivo en Nueva York. El actor, acompañado por el director de la película y su guionista y productor, el gran Akiva Goldsman, nos visitan en Madrid y comparten con nosotros un extenso diálogo.
La mañana no puede resultar más prometedora. Para Will Smith la sesión fotográfica que ahora se inicia se convierte en algo así como un sprint de su carisma. Sonríe, nos señala con el dedo, reparte miradas y, por esta vez, nos convierte a los reporteros en partícipes de una alegría que es imposible fingir.
A su lado, Akiva Goldsman y Francis Lawrence optan por distraerse con el insolente encanto de Smith, a quien parece gustarle el escenario dispuesto por el equipo de Warner: una espectacular reproducción del Nueva York de Soy leyenda, con un coche destrozado y humeante, maniquíes que parecen víctimas de la catástrofe, y arbustos asomando por las grietas del asfalto.
Pese a su espontaneidad y a ciertos arranques populares, Smith demuestra dos virtudes que pocos conocen: elegancia natural y cultura. Para empezar, habla un español bastante decoroso, y sus respuestas confirman que lee y que además se preocupa por la educación.
Por ese motivo, el encuentro con la prensa se convierte en un auténtico diálogo, muy lejos del aburrimiento que inspiran ciertas estrellas cuando se dedican a la promoción.
Sin duda, Smith cuenta con la simpatía de mis compañeros, pero ello no oscurece el interés de Lawrence (soy de los que disfrutaron con su Constantine) y Goldsman (ganador del Oscar por el guión de Una mente maravillosa, guionista de El cliente, Batman Forever, Yo Robot y El Código DaVinci).
Como si fuera un prototipo del neoyorquino intelectual, Goldsman habla muy bien, maneja altos pensamientos como si fueran improvisados y se ajusta las gafas en cada ataque de risa. Lawrence, bastante más discreto, reacciona ante la picardía de Goldsman como si la calma estuviera en la predicción de su horóscopo.
Ni que decir tiene que somos bastantes los interesados en interrogar a nuestros anfitriones. La suerte me sonríe y puedo formular tres dudas. La primera es obvia. He leído la novela de Matheson más de una vez, y aunque la película me parece un magnífico espectáculo, se distancia en su segundo tramo del material original.
“Cuando hago una película –me responde Smith–, tengo intención de crear algo nuevo. En los Estados Unidos, la novela de Richard Matheson está considerada como un gran libro. Por eso quería mantener su esencia, pero aportándole nuestra creatividad. En definitiva, se trataba de ser fieles a la obra de Matheson y, al mismo tiempo, añadir a la película elementos de nuestra cosecha”.
El libro de Matheson fue publicado en 1954, y en dos ocasiones lo han adaptado al cine. La primera versión fue The Last Man on Earth (1964), protagonizada por Vincent Price, y la segunda El último hombre… vivo (1971), con Charlton Heston en el papel principal. Es curioso que esas adaptaciones y la que hoy comentamos sean más esperanzadoras que la novela original. ¿Acaso el público aceptaría de buen grado un desenlace como el propuesto por Matheson?
Me contesta Goldman. “Desde luego –dice–, procuramos ser muy fieles al espíritu de Richard Matheson. Pero también tratamos de aproximarnos al guión de El último hombre… vivo, que fue la segunda adaptación de la novela. El concepto fundamental que deseábamos destacar era la soledad. Soy leyenda es una exploración de la soledad humana y de la alienación. Hay muy pocas personas capaces de reflejar eso en la pantalla. Por eso me siento muy afortunado de que Will quisiera hacer la película. Con su participación y la de Francis Lawrence, pusimos en común nuestras ideas para llevar a término nuestra versión de Soy leyenda… De hecho, no entraba en nuestros planes ofrecer una réplica del texto de Richard Matheson o del guión de las adaptaciones anteriores. Eso hubiera significado una reiteración literal, y no una reinterpretación. A mi modo de ver, cuando uno adapta una novela, tiene la obligación de reinterpretarla”.
Para Matheson, la libre opinión es un valor que sobrepasa los compromisos. Por eso me parecen tan significativos los elogios que el escritor ha dedicado a Will Smith y al proyecto. Se lo indico al actor, con la intención de saber cómo se toma esa buena disposición de quien viene a ser el padre de la criatura.
“Valoro mucho –me dice Smith– esos elogios que Richard Matheson dirige a la película. Es muy importante para mí que apreciase de ese modo el proyecto, y que sintiese que Soy leyenda hace justicia a su creación. Siento que es algo similar a lo que sucedió con Cassius Clay cuando filmé Ali… Por otra parte, debo reconocer que sigo poniéndome nervioso ante la reacción del público que está viendo la película”.
A partir de esta confesión, la charla se abre a nuevas intervenciones, y son mis compañeros quienes proponen sus preguntas y exponen sus puntos de vista. Sale a relucir el diseño de los Infectados, criaturas nocturnas que viven en la red del metro y en los edificios abandonados, y que devoran todo aquello que se encuentran en sus correrías nocturnas.
“En la novela de Matheson –aclara Smith–, las criaturas mutantes eran vampiros. El libro propone toda esa parafernalia de las cruces y el ajo. Se trata de conceptos básicamente judeocristianos: el vampirismo, la oscuridad y la necesidad de encomendar tu alma a Jesucristo para defenderte. Eso estaba en el libro… pero pensamos que era bueno sobrepasar ese nivel. Expandir el concepto más allá de la religión, alcanzando así un plano superior de espiritualidad… Anna, la superviviente interpretada por Alice Braga, es cristiana, pero como digo, queríamos ir más allá. En la película, la oscuridad representa lo desconocido, que es un concepto universal. Queríamos mostrar cómo reacciona la humanidad frente a esas fuerzas que representan lo desconocido”.
¿Cuál es el origen de los mutantes? Nada menos que un error médico. Un retrovirus diseñado para combatir el cáncer. Neville, que antes del desastre fue virólogo militar en Manhattan, investiga una vacuna para erradicar la pandemia. Tiene la fortuna de ser inmune a esa terrible enfermedad. Lo mismo le sucede a Anna, otra superviviente que se cruza en su destino.
“A Neville –dice Goldsman– lo que le permite superar su situación es la ciencia. En el caso de Anna, es la fe…”.
“En último término –le interrumpe Smith–, ciencia y espiritualidad llegan a un punto común. Se trata de algo importante en nuestro planteamiento narrativo. De hecho, eso mismo es lo que demuestran libros como The Tao of Physics, de Fritjof Capra”.
Ahí es nada… ¿Se imaginan a otra luminaria de Hollywood citando un ensayo semejante? Y eso que hablamos de un texto tan apasionante y revelador como The Tao of Physics: An Exploration of the Parallels between Modern Physics and Eastern Mysticism, del austriaco Fritjof Capra…
Citas literarias al margen, lo cierto es que Smith lleva a cabo una interpretación poderosa, que tiene mucho de monólogo. Con todo, no es exacto del todo decir que actúa en solitario. Durante buena parte de la película lo acompaña un perro pastor alemán, llamado Sam en la ficción y Abbey en la vida real.
“Gracias al perro –aclara Smith–, encontré a alguien con quien interactuar. En una situación de soledad como la que experimenta mi personaje, uno le da vida a todo, porque necesita desesperadamente interactuar. Mientras preparaba mi papel, hablé con un antiguo prisionero de guerra, que me dio su opinión sobre los efectos del confinamiento. Fue él quien me habló de esa necesidad de darle vida a todo. Por eso fue fantastico actual con Abbey… A su manera, el perro es inteligente. Bueno, todos tenemos mascotas en casa, y es verdad que hay perros realmente tontos. Pero Abbey parece que hablase inglés. Ella me entendía, me miraba a los ojos… Cuando me olvidaba de alguna frase de diálogo, me miraba con extrañeza. Era como si tuviera una inteligencia que, en este caso, era extremadamente útil”.
Sólo puede compararse esa ciudad desierta de Soy Leyenda con un País de Nunca Jamás. Un territorio en el que los animales salvajes se apropian de las calles, todas las tiendas están abiertas y nadie nos puede acusar de robar el escaparate. En cierto modo, la pandemia rompe los barrotes de la civilización y deja vía libre a los pensamientos más primitivos e ineludibles.
“Durante el proceso de preparación –explica el actor–, buscaba eso que llamo ideas primarias. Conceptos que no necesitan ser traducidos. Por ejemplo, un padre tiene que conseguir comida para su familia. Esa es una idea universal: cualquier ser humano entiende que un padre trata de alimentar a tus hijos. En mi caso, tenía que dar vida al último hombre sobre la tierra. ¿Qué idea primaria funciona en este caso? Cuando éramos niños, todos hemos tenido ese sueño. Te metes en líos, y te dice a ti mismo “Me gustaría que todo el mundo desapareciera”. Esa es una idea que no necesita ser explicada”.
Una observación inevitable: la soledad es un estado para el conviene entrenarse. “En Nueva York –dice Smith–, era difícil experimentar esa soledad absoluta. Incluso cuando la calle está tranquila, hay un rumor de electricidad, suenan bocinas en la distancia… Así que decidí recluirme durante un par de semanas en mi casa de Los Ángeles. Entonces me di cuenta de cuánta distracción entra en nuestras mentes. Tanta, que evitamos pensar en nosotros mismos. A lo largo de esas dos semanas, conecté con aquello que Robert Neville no sería capaz de ignorar. Cualquier sentimiento de flaqueza, de dolor… todo se siente es como si la mente se iluminara”.
La ciencia-ficción suministra un modelo para el porvenir post apocalíptico: el de la gran ciudad en ruinas. Soy leyenda se apropia de esa imagen y logra estilizarla. De forma atrevida, el director Francis Lawrence quiso ofrecer un enfoque naturalista de la ambientación. Por eso mismo, en lugar de valerse de un entorno digitalizado, optó por vaciar las calles más importantes de Nueva York. Literamente. Para ello, obtuvo el apoyo decidido del alcalde Michael Bloomberg,
“Fue muy complicado –nos dice Lawrence–. Desde el primer momento, quisimos rodar en las calles de Nueva York. No queríamos filmar con efectos, frente a una pantalla verde. Deseábamos alcanzar el máximo realismo posible… para la audiencia y también para el actor. En Soy leyenda se refleja un verdadero sentimiento urbano, que no tiene nada que ver con lo que se rueda en un estudio con luz artificial. Acudimos al Ayuntamiento, y toda la ciudad cooperó con nosotros. Cortaron el tráfico siempre que fue necesario. Teníamos a cientos de asistentes en la calle, vigilando balcones, salidas… manteniendo a la gente tras las cámaras. Y todo funcionó”.
“Fue muy interesante –añade Goldsman– trasladar la acción de Soy leyenda desde Los Ángeles hasta Nueva York. Las dos primeras adaptaciones de la novela tenían lugar en Los Ángeles. Pero esta no era nuestra opción, porque… veréis, incluso en un buen día Los Ángeles parece abandonada. Por consiguiente, era difícil reforzar ese tono desolador de la historia recurriendo a un ambiente que, de por sí, ya es bastante árido. Ese fue el motivo por el cual rodamos en Nueva York, lo cual, de forma instantánea, dio nuevos bríos a la línea narrativa. Desde ese punto de vista, la ciudad trabaja a tu favor. Ver Nueva York vacía ya resulta terrorífico. Lo pudimos comprobar durante el rodaje. Por unos instantes, la Quinta Avenida, desértica, daba esa impresión. Una vez acabada la toma, oías a la gente gritar, pero ya era posible formarse una idea de lo que iba a ser el acabado final”.
“Soy leyenda –dice Smith– se inicia con unas tomas de ese Nueya York deshabitado. Realmente, producen escalofríos. Le dan al espectador la idea de que algo terrible debe de haber sucedido. Esos seis o siete planos son algo que nunca has visto. De hecho, aunque no identifique cuál es esa metrópolis, la audiencia cae en un silencio absoluto”.
El personaje de Robert Neville es inmune a la infección. Al convertirse en un superviviente solitario, comprende que su única razón de ser es hallar una solución científica a los terribles efectos del retrovirus. Por el camino, reniega de Dios –no comprende cómo ha permitido el desastre– y acumula en su sótano todo el instrumental posible para llevar a cabo sus experimentos. Según nos comentan, Will Smith preparó esa faceta del personaje visitando el Centro para el Control de Enfermedades. De hecho, llegó a comentar su papel con científicos que trabajan en sus laboratorios con el Nivel de Bioseguridad tres.
“Pasamos muchísimo tiempo –dice Smith– barajando diferentes ideas. Entre ellas, está esa línea que separa a los avances médicos del poder divino. La línea entre la fe y la ciencia, que llega a ser difusa en un cierto nivel de la física subatómica. En este sentido, hablamos mucho acerca de conceptos como humanidad, necesidad y moral… Yo andaba absorto con la idea de que Robert Neville, en su mente, se ha convertido en un dios. Se considera a sí mismo como Dios. El mundo ha sido destruido y él no pudo evitarlo. Como si estuviera en una especie de Arca de Noé, siente que su responsabilidad es conseguir que el mundo sea de nuevo aquello que fue antes de la catástrofe”.
Will Smith, durante la presentación de Soy leyenda en el Hotel Intercontinental, de Madrid © Fotografía de Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.









































































































