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Encuentro con el director de fotografía Christopher Doyle

ChristopherDoyle

El director de fotografía Christopher Doyle es uno de los operadores más imaginativos y sugerentes del panorama actual.

También figura entre los más prestigiosos. Su trabajo tras la cámara abarca encargos de Hollywood tan inusuales como La joven del agua (2006), y un buen puñado de las mejores películas chinas, desde Chungking Express (1994) hasta Hero (2002).

Por algo el realizador Wong Kar Wai dice que el australiano viene a ser “sus ojos”. Sencillo y a un tiempo cordial y expansivo, Doyle visitó la Filmoteca Española, donde se le ha dedicado un ciclo de proyecciones. Allí tuvimos ocasión de charlar con él. Su presencia en Madrid está justificada: ha pasado parte del invierno en esta ciudad, rodando The Limits of Control, de Jim Jarmusch.

La Filmoteca Española, en colaboración con Cahiers de Cinema, le ha dedicado un ciclo-homenaje a Christopher Doyle durante los meses de abril y mayo. Con claras muestras de agrado, el director de fotografía también ha impartido un curso en las instalaciones La Casa Encendida. En modo alguno debe sorprender ese interés: mencionar a Doyle en cualquier proyecto –hablamos de cine, sin importar dónde– es un sinónimo de calidad.

Como operador, su búsqueda de una nueva estética se deja notar en cada proyecto, a tal extremo que él mismo comparte autoría con el director. Desde el punto de vista creativo, Doyle es un vagabundo, un viajero iniciático cuya mirada rebosa experiencias, sentimientos, atmósferas que luego entrega gustoso al espectador.

Por su particular modo de ver el mundo, es lógico que se haya hermanado con directores tan líricos como Wong Kar Wai o el desaparecido Edward Yang. La intuición es su método de trabajo, y también el único medio de expresar su arte.

In the Mood for Love (2000), de Wong Kar Wai, Hero (2002), de Zhang Yimou, Invisible Waves (2006), de Pen-Ek Ratanarung, La joven del agua (2006), de M. Night Shyamalan, La condesa rusa (2006), de James Ivory, The Limits of Control, (2008), de Jarmusch... Todos estos largometrajes tienen algo en común: el modo en que las emociones de Doyle adquieren, en sus fotogramas, una textura visual muy distintiva.

El temperamental australiano parece haber nacido con una cámara. Conocido en Asia por el sobrenombre de Du Kefeng (Como el viento), ha consolidado una carrera que no tiene límites geográficos. Y eso que no intelectualiza su trabajo ni recurre a simbolismos en boga. “Soy el anti-Storaro”, llega a decir, refiriéndose al muestrario cromático del maestro Vittorio.

Hoy nos habla con gestos rápidos, enérgicos. Domina el espacio, corta el aire con las manos y su mirada azul deja entrever una ironía con la que más vale conformarse. Sobre todo cuando da un sorbo del vaso de cerveza, patea el suelo con la bota izquierda y explota en una carcajada que casi es imposible no compartir. Me da la impresión de que en sus pensamientos de hoy se agita la misma turbulencia que en su peinado, asombrosamente desigual. De hecho, parece recién llegado de una salvaje sesión de baile.

Doyle se enorgullece de trabajar con amigos como Kar Wai, empapados de una misma energía. Amigos que no conciben la película como una labor analítica, programada, sino como un encuentro creativo que hay que tomarse con grandes dosis de libertad.

Sin duda, al australiano le interesa experimentar. De ahí que, como un improvisador nato, se mueva bajo los principios del ensayo y del error. Describir su vibrante estilo es bien difícil, pero vale la pena intentarlo. Y es que al operador le atraen los encuadres imprevisibles, las angulaciones nerviosas, los contrastes de velocidad y el juego cromático más atrevido que imaginarse pueda.

En definitiva, le mueve una concepción del cine basada en la emoción descubierta, no fabricada. Quizá por eso se siente tan a gusto en Asia. “En Occidente construyen las películas –le gusta repetir–. En Oriente las descubrimos”.

Nuestro anfitrión tiene una voz nasal. Evita las pausas al hablar, y termina las frases con cierto abandono, como si estuviese a punto de cambiar de tema. Su acento australiano se ha ido deformando a fuerza de emplear el cantonés y el mandarín: sus dos lenguas adoptivas. Y sin embargo, todo lo que dice tiene mucha importancia. Ése es, precisamente, su juego más seductor.

Doyle no concibe la realización de las películas desde el individualismo o la parcelación de tareas. Por eso mismo se siente familiarizado con la profesión más antigua del mundo: “Pienso que el público –dice, con ojillos chispeantes– nota el placer que siento al filmar. Porque, la verdad, soy como una puta... Lo que hago es darle forma a una idea que otro ha tenido. Así que doy placer y también recibo placer”.

Ya ven que nos hallamos ante un tipo curtido. Un bohemio que, antes de lograr fortuna en el cine, fue marinero en las costas noruegas, trabajó para una compañía petrolífera en la India, crió ganado en Israel y se dedicó a la medicina china en Tailandia. Por eso no creo que a este viejo truhán le asuste una pregunta directa: “Señor Doyle, ¿ha ido con alguna cerveza de más cuando ha trabajado con Wong Kar Wai?”.

¿La respuesta? Bueno, digamos que es inteligente además de divertida: “Si usted trabajase con Wong Kar Wai, también bebería… Cerveza y amor son una buena fórmula para hacer películas”.

Como si hiciera espiritismo, a Doyle parece bastarle un pequeño esbozo para construir un mundo. Le conocemos por su reflejo de la ciudad posmoderna, donde el ser humano es agitado entre el impulso global y la más completa soledad: “Hay que dar sentido al espacio, y la ciudad funciona como una entidad viva”. Por mismo eso insiste en la necesidad de que la lente se fije en los detalles, por ínfimos que éstos sean. Ni que decir tiene que esa megaestructura urbana nos empequeñece, y por consiguiente, nos convierte en criaturas aisladas, frágiles, a las que la cámara puede observar desde la lejanía, con un teleobjetivo si es preciso.

Pese a su aspecto descuidado, nos habla como un firme defensor de esa belleza que es necesario compartir. De ahí sus palabras: “El director de fotografía busca la luz, el espacio, la composición… para tratar de conseguir la integridad del texto, o el gesto, o todos esos detalles que hacen de un momento algo compartido”. Y es que para el operador, el cine no debe ser otra cosa que “la expresión visual de una experiencia emotiva”.

La integridad que defiende en sus películas lo define también a él. A pesar de ello, no le gusta ponerse como ejemplo para los jóvenes cineastas. Es un creador de los grandes, no les quepa duda, pero también es lo suficientemente humilde como para que nos olvidemos de ello. Al menos por un instante.

Barbet Schroeder y Li Xin en Porte de Choisy, episodio de Paris je t'aime (2007) dirigido por Chistopher Doyle © Victoires International y Pirol Film Production. Cortesía del Departamento de Prensa de Manga Films. Reservados todos los derechos.


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