Cine y Letras

Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
  15 de noviembre de 2011 - 12 de febrero de 2012
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Entrevista con Albert Boadella

albertboadellaLa principal característica de Albert Boadella como dramaturgo y líder de Els Joglars es su inconfundible rebeldía.

Boadella es uno de uno de esos afortunados sobre cuyo trabajo no vale la indiferencia. ¿Un inconformista? Quizá sea una imagen demasiado simple de un pensador dinámico e impredecible, capaz de manejar materiales tan poderosos como la curiosidad, el riesgo, la inventiva y un sentido ético que se resuelve en sentido común. Hablar con él sobre su obra más reciente, La cena, equivale a asistir a un choque frontal entre la inteligencia y ese conglomerado de estereotipos que viene a ser la corrección política.

La nuestra es una sociedad cada vez más superficial y frívola, ¿no cree? Ya no se plantean discursos con una cierta trascendencia. Basta con repetir palabras altisonantes de cara a la galería…

Vivimos un momento muy especial. Ha ocurrido una cosa que yo cuento en El rapto de Talía, un libro que me gustaría volver a publicar. Ahí decía que, por parte de la sociedad, se ha producido el rapto de nuestra diosa. Antes eran unos especialistas los que hacían el exhibicionismo –el teatro–, y ahora estamos en una sociedad en la que todo el mundo quiere notoriedad. Todo el mundo está dispuesto a exhibir lo que sea. Su vida íntima está en una exhibición constante, y una de las grandes exhibiciones de esta sociedad es la exhibición de que somos muy buenos.

Entre los fetiches de ese exhibicionismo, figuran determinadas vanguardias artísticas. Ahí no parece haber ni una sola referencia sensata a la tradición pictórica. Al contrario, se defiende cualquier ocurrencia con la mayor desenvoltura.

Claro, porque es la pura vaciedad total, y además hay unos tipos que tienen el morro de erigirse en expertos. Tipos capaces de ver la diferencia que hay entre un Tàpies y una pared desconchada. Esto es lo bueno, dicen, y la pared desconchada es lo malo. Nada más.

Hay unos que son los que dirigen esta situación, y los otros les siguen sin saber ni siquiera si aquello tiene o no valor. No les importa nada.

Es más, poner en juicio determinadas creaciones modernas equivale a ser considerado un reaccionario.

Es la pura repetición. Es como un juego de diseño constante. Lo importante es el diseño, no para qué sirve. Eso ya es la base… Yo creo que el fenómeno que mejor demuestra la decadencia y el nivel de degradación de nuestro siglo es eso que se llama Arco.

Sí, la feria internacional de arte contemporáneo.

Cuando uno entra en Arco, ve la fealdad absoluta. Es decir, no existe ningún concepto de belleza. Todo es la destrucción de la forma. Es realmente el feísmo total. ¡Y esto está hecho por la elite! ¡Por la elite!... Esa es la demostración de la gran degradación que estamos sufriendo.

Pero todo eso adquiere una apariencia respetable. Hablamos de gente que aspira a parecer culta, aunque no lo sea.

La mediocridad tiene siempre que encontrar unos slogans para sobrevivir. Palabras como vanguardia, modernidad, posmodernidad… Burradas tan importantes como decir Yo hago arte contemporáneo… ¡Pues claro! ¡Si estás vivo, es obvio que haces arte contemporáneo! Pero la gente traga tranquilamente con eso, porque estos mediocres tratan de venderse con unos slogans que a la gente le suenan.

Se manipula el propio concepto de arte, ¿no es cierto?

El arte no es otra cosa que hacer de una cosa compleja –unos principios en relación a la vida– algo accesible para todo el mundo. Y aquí se ha invertido la cuestión. Es decir, de una cosa que no es nada, se ha hecho una complejidad para que parezca algo. Esto es la base de lo que se llama hoy el arte moderno, el arte de vanguardia. Y esto es debido a la mediocridad. Cuando alguien tiene talento, no tiene necesidad de utilizar esos slogans.

Todo acaba siendo pura apariencia.

La gran hecatombe económica que vivimos tiene que ver con esto.

¿En qué sentido?

Es exactamente lo mismo. La representación de este mundo que vemos en Arco y en tantas otras cosas, es lo que ha ocurrido. Es decir, una economía basada en una cosa inexistente. Todo es epidermis. Aprietas un poco, y no hay nada. ¿Qué ha pasado? Se ha apretado un poco, y ya no había ni dinero contante y sonante.

Al igual que otras de sus obras, La cena inmuniza al espectador frente a las nuevas formas totalitarias. En este caso, lo que se pone en cuestión es el pensamiento único.

Els Joglars es una compañía con 48 años de vida. Que no son pocos. Han sido 48 años de mantener un equilibrio ético y estético. Es decir, la ética y la estética han ido siempre de la mano. ¿Por qué? Pues porque hemos estado siempre a la contra de lo establecido, cosa que es una de las funciones esenciales, higiénicas, del teatro.

Para estar simplemente con el pensamiento ganador no es necesario hacer teatro. Cuando aquí había una dictadura, Els Joglars estaban en aquel momento –en lo que se podía– frente a la dictadura franquista. Posteriormente, cuando entró lo que entendíamos como el pensamiento único del nacionalismo, es público y notorio que también nos enfrentamos a él. Y después, cuando ha llegado el gran triunfo de la progresía, que se ha convertido en un pensamiento único, pues también estamos del otro lado.

A propósito de La cena, usted ha comentado que ésta sería la mejor época para el Tartufo. Como el personaje de Molière, hoy son muchos los que practican la impostura en cualquier circunstancia. Por ejemplo, bajo la apariencia del buenismo.

Lo que se llama el buenismo es cierto. Todo el mundo habla de la solidaridad con el tercer mundo y de otras cuestiones que en nada se corresponden con la realidad. Es decir, que la dosis de exhibicionismo ha hecho que esta sociedad se haya convertido en una sociedad de la impostura.

Claro, si uno se calla, no es impostor. Pero si uno dice o predica una cosa que no hace, se convierte en un gran impostor. Y esto desde los medios a los políticos, pero hasta la propia ciudadanía, que cuando le pones un micro o una cámara de televisión hace exactamente lo mismo, esto lo ha invadido todo. Es el rapto, como decía, de la diosa Talía. Antes sólo lo hacíamos, y además lo hacíamos desde unos conceptos higiénicos y éticos, los especialistas. Ahora esto ha desaparecido. ¿Y qué ocurre? Bueno, ocurre que nada se sostiene. A las cosas no las anima ninguna idea.

Parece que la única opción razonable es rebelarse.

Ponernos en el otro lado, y verle su lado satírico, su lado paródico, y señalar sus grandes e inmensas contradicciones. Contradicciones que los propios Estados del mundo desarrollado tienen en sí mismos. Por una parte, estamos viendo el impulso constante, la instigación constante al consumismo, porque si no hay consumismo se nos hunde todo. Pero al mismo tiempo, hay que hacer algo frente a lo que se llama el cambio climático. Y hay una cierta contradicción, porque no es África la que contamina,

Pero creerse del lado de la verdad absoluta convierte en innecesario el pensamiento crítico. Basta con asentir a los principios que machaconamente dictan los medios. Ese es otro de los elementos que pone en cuestión La cena, ¿verdad?

En el fondo, tratamos de que el espectador pueda ver una realidad que no es exactamente la realidad oficial, sino una realidad distinta. La idea de La cena era, en principio, poner en tela de juicio ese intento de formar nueva religión frente a las cuestiones de la ecología, del cambio climático, de esta sociedad del buenismo que estamos construyendo.

En el caso de esta obra, su sátira del ecologismo llevará a más de uno a considerarle antiecologista.

Els Joglars somos extraordinariamente… hombre, no diría ecologistas en el sentido militante de la palabra, pero realmente la vida en la naturaleza ha hecho que nosotros comprendamos muchísimas de estas cosas. Tenemos, en este aspecto, fuerza moral para hacer lo que hacemos.

Parece que el viejo puritanismo adquiere hoy las formas del ese pensamiento único sobre el que estamos hablando. Quienes militan en el, se sienten moralmente legitimados para considerar infieles a aquellos que se atreven a discrepar.

Las religiones conocidas, al menos la que domina en España, ya han pasado la época de la Inquisición. Las nuevas pueden tener una tendencia inquisitorial en el sentido de que, como el objetivo es tan alto, tan sublime, tan importante –tenemos que salvar el mundo y la naturaleza–, pues pueden aparecer impulsos para coartar las libertades personales. Y aquí, creo yo, es donde está el problema.

Se trata de un efecto perverso.

Por ejemplo, pensemos en aquellos a quienes les gusta fumar un puro después de comer y otro después de cenar. Desde hace treinta años, yo lo vengo haciendo. Pues bien, me encuentro que me empiezan a mirar muy mal en muchas partes.

Aquí existe ya una mística que ha penetrado, y que va legislando y que realmente, acabará prohibiéndome que yo me fume este puro en el salón de mi casa.

Por tanto, mucho cuidado, porque las coacciones a la libertad llegan bajo la disculpa del bien común. Y eso a las religiones oficiales ya les ha ocurrido… ¿Qué cosa hay más humanística que el Evangelio? Bueno, pues a través del Evangelio también vimos unos hechos históricamente tremendos. Pero como ya los hemos pasado, pues yo prefiero todavía el Evangelio.

Pero, insisto, los defensores de la corrección política se creen poseedores de una superioridad moral.

A mí lo que me preocupa no es que la gente tenga sus manías. Lo que me preocupa es que las manías se conviertan en legislación. Claro, esto hay que vigilarlo. Y estamos en un punto en el cual hay que tener muchísimo cuidado.

Ya…

Cuando en Europa y en América se dejó implantar la norma de castigarnos por no llevar el cinturón de seguridad en el coche, nadie se dio cuenta de que se estaba perdiendo algo que es la propia libertad. El hecho de que tú vayas sin cinturón de seguridad jamás perjudica a nadie en la conducción. Jamás.

Te puedes matar, sin duda alguna. De hecho, yo lo llevo puesto. Pero no debería ser jamás una obligación, porque no tiene ninguna consecuencia sobre terceros. Entiendo que se pueda obligar llevar con cinturón a los niños, pero a partir de los dieciocho años, no debería ser obligatorio. Eso es terrible.

Sería una pérdida de libertad individual…

Todo el mundo dice Eso cuesta mucho al Estado, sobre todo si usted se queda paralítico. Bueno, entonces empecemos a prohibir el alpinismo en el Himalaya, el puenting o el moto cross. Empecemos ya por aquí. Que nadie salga los fines de semana, y así no habrá accidentes…

Mucho cuidado. Hay cosas que uno no debería permitir. Por ejemplo, esa proliferación de cámaras por todas partes, a mí me parece una barbaridad.

Siempre se plantea que son útiles.

Claro que es para la seguridad y así sabemos quién ha robado y quién es el asesino… Pues lo siento. Que en lugar de la cámara pongan un policía.

Entiendo.

Hay unas derivaciones de esta lucha por el bien común que conllevan el riesgo de caer en una especie de nueva dictadura.

En este sentido, es significativo que, al mismo ritmo que proliferan ciertas paranoias, disminuya el sentido del humor.

El sentido del humor es una de las primeras cosas que toda la sociedad que va hacia los pensamientos únicos trata de aniquilar. Porque, claro, el sentido del humor significa sentido de la distancia. Tú te distancias incluso de aquellas cosas que tú crees. Eres capaz de verte a ti mismo con humor....

Esto significa el pensar por uno mismo. Significa que no puedes entrar en ningún fundamentalismo, porque el humor es una especie de antivirus contra los fundamentalismos. Por eso, los grandes regímenes totalitarios lo primero que han coartado es a los humoristas.

Como usted dice, los medios de comunicación son portavoces y creadores de esa realidad falsificada.

Yo, porque tengo la piel gruesa... Yo he acabado con Cataluña porque la reacción contra mí ha sido brutal, hasta el punto de convertirme en muerto civil… Hombre, en otro lugar hubiera sido muerto físico. Pongo el caso del País Vasco, donde es posible que esa muerte hubiera sido real. Pero en Cataluña esto ha significado mi muerte civil.

El conjunto de los medios catalanes ha sido la mano que ha actuado, pero no ha actuado por sí sola. Ha actuado delante de una clase política y de una cierta proporción de la sociedad.

Eso queda claro en su libro Adiós Cataluña.

El caso de Cataluña es muy especial. En el momento en que el Partido Socialista se pasa al nacionalismo, se pierde totalmente el equilibrio y se convierte todo en régimen.

Cuando el Partido Socialista no entraba en este juego, ocurría un poco como en el País Vasco: había dos frentes. Cuando todos están en un lado... Ya puestos, que venga de nuevo el Generalísimo, porque prácticamente es lo mismo pero con apariencias de democracia.

Frente a la ecología, los medios de comunicación ya han consolidado una serie de mitos. ¿Es consciente de que muchos espectadores de La cena estarán condicionados por esa mitología?

Bueno, hay que pensar que en los últimos tiempos, y supongo que a través de ir conociendo cada vez más un oficio, he conseguido decir las cosas duras con formas agradables. Cuando uno empieza, dice las cosas duras con formas desagradables. Con el paso del tiempo, digo las cosas duras con cierta dulzura, con cierta educación, porque no hay por qué decirlas de forma desagradable.

Piense que para nosotros, cuando empezamos una obra, lo más importante no es el tema sino cómo contarlo. Cómo contar aquella historia... Es decir, de qué forma conseguir que aquello parezca algo natural, como si los actores estuvieran improvisando en aquel momento. Que las cosas se cuenten como si nosotros, en fin, fuéramos víctimas de aquello, ¿no? En este sentido, no hay una obsesión por decir Ahora me tengo que cargar eso.

Por eso trabajamos seis meses. Si no, con un mes, tendríamos más que suficiente para empezar a lanzar exabruptos. La cena es una obra que está contada como un cuento, de una manera agradable, simpática. Suena Las cuatro estaciones, que es una pieza ecológica, unida a unas pequeñas coreografías que van a intervenir a lo largo de la obra. No parece que haya, como se dice vulgarmente, mala leche.

Las cumbres medioambientales y los congresos ecologistas tienen una dimensión escénica. ¿Le interesó esa faceta teatral de este tipo de reuniones?

De hecho, el argumento o el inicio del argumento es una cumbre medioambiental que se celebra en España, en un parador nacional. A España no le ha tocado ningún temario, simplemente es anfitriona, pero sí que le ha tocado organizar la cena de clausura. Las autoridades competentes medioambientales hacen un gran esfuerzo por conseguir una cena auténticamente medioambiental. Buscan a un cocinero famoso para que construya este menú, y efectivamente, este cocinero lo hace, entrenando a los propios cocineros del parador. Ese menú –no puedo desvelar el final– sería una de las fórmulas para solucionar el problema del cambio climático.

Albert Boadella © Fotografía de Guzmán Urrero Peña. Reservados todos los derechos.


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