
Mientras espero a la estrella, pongo en orden mis notas.
Al repasarlas, subrayo lo que, hace apenas unos minutos, me acaba de decir ese hombre encantador que es Fernando Guillén Cuervo: “Hablamos de una producción muy especial, cuyo reparto incluye a italianos, españoles, búlgaros y americanos. Aparte de la fortuna que significa actuar junto a intérpretes como F. Murray Abraham o Max Von Sydow, el género de la cinta, un thriller histórico, es también algo especial entre nosotros. Además, este tipo de producción internacional, que tan familiar es para los italianos, no se estila en España. Desde la época de Samuel Bronston, escasean los lanzamientos de esa naturaleza, tan útiles y formativos para actores y técnicos. Quizá sea Julio Fernández, con su Fantastic Factory, quien está logrando replantear ese modelo en el seno de nuestra industria”.
Les aclaro que estas reflexiones, tan oportunas y bien planteadas por Fernando, se refieren a la película En busca de la tumba de Cristo. Por cierto, uno de sus personajes principales es Brixos, un caudillo germánico que blande su hacha de doble filo como si se tratara de Conan o el rey Kull. Quien interpreta a este guerrero es Dolph Lundgren, que acaba de sentarse junto a mí en la terraza del hotel ME Reina Victoria.
A estas alturas de la mañana, y tras someterse a otros interrogatorios, Lundgren resulta extrañamente equilibrado. Sonríe, mientras se alisa el pantalón. Parece a punto de decirme: “¿Qué te apetece tomar?.. Pide lo que desees”. Su mirada y otros rasgos de su lenguaje no verbal demuestran que es una persona con objetivos y con estrategia. Este hombre, me digo, sería una verdadera mina en un curso de motivación para ajedrecistas. Al verlo de cerca, también recuerdo un tópico verosímil: la superioridad estética de los suecos.
“Rodar esta cinta en Europa −me dice− ha sido algo sumamente atrayente. Sobre todo, porque el resto de mi carrera se ha desenvuelto en los Estados Unidos, y esto abre para mí todo un campo de nuevas posibilidades. Espero que ello también me facilite la posibilidad interpretar nuevos personajes en el cine europeo”.
Para centrar el diálogo, contrasto la brutalidad del guerrero Brixos con la formación intelectual de Lundgren, criado en una familia de ingenieros. De pasada, le menciono su paso por el Real Instituto de Tecnología en Estocolmo, sus estudios de Ingeniería Química en la Universidad de Sydney y la beca Fullbright que le llevó hasta el MIT (Massachusetts Institute of Technology). “ Esas son las paradojas de la interpretación −comenta, con media sonrisa−. Brixos es un guerrero que carece de profundidad, y en la vida real, yo provengo de esa formación química que comentas. A decir verdad, la composición de un personaje implica siempre ese elemento paradójico: encarnar a alguien que es muy distinto a ti”.
Quien fuera el boxeador ruso Iván Drago en Rocky IV (1985) posee un sólido entrenamiento como actor. A pesar de ello, su aspecto físico lo encasilla en el rol del justiciero, del cazarrecompensas o el mercenario. Dicho de otro modo: víctimas del body building con una biblioteca vacía. “Es verdad que el público −dice− me identifica con cierto tipo de personajes cinematográficos. No obstante, como actor, siempre procuro abordar nuevas y diferentes posibilidades. Eso es lo estimulante de un trabajo como el mío”.
Cuando saco a relucir su experiencia en el taller interpretativo de Warren Robertson, en Manhattan, Lundgren parece sentirse invadido por la nostalgia. “ Aquella época −dice− fue enriquecedora. Con el tiempo, vas aprendiendo las diferencias de actuar en el escenario y para la gran pantalla. Uno gana en confianza y adquiere nuevas habilidades dramáticas”.
En 1993, Lundgren empezó a tomarse en serio su destino empresarial. Participó en Pentathlon, una violenta película que el actor financió por medio de su compañía particular, Thor Pictures. Poco después, sus ambiciones creativas le llevaron a convertirse en realizador. Parece que esa vocación fraguó durante el rodaje de Desafío final (1995), de Ted Kotcheff, en la República Checa. “Una cosa llevó a la otra −dice−. En aquel momento, no fue algo calculado. Luego tuve que sustituir al realizador durante una filmación, y adquirí la confianza necesaria para afrontar nuevos proyectos como director”. Creo que esto último ocurrió en Bucarest, donde Lundgren rodaba The Defender en 1994. “Me contrataron como protagonista −añade−. Pero al final fui el encargado de dirigir todo el largometraje. En todo caso, dentro de esta nueva faceta, tengo la oportunidad de acometer tareas muy variadas y exigentes. Además, puedo definir la orientación de todo el proyecto. Me siento atraído por esa responsabilidad”.
Además de esta película, Dolph ha dirigido The Mechanik (2005) y Misionary Man (2007). Por cierto, este último es un proyecto que le atrae especialmente. No en vano, su mezcolanza de ingredientes −¿qué otra cosa es la serie B?− es muy prometedora: “Se trata de un western −dice−. Ése es su género, aunque la película está ambientada en la actualidad. La trama se desarrolla en una reserva india de Nuevo México, y para escribir el guión me inspiré en un artículo periodístico”.
Con los rodajes de Tumbling Dice (2008) y Double or Nothing (2008) a la vista, su agenda parece bien nutrida. Ciertamente, me hallo ante un negociante seguro de sí mismo. “Ahora puedo planificar mejor mis proyectos. También preparo un drama bélico −añade−. Estará ambientado en la Primera Guerra Mundial y la acción tendrá lugar en Suecia”.
Dos o tres cintas al año, ahí es nada. Me viene a la memoria el título del vídeo de gimnasia que Lundgren lanzó en 1987: Maximum Potential. Con una experiencia ganada a pulso junto a directores de género y con oficio −Sly Stallone, Russel Mulcahy, John Woo, Roland Emmerich−, no me sorprende que el actor desmienta su estereotipo y revele una inteligencia tan fina como un aguijón.
Mientras le agradezco su cordialidad, se pone en pie, me estrecha la mano y sale briosamente de la sala. Viéndole marchar, es fácil comprender por qué la línea entre actor y personaje es tan borrosa. Lundgren, sonriente, razonable, camina del modo en que lo hacen ciertos héroes de cómic: como la timidez si fuera una cuestión sin importancia.
Copyright © de la fotografía: Guzmán Urrero, 2007. Reservados todos los derechos.










































































































