
¿Qué hacía William Shakespeare entre 1587 y 1592?
Poco o nada nos dice la historiografía, y son tantas las especulaciones que, en casos tan intrincados, se juzga preferible el vuelo libre de la imaginación.
Inés París, apuntándose a ese derecho tan estimulante, coteja en Miguel y William la ausencia de datos sobre el inglés con aquellos que poseemos de Cervantes durante el mismo periodo. Don Miguel era, por aquel entonces, un veterano de Lepanto, fallido escritor y empleado como recaudador de impuestos. Casi no hace falta aclarar que el encuentro entre ambos genios reserva enormes posibilidades para el guionista.
Por supuesto, aventurarse por dicho lindero implica riesgos que sólo la comedia puede atenuar. Y ése es, precisamente, el género donde se enmarca este enredo encantador, urdido en torno a una mujer seductora, pícara y cosmopolita que responde al nombre de Leonor de Vibero.
Confiesa Inés París las referencias de esta insólita producción, y al hacerlo, nos da la clave del tono y la estética elegidas para su desarrollo. No es casual, desde luego, que en Miguel y William hallemos visos de La kermesse heroica, de Jacques Feyder, o de Shakespeare in love, de John Madden. Aunque con ello viremos hacia el prejuicio, este propósito de la realizadora se convierte en mérito. Más aún dentro de una cinematografía como la nuestra, volcada del lado del costumbrismo, naturalista y melancólico hasta el exceso, e impregnada de impulsos juveniles −es lo que da de sí el paisaje monocromo de la adolescencia− que la alejan sin remedio de eso que, a veces con gratuidad, llamamos alta cultura.

Volviendo a lo que importa: Miguel y William se ofrece como un producto disfrutable a cualquier edad, diseñado con buen gusto y con olfato escenográfico. Un largometraje divertido, vitalista, carente de afectación, que juega sobre el genuino tablero de la moderna industria: el espectáculo exportable, con timbre internacional.
De nuevo habrá que preguntarse, ¿por qué no generalizar este empeño dentro del cine español? Ésa es una de las dudas con las que me acerco al Hotel Hesperia, donde presentan el largometraje su directora, Inés París, el productor Antonio Saura y los actores Elena Anaya, Juan Luis Galiardo, Will Kemp, José María Pou, Geraldine Chaplin, Malena Alterio y Miriam Giovanelli.
Tanto o más que cualquier lanzamiento de Hollywood, Miguel y William es un divertimento destinado a una audiencia generosa. Por su menor arrimo a las reflexiones elitistas, habrá quien pueda minusvalorar a la cinta, creyendo que carece de fundamentos académicos. Y sin embargo, al verla me acuerdo de las notas que don Luis Astrana Marín incluyó en su clásica traducción de las obras de Shakespeare, donde señalaba más de una inercia española en las creaciones del inglés.
¿Vestigios de un posible encuentro entre ambos genios? Sin llegar a tanto, se ve que hubo, cuando menos, un cruce de lecturas.
Pregunto sobre ello a Inés París, que conoce bien la literatura barroca y se siente capaz de señalar continuidades entre lo cervantino y lo shakespeareano. “Efectivamente −señala−, el encuentro entre William Shakespeare y Miguel de Cervantes es una idea sobre la que se ha especulado. Son contemporáneos, y la sabiduría popular cree que murieron el mismo día (algo que no es verdad, pues hay una diferencia de calendarios). En cualquier caso, es muy atractivo imaginar que coincidieron. Existe alguna obra de teatro sobre ese tema, al que Anthony Burgess dedicó uno de sus cuentos (Encuentro en Valladolid). Pero el asunto nunca se había llevado al cine, y ahí reside la originalidad de este proyecto, surgido de una idea de Tirso Calero y Miguel Ángel Gómez. En realidad, no hay prueba ninguna de que Shakespeare viajase a España. Por eso, cuando yo escribí el guión, pensé que estaba fantaseando como una loca. Curiosamente, empecé luego a descubrir algunos extraños signos de que, a lo mejor, la realidad no distaba tanto de lo que el guión relata. Cuando Shakespeare murió, estaba escribiendo su comedia Cardenio, basada en un episodio del Quijote. En sus obras, el autor inglés elogia continuamente el vino español −quizás lo descubrió en el castillo del duque de Ovando− y el acero toledano −¿el mismo que le hizo probar Cervantes?−. Con el libreto ya concluido, también caí en la cuenta de que una de las novelas breves de Cervantes lleva por título La española inglesa. Se trata, además, del único escritor de la época que no ataca a los ingleses”.
Esta reflexión de la directora refuerza mi buena opinión de la película.
Un criterio que Juan Luis Galiardo −soberbio en su encarnación de Cervantes, y convertido hoy en agradabilísimo interlocutor− aprovecha para establecer un diagnóstico de nuestra industria. “Esta película −indica− nace para el público. Por sus características, se añade a esa cadena de continuidad que nos permitirá abrinos al mercado mundial. Sin duda, el cine español tiene que salir a buscar mercados con mayor alcance. Habrá quien piense que Miguel y William hubiera podido ser más profunda. Pero −conviene recordarlo− también habría sido menos viable como producción. Entiendo que este tipo de historia, con vocación internacional, sólo puede desarrollarse a través del género del humor. Un largometraje de alto coste, con todo lo que ello implica en su logística, nos obliga a ser humildes y realistas. En definitiva, nos fuerza a tener perspectiva (algo que, dicho sea de paso, recomiendo a mi país y a mis conciudadanos). Insisto en ello: el dinero invertido tiene que estar en consonancia con la humildad de los creadores. No en vano, hablamos aquí de un espectáculo de masas. El resto de posibilidades egocéntricas pasan por el psiquiatra y por los gustos personales. A mi modo de ver, esta historia sólo se podía abordar desde el humor, el amor y la vocación absoluta de llegar al mayor número de espectadores en España y en el resto del mundo”.
El equilibrio que Galiardo reclama a los opinadores esconde un sentido común que me recuerda los consejos dictados por el gran Roger Ebert: nunca se debe comparar un drama existencial con una cinta de aventuras. En todo caso, el cotejo debe realizarse entre obras que persigan el mismo fin. Algo que, admitámoslo, no suele ser habitual por estos pagos.
De hecho, a última hora, compruebo que mi elogio hacia Miguel y William contrasta con la intención de quienes prefieren un cine español ceñudo y particular. (Permítanme un inciso: lo que ahorran algunos compañeros críticos en paciencia, debieran gastarlo en lecturas. Digo esto porque, a las pocas horas del estreno, ya hay quien denuncia escenas como las del partido de fútbol para señalar supuestas impropiedades del filme. A este comentarista y a quienes lo sigan, conviene recordarles que el fútbol es deporte viejo, y que por los días en que la trama se desenvuelve, tiene percha documental donde posarse. No en vano, se menciona en Vulgaria (1519), de William Horman, y en el Book of Sports (1618), del rey Jaime I).
Con sus trazas de galán, Will Kemp es tan fotogénico como expresivo. Y dado que cualquier parecido de su Shakespeare con el personaje canónico exige cierto nivel de tolerancia, le pregunto por su posible extrañeza ante el tratamiento que aquí recibe el Bardo. “La forma en que está escrita la película −responde− fue para mí increíblemente liberadora. Al estar desarrollado de una forma tan desenvuelta, el papel me permitió expresarme sin temor al personaje histórico: el mismo que nos asusta por su enorme relevancia. En realidad, el Shakespeare a quien doy vida es un joven y apasionado dramaturgo, enamorado de las mujeres, el vino y la vida”.
El contrapunto idóneo a la ternura fatalista de Cervantes y a la frescura de Shakespeare lo plantea el futuro esposo de Leonor, el Duque de Obando. Comandante del escritor español en Lepanto y compañero suyo en las prisiones de Argel, este personaje identifica el cliché de la Leyenda Negra, pero sin excluir matices de fascinante humanidad.
Quien da vida a este duque feroz y ampuloso es José María Pou, cuya formidable gama expresiva convierte a su criatura en el centro de cada una de las secuencias en que aparece. “Yo hice esta película −explica− absolutamente enamorado y convencido por una llamada telefónica de Juan Luis Galiardo, cuya pasión era tan grande que no podía sustraerme a ella de ninguna manera. Me acuerdo perfectamente que sonó el teléfono de mi casa un domingo lluvioso, a las seis de la tarde, y Juan Luis me dijo: Ese personaje, o lo haces tú o no lo hace nadie. El convencimiento de Juan Luis, y dos días después, la capacidad de seducción de Inés durante nuestra primera entrevista fueron totalmente decisivos, mucho más que el guión en sí. Me di cuenta de que era una historia que sabe reunir equitativamente el humor, el dolor, la sexualidad, lo culto, lo profano, lo divino y lo humano. Pocas veces se encuentra uno con un libreto como éste. Por añadidura, luego hallé un personaje que tenía un componente sobredimensionado, eminentemente teatral −con eso que los ingleses llaman bigger than life−. De forma automática –y pido perdón por lo que voy a decir−, me acordé de una de las figuras que más admiro en el mundo del cine, que es Orson Welles. Quizá, en otra época, él, con su enorme humanidad, hubiera podido interpretar a este Duque. De hecho, preparando el personaje, me lo imaginé interpretado por Welles. De forma inesperada, cuando llegó el día de la prueba de vestuario, y apareció ese ropaje maravilloso que ha diseñado Sonia Grande, me vi como Orson Welles, y pensé: Simplemente tengo que salir y que me retraten. Pero es que luego llegó el equipo de caracterización, con una peluquera maravillosa que se llama Sarah Love”.
Nuevo inciso: a nadie ha de extrañar que Pou recuerde a esa caracterizadora de nombre tan eufónico. A Sarah Love le debemos un fascinante trabajo técnico en la saga de Star Wars y en películas como El retorno de la momia (2001), Piratas del Caribe (2003), El rey Arturo (2004) y Orgullo y prejuicio (2005). Es de imaginar la confianza que inspira a un actor un profesional con dicha experiencia. “A decir verdad −añade Pou−, yo me sentaba todas las mañanas en el departamento de maquillaje y peluquería como si fuera un lienzo, para que hicieran conmigo, con mi cabeza v con mi cara, lo que quisieran. Por eso quiero reconocer públicamente que, si mi trabajo en esta película tiene algún mérito, un ochenta por ciento de ese personaje –aparte del guión, lógicamente− es fruto de la labor de vestuario de Sonia Grande y del trabajo de caracterización del equipo inglés”.
Copyright © de las fotografías de Elena Anaya, Will Kemp, Juan Luis Galiardo, Geraldine Chaplin y José María Pou: Guzmán Urrero, 2007. Reservados todos los derechos.









































































































