
La trayectoria del actor José María Pou es una continuada e incesante sorpresa, cuyo secreto no es otro que la preocupación por dotar a cada proyecto de la calidad precisa para que interese al espectador.
Hace años, ni sé cuántos ya, le entrevisté por primera vez. Desde entonces, acostumbro aconversar con él siempre que se presenta la oportunidad. Son, pues, muchos los temas que van cruzándose en cada charla. Y sin embargo, hoy debo ceñirme al balance de un periodo excepcional, en el que Pou triunfa con una obra teatral, Su seguro servidor, Orson Welles, protagoniza un documental, Máscaras, interviene en una encantadora película infantil, Carlitos y el campo de los sueños, y prepara el que será su nuevo éxito en los escenarios, The History Boys.
Desde un punto de vista sentimental, supongo que trabajar en un ambiente escolar como el de Carlitos y el campo de los sueños te habrá inspirado cierta nostalgia.
Ahora me viene a la memoria el primer día que entramos a rodar en ese desvencijado colegio, en las afueras de Guadalajara, donde se recrean las aulas del internado en el que transcurre parte de la película. Al estilo Proust, me invadió todo un recuerdo de pasillos de escuela, y no sólo en lo que a lo emocional se refiere. De hecho, me encontré con treinta monstruos gritando y corriendo por el pasillo de la escuela, con los que tenía que pelear en esas escenas de clases y de exámenes.
Por otro lado, Carlitos nada tiene que ver con tus últimos trabajos.
Acostumbrado a cierto tipo de textos y de personajes, en el teatro e incluso en el cine, todos de mucha densidad y carga dramática, esta película ha sido para mí como zambullirme de repente en este mundo de las historias y las aventuras infantiles de aquel Daniel el travieso, de bendito recuerdo, que yo devoraba de pequeño, y que, lo confieso, sigo devorando de mayor.
Entre tus compañeros de reparto, figura un artista excepcional y entrañable, Emilio Aragón “Miliki”. ¿Cómo ha sido esta experiencia de actuar a su lado?
Para todos, han sido un regalo los días que “Miliki” venía al rodaje. Cuando no estaba entre nosotros, yo le echaba muchísimo de menos. Las secuencias que yo he tenido con Emilio al lado fueron para mí una lección de profesionalidad como hacía mucho tiempo yo no había tenido. No había momento en que “Miliki” no estuviera pendiente de la más mínima marca. De pie, esperando como los demás, sin pedir ningún privilegio, y eso que los merece todos. Eso a mí llegó a emocionarme. Él no se dio cuenta pero yo le miraba de vez en cuando de reojo, cuando llevábamos diez y quince minutos de pie, esperando a que terminaran de colocar unas luces, y a mí me emocionaban esa disciplina y ese inmenso amor suyo al espectáculo.
Debe de ser apasionante conversar con él.
Sé que por mi culpa ha trabajado doblemente en el rodaje. Porque no había pausa, momento de la comida, no había pequeño momento de relax en el que yo no fuera corriendo a sentarme a su lado, para tirarle de la lengua y que me contara el montón de aventuras extraordinarias vividas a lo largo de su profesión, mucho antes de que los famosos payasos de la tele llegaran a España… Todas sus aventuras en Estados Unidos, que son prácticamente desconocidas del gran público. Aproveché, minuto a minuto, cualquier pausa del rodaje para agotarle, para no dejarle que descansara. En algún momento, lamenté no llevar una grabadora oculta para elaborar un libro. Un libro que él ya escribió [Recuerdos, publicado por Ediciones B en 1996)], pero del que tiene que hacer una segunda parte más larga.
En Carlitos interpretas a un profesor. Lo mismo que en tu próximo estreno teatral.
No salgo del aula. Es verdad. Carlitos llega a las pantallas cuando empiezo los ensayos de The History Boys, que estrenaré a finales de septiembre, inaugurando el Teatro Goya de Barcelona. Claro que entre unos alumnos y otros hay una diferencia brutal de edades y de comportamientos. Mientras que los de Carlitos son niños desfavorecidos y sin perspectivas, los protagonistas de The History Boys son chavales prácticamente superdotados. Son la elite: unos privilegiados que están preparando sus exámenes para entrar en Oxford y Cambridge.
A los chicos de The History Boys les orientan tres profesores muy distintos, Hector, Irwin y Dorothy Lintott. Yo creo que esa relación que se establece entre maestros y discípulos revela algunos de los desafíos más cruciales de la cultura y la educación de nuestro tiempo. Por eso mismo, no deja de ser curioso que la obra esté ambientada hace dos décadas.
Teniendo en cuenta, además, el montón de referencias que hay... Yo creo que el autor de la obra, Alan Bennett, situó The History Boys en los ochenta porque era la época del thatcherismo, y hubo cambios estructurales que revolucionaron, para mal, toda la estructura educativa en Inglaterra. No hay tanta distancia, en cuanto a pensamiento y muchas otras cosas, desde los ochenta hasta ahora. Creo que el público la va a ver como una función absolutamente actual, que sigue muy vigente.
Hablamos, además, de una función de enorme éxito.
The History Boys tiene una maravillosa estructura dramática. En Inglaterra ha estado casi cinco años enteros en cartel. Es más: rompió las reglas del Royal National Theatre, donde, en contra de lo que era lo habitual en ese teatro, las funciones se prolongaron más allá de lo que estaba programado.
¿A qué piensas que se debe esa acogida tan formidable?
Es que el público inglés se encontraba ante una revisión de su historia reciente. Eso no pasó luego, cuando la obra llegó a los Estados Unidos. Allí el triunfo de la función se explica por un texto inteligente, una puesta en escena muy teatral y unas interpretaciones fantásticas. A mi modo de ver, el éxito de The History Boys en el resto del mundo ha sido eminentemente teatral. Pero en Inglaterra ha sido teatral y al mismo tiempo, la gente asistía a una lección histórica.
Es decir, que el público no sólo se siente identificado y se divierte con la trama, sino que también recibe un discurso cultural muy profundo.
Es curioso: el otro día estaba yo viendo el ensayo de una escena. Es una de las primeras en las que estoy yo. En ella, defiendo frente a otro profesor –Irwin, el nuevo– el hecho de que las clases de Hector sean tan peculiares. Tan distintas a la ortodoxia. Con esa teoría suya de que hay que aprender la poesía. Hay un momento en que uno de los chicos dice: “Pero ¿por qué tenemos que aprendernos tantas poesías? Yo no entiendo esta poesía, y sobre todo, no la entiendo porque nada de lo que cuenta este poema me ha pasado”. Y Hector responde algo que yo veo casi como el leitmotif de la función. Dice: “No importa. Aprenda la poesía ahora. Conózcala ahora. Ya llegará el momento de disfrutarla. Ya le servirá de antídoto en algún momento de su vida, cuando llegue el dolor, o incluso cuando llegue la felicidad”. Y de repente, me apareció en la frente una frase maravillosa que es “La poesía es un arma cargada de futuro”…
Yo creo que ése es uno de los mejores versos Gabriel Celaya. Mucha gente recordará el poema en la versión que cantó Paco Ibáñez.
Así es. Y lo interesante es cómo, de repente, nuestra poesía más nacional enlaza, por medio de otras palabras, con el pensamiento que transmite Alan Bennett en esa función.
Hace un par de años, Twentieth Century-Fox lanzó la versión cinematográfica de The History Boys. Pero aunque la dirigió Nicholas Hytner –director asimismo del montaje en el National–, la película no fue demasiado afortunada.
Curiosamente, fue el mismo Alan Bennett el que hizo el guión y el que rompió totalmente la estructura de su texto teatral. Yo creo –es mi visión personal– que Bennett escribió ese guión muy influido por los productores, que como casi siempre, están aterrorizados por las películas de interiores, y piden que las películas respiren, sacando las escenas a exteriores. En esa adaptación al cine, hay una serie de secuencias con antecedentes familiares de los chicos, con los famosos viajes en moto del profesor y el chico, que yo creo que son absolutamente superfluos, que son de relleno.
Es cierto.
Recuerdo que, hacia el final, hay unas secuencias de los chicos en Oxford, paseando por el campus en el momento de sus exámenes, que no cuentan absolutamente nada que no puedas entender sin necesidad de verlo… como pasa en el teatro. También me sorprende que Alan Bennett, en el guión de su película, prescindiera de cosas muy importantes del texto teatral. Debo decir que eso me ha servido, apoyándome en todo el respecto hacia el autor original, para suprimir algunas referencias de tipo histórico, que al público español le son muy lejanas, dejando aquellas que le resultarán más familiares y próximas.
En concreto, ¿de qué referencias has prescindido?
En algunas de las escenas de las aulas, hay largas disquisiciones alrededor de la secularización de los monasterios, en los tiempos de Enrique VIII y la división de la Iglesia en Inglaterra. La idea general del nacimiento de la Iglesia anglicana, el público español la tiene, pero cuando se entra en detalle, creo que puede ser excesivamente farragoso. De ahí que me haya permitido la licencia de suprimir algunas de esas cosas.
Hablemos, una vez más, de cine. ¿No te parece que faltan títulos que eduquen sentimentalmente a los niños? Hoy me parece insólito un estreno como Carlitos, pero hubo un tiempo en que los más pequeños podían disfrutar de películas extraordinarias, capaces de cambiar su perspectiva de la vida y del mundo.
Dices eso y me viene directamente a la cabeza un título que en mi infancia me dejó marcado, pero no por valores cinematográficos, porque yo en ese momento no sabía de eso, sino marcado en mi formación. Era una película de Victor Fleming, protagonizada por Spencer Tracy: Capitanes intrépidos. Ese tipo de cine transmitía la importancia del esfuerzo colectivo y la superación personal. Como te decía, aquella película me dejó marcado para el resto de mi vida.
Ahora se habla de la gran desventaja del cine familiar español con relación al estadounidense. Pero lo cierto es que nuestro cine también tiene algún que otro clásico de ese perfil.
Así es. También recuerdo películas del cine español que yo no sé si están en la mente de mucha gente, pero que a mí me influyeron muchísimo. Es más, salió una de ellas en DVD hace escasamente tres meses, fui corriendo a comprarla, y seguí llorando al verla como lloré en su momento. Me refiero a Mi tío Jacinto.
Preciosa película. Uno de los mejores trabajos de Ladislao Vajda.
Tanto Mi tío Jacinto como Un ángel pasó por Brooklyn, otra cinta extraordinaria que también dirigió Vajda, se hicieron casi como epígonos de Marcelino Pan y Vino. Pero estaban rodadas de maravilla, y tenían unos actores increíbles.
Recuerdo que Pablito Calvo, el niño de Marcelino, era también el protagonista de Mi tío Jacinto.
Ahí hace un papel soberbio Antonio Vico, y lo mismo se puede decir del reparto de Un ángel pasó por Brooklyn, con actores como Peter Ustinov y Pepe Isbert.
¿Cuándo descubriste que el cine te apasionaba?
Bueno, yo tenía un padre fantástico, maravilloso, muy aficionado a la lectura, pero que tenía una obsesión, que era el cine histórico. Se estrenaba una película de cine histórico y mi padre me llevaba inmediatamente al cine. Era obligatorio con él. De esa forma, por ejemplo, vi todos los peplums habidos y por haber. Y no solamente eso… Fíjate, yo recuerdo otra película que quizá no recordará nadie. Se llamaba Felipe Derblay.
¿Te refieres a El herrero?
Exacto. Estaba inspirada en una famosa novela de Georges Ohnet. A mi padre le había entusiasmado la novela, y en cuanto se estrenó aquella película, que fue un éxito en su momento, mi padre me llevó dos veces a verla. Aparte de eso, dentro del cine que yo elegía, me atraía un determinado cine español. Por ejemplo, me interesaban películas como El cebo, que también era Vajda. Me marcó muchísimo, y eso que, teóricamente, era una película de terror.
A la vista de la cartelera actual, queda claro que los niños de ahora están en desventaja.
Sin duda, Capitanes intrépidos y todas esas películas de los años cuarenta y cincuenta corresponden a un cine ya no se da ahora. Quizá se ha intentado reproducir en los últimos años a través de la animación. Pero no es igual. Estoy absolutamente convencido de que no es lo mismo ver los ojos de un ser humano, más o menos entumecidos de lágrimas, que ver a un muñeco que no tiene alma.
José María Pou, durante la presentación de Carlitos y el campo de los sueños (2008), de Jesús del Cerro © Guzmán Urrero Peña. Reservados todos los derechos.









































































































