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Entrevista con Miguel Rellán

Miguel Rellán

Además de un formidable actor de cine y teatro, Miguel Rellán es un intérprete bien conocido por telespectadores.

Su relación con la pequeña pantalla es muy estrecha. Es Vocal de la Junta Directiva de la Academia de las Ciencias y las Artes de Televisión de España.

Destacan entre sus trabajos televisivos La regenta (1995), Menudo es mi padre (1996) y Compañeros (1998), Galardonado en 1987 con un premio Goya al mejor actor de reparto.

La primera experiencia de Rellán como escritor fue Seguro que el músico resucita (Valdemar, 1998).

Reproduzco a continuación la entrevista que le hice en 2002 para la revista Cuadernos Hispanoamericanos.

¿De dónde proviene esa insistencia de los realizadores españoles en el costumbrismo? ¿Por qué la fantasía abunda menos entre nosotros que entre los anglosajones?

Fíjate, me acuerdo ahora de que, a propósito de ese bonito cuento de hadas que es Pretty Woman, Fernando Trueba y yo tuvimos una discusión muy animada.

Resulta que los personajes de dicha película no parecen tanto proyecciones de la realidad como figuras enteramente imaginarias, y Trueba me hacía ver la imposibilidad de rodar un proyecto parecido en España, dado que no hay en nuestras ciudades prostitutas como Julia Roberts ni ejecutivos multimillonarios como Richard Gere, dispuestos a detener su automóvil para enamorar a una fulana tan hermosa.

Naturalmente, tampoco los hay en Estados Unidos. Así pues, ¿qué hay de distinto entre el público de ambos países cuando se realiza un producto semejante?

A mi modo de ver, el espectador español reclama ese costumbrismo, una fidelidad a lo real que el estadounidense ignora.

Por poner un ejemplo, en las producciones norteamericanas los policías abandonan sus coches en cualquier calle, sin cerrar las puertas, o salen de un restaurante sin pagar.

Di la audiencia española descubre ese tipo de elipsis en una película española, siente que la engañan, pues sabe lo que se puede y lo que no se puede hacer en la realidad, y reclama esto mismo en la ficción que le es más próxima.

De igual forma, el espectador español admite un decorado de alto diseño en una telecomedia norteamericana, pero solicita un ambiente más castizo, más apegado a lo real, cuando se enfrenta a una de nuestras teleseries.

Imagino que el público acabará cambiando.

De eso mismo he hablado con especialistas como Manuel Valdivia, uno de los responsables de Globomedia, la compañía de Emilio Aragón.

En su labor como productor ejecutivo, Manuel suele destacar que el público no es una entidad estable. Muy al contrario: es mimético y varía en sus gustos, mejora y a veces empeora.

De hecho, cuando le hemos comentado la posibilidad de rodar en nuestro país un determinado tipo de serie, Valdivia ha señalado los escalones que nos faltan para acceder a una audiencia que admita un producto de ese tipo, y llega incluso a indicar los años que han de transcurrir para que dicho formato se desarrolle entre nosotros.

Tú eres muy valorado como actor de cine y teatro, pero creo que la fama que te ha brindado la televisión es muy superior. ¿Te sientes cómodo trabajando para la pequeña pantalla?

Un dato me parece crucial: el intérprete acaba apropiándose del personaje de una teleserie en un grado superior al que sería posible en cine o teatro.

El actor que participa en una serie lleva otra vida paralela que puede ir enriqueciendo en el transcurso de la emisión.

De hecho, si existe buena relación con los responsables de la productora, es posible que el actor proponga situaciones o cualidades aprovechables en su papel.

Ninguno de esos requisitos se cumple en el teatro, donde el libreto marca la pauta, pero sí en una teleserie, sobre todo porque el intérprete no sabe cómo va a ser la vida de su personaje en la próxima temporada.

A veces, los guionistas llegan a dejar abierto el texto, para que nosotros lo revisemos. Es más: cuando se lleva mucho tiempo en una serie y los productores depositan su confianza en alguien como yo –lo cual demuestra su insensatez– muchas veces el guión presenta notas a pie de página, indicando que puedo rematar el diálogo a mi antojo.

La razón es bien simple: el equipo de guionistas, además de nutrido, trabaja muy deprisa y en ocasiones deja en el libreto líneas de diálogo que han escapado a la revisión y que carecen de sentido final. De modo que a la hora de rodar, tachamos esas frases o adaptamos el texto al tono de nuestro personaje.

Y bueno, esa flexibilidad de criterio es imposible ante un libreto teatral.

¿Es verdad que ahora, gracias a la televisión, hay más trabajo para los actores?

Eso puede ser una falacia, semejante al supuesto boom del cine español. Obviamente, interpretar un personaje fijo en una teleserie larga es un salvavidas estupendo para el actor.

Pero también se da el caso de algún compañero que, después de intervenir en las nueve series que se están rodando, se encuentra con que ha trabajado nueve días, ha ganado 2.500 euros y ya no podrá hacer nada más, porque su papel no ha de repetirse.

Por otra parte, como ha bajado el nivel de exigencia, hoy cualquiera puede ser actor, incluso los concursantes de Gran hermano.

Eso es más grave.

Esta situación es la que hace que muchos profesionales veteranos continúen en el paro mientras cientos de jovencitos, lógicamente sin experiencia, trabajan en el cine o la televisión por el sencillo motivo de que son más baratos.

Como tú sabes, es más fácil contratar a un desconocido que a un actor experto. Pero tampoco te creas que la coyuntura actual permite que esos jóvenes recién llegados desarrollen con naturalidad una carrera.

Los directores de reparto, empeñados en descubrir caras nuevas, convocan una audición a la que acuden miles de jóvenes, dejando de lado a aquéllos que ya han adquirido alguna veteranía en el cine o en la pequeña pantalla.

Y aún más: se da la paradoja de muchachos que no lo hacen mal en un programa o en una película, pero que acaban sin trabajo por ese afán incomprensible de hallar rostros de usar y tirar.

Como es natural, no hay muchos actores nuevos de cincuenta años y, desgraciadamente, apenas hay intérpretes ancianos. Pero sería útil preguntarse si los jóvenes que han adquirido cierta destreza en el oficio ya no tienen derecho a continuar en él, marginados por ese antojo de novedad.

No hay duda de que el intrusismo profesional es muy fácil en las telecomedias. Otros oficios mantienen el nivel de exigencia.

No conozco a nadie que, por las buenas, decida interpretar un concierto para piano de Rachmaninov, y sin embargo, cualquiera que vocalice medianamente y no tropiece con los muebles puede intervenir en una teleserie.

Y que quede claro que pongo en cuarentena ambas condiciones, pues pertenezco al grupo de los que no entienden absolutamente nada de lo que dicen algunos actores jóvenes. Algo grave, dado que este oficio consiste en que se comprenda lo que se quiere decir, a no ser, claro está, que el personaje tenga entre sus características una vocalización imperfecta.

Algunos directores dicen a sus intérpretes: «Oye, ¿a ti no se te entenderá todo...?».

En fin, hay quien opina que esa dicción imperfecta es la respuesta al estilo interpretativo de cierta gente de teatro, que habla de forma muy engolada y distante.

A los espectadores no parece importarles ese descenso en la calidad de los actores.

La audiencia televisiva entiende el fútbol, pero no mucho la interpretación. Le parece bien todo y aplaude las cosas más estúpidas, en vista de lo cual los productores tampoco rectifican el error.

En todo caso, el modelo de teleserie estadounidense marca la pauta de producción en España.

Y me pregunto si esa tendencia no es fruto de un papanatismo estúpido, que nos impide seguir un modelo tan sobresaliente como el definido por las series británicas.

No me refiero tan sólo a producciones de gran calidad, al estilo de Arriba y abajo, sino a comedias de situación tan divertidas como Un hombre en casa, El nido de Robin o Los Roper.

Sin embargo, esa imitación del canon estadounidense que mencionas es la que se refleja en producciones españolas como Policías en el corazón de la calle, cuya primera secuencia era una persecución en helicóptero por la Gran Vía madrileña, o como Antivicio, donde cabía preguntarse si la intención era imitar la atmósfera de Corrupción en Miami.

Lo singular del caso es que, a la hora de afrontar ese tipo de formatos, cualquier productora norteamericana de serie B va a obtener siempre un resultado más brillante.

En mi opinión, hemos de ofrecer al telespectador español otra fórmula, alejada de esa línea en la cual no podemos competir.

Siempre acaba uno acordándose de la televisión que se hacía en los setenta.

No hace falta ser un nostálgico para añorar la televisión española de hace unas décadas.

Además de series excelentes y magníficos documentales, la cadena pública emitía espacios de gran espectáculo, como Directísimo de José María Iñigo, debates como La clave de José Luis Balbín, o programas de entrevistas como A fondo de Joaquín Soler Serrano.

Si hoy hemos de hacer caso a quienes entienden de programación, el telespectador moderno rechaza las entrevistas y los coloquios profundos y, paradójicamente, se desentiende de los programas musicales.

Pese a todo ello, me parece falaz implicar a la televisión en el cambio de nuestra sociedad. Muchas veces los padres acusan a la bazofia televisiva de la escasa o nula afición lectora de sus hijos, pero luego esas personas jamás tienen un libro entre manos y pasan el día con el mando en ristre, cambiando de canal.

A quienes denuncian esa responsabilidad de la televisión, cabría recordarles que La 2 es un canal gratuito, que ellos pueden ver sin problemas

Vivimos una etapa en la cual cadenas públicas y privadas se equiparan en su nivel más bajo. Y es indignante, pero nadie se siente animado a protestar en la calle por la emisión en las cadenas públicas de espacios como Tómbola que, aun siendo propios de un canal privado, se producen con el dinero de nuestros impuestos.

Ante algo así, me quedo estupefacto, si bien añado que el raro debo de ser yo, pues la audiencia mayoritaria está feliz, y a casi nadie parece importarle que una entidad pública pague grandes cifras a quienes concurren a ese tipo de espectáculos.

Publiqué la primera versión de este artículo en la revista Cuadernos Hispanoamericanos.


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