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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
  15 de noviembre de 2011 - 12 de febrero de 2012
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Entrevista con Ramón Fontserè. "La cena"

altRamón Fontserè lleva años demostrando por qué es uno de los mejores actores de España.

Ingresó en Els Joglars en 1982, y desde entonces, crítica y público se rinden a su trabajo. La suya es una trayectoria sólida, sorprendente, y a pesar de ello, sin un solo rasgo de narcisismo. No busca la fama, ni falta que le hace. Los mismos azares del teatro que llevaron a Fontserè hasta personajes como Jordi Pujol (Ubú, president), Josep Pla (La increíble historia del Dr. Floit & Mr. Pla) y Salvador Dalí (Daaalí), lo convierten ahora en el Maestro Rada, el sofisticado gurú de la cocina que aparece en La cena. Hoy hablaremos con él sobre esta obra, la más reciente de Els Joglars, una compañía legendaria que, desde hace medio siglo, aplica su talento a quemarropa sobre la sociedad contemporánea.

No es fácil usar el humor en asuntos que han ido sacralizándose en la opinión pública, ¿verdad?

La cena es una sátira porque creemos que ésta es una de las formas más civilizadas de responder a los desmanes de nuestro tiempo. La obra discurre en diversos ámbitos, pero sobre todo se centra en el medio ambiente, en el cambio climático y en la ecología.

Tiene tres grandes líneas maestras. La primera sería la frivolidad con que la clase política trata esos asuntos. La segunda sería el tratamiento seudo religioso que reciben las cuestiones medioambientales. Y la tercera es la pasmosa facilidad con que la gente queda subyugada ante cualquier quimérico genio, cualquier majadero que, en nombre de la salvación del planeta y en nombre de la salvación de su cuenta personal, predice toda una serie de catástrofes.

¿A qué se debe esa frivolidad política a la hora de tratar un asunto tan serio como la ecología? ¿Por qué triunfan el sectarismo y la hipocresía?

A raíz de estos nuevos dioses paganos, hay una frase del escritor inglés Chesterton, el creador del padre Brown. Claro está que el padre Brown era un detective y era católico, pero decía: Desde que el hombre ha dejado de creer en Dios, el problema no es que no crea en nada sino que acaba creyéndoselo todo.

¿Cuánto tiempo lleva colaborando con Albert Boadella?

Hace veinticinco años que estoy en Els Joglars. Empecé con un espectáculo, Teledeum, y tenía la intención de permanecer sólo un año en la compañía.

Ahora que lo menciona, hay cierta semejanza entre Teledeum y La cena. Me refiero al hecho de que Teledeum satirizaba la faceta mediática de las iglesias. Algo que Boadella define como una “malversación de fondos espirituales”, y que me recuerda el exhibicionismo buenista que se plantea en La cena.

Teledeum era una reunión religiosa, ecuménica, que se celebraba en un plató televisivo. Para poner en marcha aquel montaje, tuvimos que estudiar a los mormones, a los cristianos ortodoxos, a los anglicanos, a los testigos de Jehová… Tuvimos que hacer un estudio previo. Esa preparación es algo que al principio me sorprendió mucho, pero que ahora forma parte de nuestro método de trabajo.

Como otras muchas producciones de Els Joglars, han preparado el montaje de La cena en un entorno idílico. Me refiero a la finca de El Llorà y a esa cúpula geodésica, junto a la iglesia y cementerio de Pruit, que les sirve como espacio de los ensayos.

La cena es un producto salido de nuestra factoría del Collsacabra, un altiplano a mil metros de altura y a cien kilómetros de Barcelona. Allí estamos rodeados por abedules, robles, hayas… Es un lugar totalmente antiteatral, rústico… Vivimos rodeados de gente rústica, que no entiende lo que hacemos a pesar de los años que llevamos allí. Siguen sin comprender por qué hacemos esto y cómo nos podemos ganar la vida, que para ellos es lo más importante.

¿Cómo surgió la idea de La cena?

Igual que sucede con otras obras de Els Joglars. Un día nos encontramos…, surge un tema y Albert escribe cuatro líneas. A partir de esos apuntes, el asunto va desarrollándose, y al cabo de seis meses, aquello acaba convirtiéndose en un libreto de 115 páginas, en un montaje teatral de ocho toneladas y en dos camiones de gira, que deben ir a setenta ciudades.

Su método es muy concienzudo.

Eso es lo que hace que nuestros espectáculos tengan esa obsesión por el buen acabado. Tienen que ser totalmente redondos, con el fin de que alcancen a un público lo más amplio posible. No hacemos un teatro para elites escogidas. Al contrario, queremos que nuestro teatro sea comprensible para todos los públicos.

Por eso resultan muy importantes los seis meses de ensayo, que yo encuentro que son pocos. Me gustaría estar más tiempo, porque esa etapa se vive de una manera magnífica. Preferiría que fuera un año de ensayo, o dos, viviendo y ensayando en Pruit.

Al mencionar los antecedentes de La cena, Boadella cita al personaje más famoso de Molière, el Tartufo. ¿Qué le lleva a relacionar a esa figura con Al Gore?

Nosotros atacamos una cierta manera de bombardear a la ciudadanía con el ecologismo desde los medios de comunicación. Yo estoy de acuerdo con que haya energías renovables. Estoy de acuerdo con que se investigue, y así obtener una energía que no contamine tanto y sea tan efectiva como las no renovables… Pero claro, te sale un pájaro como Al Gore, que te hace una cosa como melodramática, con una cierta moralina, y yo por instinto me rebelo.

En este sentido, esa denuncia de los impostores tiene antecedentes en otras obras de Els Joglars…

Presentamos una realidad distinta a esa con la que nos bombardean los medios de comunicación. Esto es algo catártico. Lo pude comprobar, por ejemplo, en Daaalí.

Cuando nosotros, ante un cuadro de Tàpies decimos que aquello no tiene ni pies ni cabeza, y sale un payaso haciendo de Tapiolas, pues mucha gente, porque no se atreve a decirlo o por el complejo de no estar à la page, se siente liberada. Aquello es catártico. Es como si apretáramos un resorte y el espectador quedase adherido a nuestros planteamientos. Es magnífico poder hacer esto.

¿Ha sido éste un montaje especialmente difícil?

Ha sido exactamente igual de complejo o de dificultoso. En este sentido, quiero subrayar la importancia de los seis meses de ensayo. Yo creo que eso es básico.

Toda la fuerza del espectáculo recae sobre los actores…

La cena tiene una escenografía austera, sencilla, porque creemos que el teatro es el arte del actor. Esta es una escenografía para que el actor brille.

En cine o televisión, el actor es una parte del engranaje. En cambio, en el teatro, es el auténtico protagonista. Aquí somos nueve actores, y tenemos que dar abasto a muchos personajes, dos o tres cada uno…

Esto resulta muy divertido. La función cambia de ritmo y de personajes, y eso hace que el actor se lo pase muy bien…

Detrás de cada montaje de Els Joglars, hay una búsqueda de referencias reales que a ustedes les ayudan a construir las intenciones y la circunstancia de cada personaje. ¿Es indispensable toda esa preparación para conseguir la veracidad que tienen sus espectáculos?

Imagínate cuando interpreté a Josep Pla... Eso es miel sobre hojuelas. Es magnífico penetrar en la obra escrita de Pla, en esos 44 volúmenes, y enterarte de lo que fue aquel hombre.

Por eso, cuanto más tiempo pase desde el primer día de ensayo hasta el estreno, mejor. Eso es muy importante, y también lo es la ilusión, la obsesión, la manera de entender un oficio… Se trata de un juego apasionante, a tumba abierta. Yo creo que esto último es fundamental, pero no sólo en el teatro: en todo.

Usted ha interpretado a Dalí, a Pla, a Franco… Personajes nada convencionales, que parecen un salto en el vacío para el actor.

Uno siempre empieza con el rabo entre las piernas, eso te lo aseguro. Es la soledad del actor frente a un personaje que no sabes si vas a poder con él, o si te vas a quedar corto. Pero también es un revulsivo. Es como un tónico… Pero lo importante es que haya unas condiciones adecuadas para mantener esa obsesión. La idea es ir avanzando lentamente, y así preparar el dardo para acertar en la diana.

No pierde la rebeldía.

Es con todo. Lo mismo que si me dicen Tienes que hablar catalán o si me ordenan Tienes que comer eso. Es algo que conservo desde siempre. Algo visceral. Una forma de ser. Claro que cuando eres niño, tienes la disculpa de que sólo eres niño. Luego pierdes ese pretexto, pero la verdad es que en esta compañía lo vuelves a recuperar. Els Joglars me ha permitido conservar este carácter.

Se nota en La cena.

Nosotros somos ecologistas, pero que no vengan a decirme que el lince ibérico la palma… Qué se le va a hacer, también la palmaron los dinosaurios. Pero no hace falta gastarse un porrón de euros en conservarlo. Aparte de que se ve que el lince no hace honor a su nombre… Ese tipo de cosas me incomodan. Y quizá esto explique por qué he aguantado tanto tiempo y por qué me encuentro tan a gusto en Els Joglars.

Ramón Fontserè © Fotografía de Guzmán Urrero Peña. Reservados todos los derechos .


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