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Hannibal: Entrevista con Gaspard Ulliel y Peter Webber

PeterWebber

El criminalista menos empujado a la adulación de Norteamérica, Thomas Harris, se oculta en sus mansiones de Miami y Long Island, donde acumula bellas antigüedades y recortes de prensa.

Lo imagino frente a una chisporroteante chimenea, charlando con su querido Pace Barnes –editor y compañero de armas– sobre el próximo viaje de ambos a París. A ratos, probablemente se dediquen a sumar los beneficios de esa empresa literaria que inauguró El dragon rojo (1981), la primera novela de Hannibal Lecter, o lo que viene a ser lo mismo, la primera perversión de quien hoy es considerado príncipe de los psicópatas.

Aquí, en una soleada estancia del hotel Villa Magna, el recuerdo de Harris y de Lecter viene a muy cuento. De hecho, no imagino ahora nada más noticioso: sale al mercado la novela Hannibal. El origen del mal (Plaza y Janés) por las mismas fechas en que se estrena su versión cinematográfica, cuyos principales artífices, el director Peter Webber y el actor Gaspard Ulliel, se encuentran entre nosotros para someterse a una rueda de prensa y a una ronda de entrevistas.

¿Promoción? Por supuesto que sí. De ello se encargan los responsables de Aurum, la distribuidora de la película, cuya cortesía me permite acercarme a los protagonistas del día.

La elegancia es un desarrollo natural de la personalidad de Webber. El realizador tiene algo distinguido. Me refiero a la dicción elegante, a los gestos suavemente calculados, a la preocupación por una dignidad que parece espontánea. Empiezo a captar su estilo cuando me analiza –ojos atentos, sonrisa incipiente– mientras le hago la primera pregunta. Mi planteamiento de partida es convencional: ¿qué otro director puede encontrarse en situación de fascinarnos con los progresos de un psicópata? Webber calcula su respuesta y luego la expone con velocidad, como si llegara tarde a algún sitio por mi culpa.

“Se trata de un reto interesante –dice–. No resultaba fácil situar frente al público a un asesino en serie. La intención, en todo caso, era dar a entender por qué termina actuando de ese modo. A la hora de reflejar la faceta humana de Lecter, descubrimos una evolución…, una suerte de crescendo que queda plasmado en la película. A mi modo de ver, ésta es una de las razones por las que Hannibal se ha hecho tan popular: la complejidad del trayecto vital que lo va transformando en un monstruo”.

Llegados a este punto, nos situamos frente a un cliché, pero eso es algo que incomoda a Webber. “En cierto sentido –matiza–, viene a ser el perfecto villano, pero no a la manera de Freddy Krueger o Jason Voorhees… Claro que, a diferencia de estos psicópatas, nuestro personaje posee una formación cultural. Es refinado, seductor, y además tiene sentido del humor. Por otro lado, esta dualidad también me parece muy fascinadora. De hecho, nosotros mismos compartimos con Lecter ese dilema moral, y es que, situados en una circunstancia extrema, todos encaramos la posibilidad de hacer cosas terribles.”.

Me divierten las maniobras de Lecter en el campo del Grand Guignol, y no le quito valor a sus ocurrencias macabras. Pero la cinta me atrae más en su vertiente iniciática. Por eso le pregunto a Webber por sus intereses culturales con respecto al joven Hannibal, recién llegado a un campo en el que se entremezclan música, arte y literatura en sus niveles más exquisitos. “Ni que decir tiene –aclara el director– que hubiera sido francamente aburrido narrar de forma lineal los estudios de Hannibal. Y no obstante, ése es otro detalle sugestivo. Tomemos el caso de psicópatas reales como Ted Bundy o Ed Gain. Los criminales de este tipo crecen en ambientes muy sórdidos. Desde luego, sus vidas son terribles, están llenas de abusos, y a la par, resultan de lo más rutinario. En contraste, Lecter personifica la versión noble de un asesino, sin contacto aparente con la realidad... Ese es, justamente, el perfil que sale a relucir en la película. Conviene asimismo tener otro dato en cuenta: en los filmes anteriores, Hannibal no era el protagonista principal. En este caso, toda la trama gira en torno suyo. Cuando la historia comienza, aún no es un monstruo. De ahí que sea tan atrayente ver cómo el personaje acaba convirtiéndose en un psicópata. Partiendo de esos ingredientes, tanto el largometraje como la novela en que se basa pueden considerarse una especie de cuento para adultos. Un western gótico, por así decirlo”

Gaspard Ulliel es un joven con un encanto sofisticado, y su personificación de Lecter me parece soberbia. Webber dice que lo descubrió en Fugitivos (Les égarés, 2003), aquel filme de André Téchiné basado en la novela de Gilles Perrault. A Ulliel parece gustarle que su personaje aprenda cultura japonesa de la mano de su tía, Lady Murasaki (Gong Li). Por exótico que parezca, el bushido no le sienta mal a Lecter, y uno llega a comprender que, bajo su terrible chifladura, esconde cierto sentido del honor.

“Mi interpretación –dice Ulliel– requería un proceso delicado. Una parte de mi trabajo consistió en estudiar el trabajo de Anthony Hopkins en los anteriores largometrajes de la serie. Tuve que plantear con Peter algunas escenas que enlazaran con las otras cintas. En cierto sentido, tratamos de establecer las semillas de cómo será Lecter de mayor. No obstante, tuve libertad de acción. Entre las fuentes de las que dispuse, citaré las novelas, algunas cintas policiacas francesas y películas japonesas relacionadas con los samurais. Con la intención de perfilar la faceta académica de Hannibal, Peter me envió a una escuela médica de Praga, donde asistí a sesiones de disección. Ni que decir tiene que ésta fue una experiencia tan intensa como memorable”

Incluso en su aspecto más irritante, la narrativa de Thomas Harris se ha convertido en una referencia policiaca de primer orden. No negaré que también siento curiosidad por Harris como personaje: ese tipo elusivo, un poco a lo J.D. Salinger, capaz de obtener adelantos millonarios por novelas que apenas son una promesa.

Pregunto a Webber por el escritor, y le pido alguna explicación acerca de su labor junto al novelista. “Harris escribió la obra original y el guión –dice, con aire tajante–, pero nunca fue al set de rodaje. Como se sabe, es alguien muy tímido, extremadamente cauteloso a la hora de mostrar su vida privada. Desde luego, no puedo imaginarlo atendiendo a la prensa, acaso porque él mismo fue periodista y comprende lo que supone este mundo. Soy consciente de que él es el creador de Hannibal y de su entorno. Gaspard y yo nos limitamos a interpretar su creación. Es una ficción, obviamente, pero no conviene olvidar un hecho: todos y cada uno de los crímenes que jalonan esta película están inspirados en delitos específicos que interesaron a Harris. Mientras yo rodaba en Praga, él estaba en Miami, pero mantuvimos el contacto a través del correo electrónico y el teléfono. Es un hombre de gran imaginación, con una memoria prodigiosa y muy atento al detalle. Yo le hacia propuestas: él aceptaba algunas y otras no. En todo caso, desde el primer momento declaró que la novela era su territorio y la película el mío”

Planteo a Ulliel la misma cuestión, pero se ve que él no entró nunca en la cueva del minotauro. “La unica relación que tuve con Thomas –dice– se la debo al productor, Dino de Laurentiis. Fue él quien me dio un pequeño papel, con unas pocas líneas escritas por Harris mucho tiempo atrás. Esas líneas se refieren al personaje y a su naturaleza. Fue un detalle hermoso, que además me sirvió de guía. Sin embargo, Dino me pidió que guardara su contenido en secreto”

Parece claro que el viejo Dino oculta sus naipes en este juego donde salen a relucir finanzas, literatura y compromisos de Hollywood. Mientras Ulliel prepara su siguiente proyecto –Un barrage contre le Pacifique (2008), del camboyano Rithy Panh, a partir de la novela Un dique contra el Pacífico (1950), de Marguerite Duras–, Harris ya debe de estar calculando el tema de su nueva novela: precisamente la última que estipula su actual contrato.

Pero el tiempo se agota, y por eso relaciono mi última pregunta con el productor italiano.

Sólo Dios sabe cuántos directores le deben su carrera a De Laurentiis, incluyendo algunos aventureros y varios aristócratas del cine.

Cuando menciono al viejo león, Webber lo imita con gracia. Luego recupera la compostura y compensa la broma con un elogio. “Dino es una leyenda –añade–. Hizo su primera película en 1939, y su carrera abarca una filmografía formidable, que nos lleva desde Federico Fellini hasta David Lynch. Su relación con importantísimos directores está llena de anécdotas reveladoras. De hecho, fue capaz de despedir a Nicholas Roeg cuando éste iba a dirigir Flash Gordon, e hizo lo propio con Robert Altman, inicialmente contratado para realizar Ragtime. Por todo ello, colaborar con él supone estar junto a un icono fascinante de la historia del cine. De la misma manera, como productor puede poner las cosas muy difíciles. Lo diré de otro modo: como inglés, yo suelo rehuir los conflictos, y en cambio, a él, como buen italiano, le fascinan. Visto de este modo, creo que me ha enseñado a discutir... En fin, creo que está claro por qué Dino es una figura tan fascinante”.

No puedo hacer otra cosa que asentir. Ulliel también participa de esta sugestión, aunque tengo para mí que De Laurentiis lo trató con afecto paternal. “Mi caso es diferente –apostilla el joven actor–, porque yo no tenía que trabajar con Dino de forma tan directa. A decir verdad, es todo un personaje. Me recuerda a Yoda: un señor anciano…, muy anciano –tiene 87 años–, ilusionado como si fuera un niño, a tal punto que permanecía en el set aun cuando soportábamos temperaturas de veinte grados bajo cero”.

Me despido de ambos con la sensación de haber conocido a dos tipos cultos, con cierta dosis de descaro –al diablo con los temores– y sin embargo, extremadamente educados. Después de cenar, seguramente brindarán por el éxito y por otros intereses seculares de la industria, olvidando, al menos por unas horas, que deben esa suerte a un caníbal literario.

Copyright © de las fotografías (imagen superior, Peter Webber; imagen inferior, Peter Webber y Gaspard Ulliel): Guzmán Urrero, 2007. Reservados todos los derechos.


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