
No es que el caso de Jim Carrey sea único pero merece mucha atención. El actor canadiense forma parte de ese grupo de elegidos que suelen formar un tumulto en cada una de sus apariciones públicas.
Para demostrar esto último, ayer por la noche numerosos admiradores se dieron cita a las puertas del cine madrileño en el que la estrella presentó Di que sí (Yes Man). El mismo poder de convocatoria queda de manifiesto hoy, en el hotel donde Carrey recibe a la prensa en compañía de su director, Peyton Reed, y su principal compañera de reparto, Zooey Deschanel.
Los efectos del humor sobre el sistema nervioso pueden comprobarse en el rostro de Jim Carrey. Ya sé que su afición a los gestos desmedidos es un asunto delicado, que no todo el público aprecia por igual, pero lo cierto es que este intérprete sobrevuela Hollywood con un cargamento en el que, además de muecas imposibles, hay mucha técnica, mucha intuición y una generosa amplitud de registros.
Di que sí, la película que hoy nos presenta Carrey, parte de un esquema clásico. Un tipo amargado, tras asistir a un absurdo seminario de realización personal, empieza a decir que sí a cualquier propuesta que le hacen. Al principio, no sabe exactamente por qué ese método funciona, pero el caso es que su vida cambia: deja atrás los convencionalismos, se gana a pulso la independencia y entra de lleno en un asunto amoroso. De ahí en adelante, el argumento avanza hacia ese destino feliz y risueño que, en otros tiempos, nos facilitaban las comedias de Frank Tashlin.

Aunque atrevida en alguno de sus tramos, Di que sí es una cinta que puede agradar a un público amplio: casi familiar. Esta vez, Carrey está bien dirigido y lo rodea un grupo soberbio de actores: desde Zooey Deschanel –la definición del encanto– al soberano Terence Stamp, pasando por Bradley Cooper y John Michael Higgins, que desarrollan sus papeles con bastante solvencia.
El mérito hay que atribuirselo al realizador Peyton Reed (Separados y A por todas / Bring it On), que obtiene rentimiento de todo el elenco, sabe narrar la historia con suma claridad y además emplea el humor con más que notable acierto.
El guión, firmado por Nicholas Stoller, Jarrad Paul y Andrew Mogel, se inspira libremente en el libro autobiográfico del ingles Danny Wallace, responsable de títulos tan inusuales y luminosos como Join Me (2003), este Yes Man (2005), Danny Wallace and the Centre of the Universe (2006) y Friends Like These (2008).
Tengo entendido que, a la hora de convertir Yes Man en un guión, Peyton Reed y Carrey se reunieron a lo largo de varias sesiones. Durante esas citas de trabajo, las ideas fluían sin límite, casi alocadamente. Dominaba la improvisación e incluso llegaron a filmar un cortometraje a modo de prueba.
Cuando le digo esto último al realizador, Reed bromea, como si todo fuera resultado de la casualidad. “Fue realmente un proceso muy científico –me dice–. Se trataba de introducirnos en el cerebro de Jim, lo cual supone acceder a una fuente de energía muy poderosa… Teniendo esa premisa del hombre que le dice sí a cualquier propuesta que le hacen, no es difícil imaginar las muchas derivaciones que fueron surgiendo –incluidas algunas poco saludables–. Nos reuníamos los guionistas, Jim y yo, y anotábamos ideas en esa lista de propuestas a las que, habitualmente, responderíamos que no, y que al decir sí, resultarían embarazosas o directamente humillantes. Así fue como comenzamos, y si no recuerdo mal, nos detuvimos en experiencias que tuvo el propio Jim en su vida”.
En Di que sí, Carrey aprende coreano, toca la guitarra acústica e incluso se atreve a saltar desde un puente. Otra de sus pasiones –el motociclismo– también sale a relucir en el guión. Lo cual, por cierto, le sirve para responder a mi pregunta con una anécdota muy significativa.
“En una de aquellas primeras reuniones con Peyton y los guionistas –contesta el actor–, recuerdo que me senté y dije, simplemente… ¡Ducati! Y los guionistas dijeron: ¿Qué? Y yo seguí repitiendo, como si fuera una clave privada: ¡Ducati! Y ellos respondieron: Ah, lo que tú quieres es conducir una moto. Yo no sabía si eso tenía sentido, pero estaba seguro de que quería llevar una Ducati en la película… Y así fue como trabajamos a partir de esa y otras ideas. Lo cierto es que este rodaje me dio la oportunidad de plantearme qué cosas quería hacer. De hecho, hay retos que sólo me plantearía una vez en la vida”.
Como les decía, en Di que sí, Jim Carrey domina el coreano. Escuchándole hoy, da la impresión de que él mismo comparte ese interés lingüístico con su personaje. “Sería estupendo –dice– llegar aquí y hablar español de forma fluida… Qué gran idea sería tomar diez años de tu vida y dedicarlos a pasar un par de ellos en cada país. Aprender todos esos idiomas… Me encantaría hacer eso”.
Otra de las secuencias destacadas del film es aquella en la que Carrey hace bungee jumping desde un puente. Me imagino el terror de la compañía de seguros cuando el actor decidió arriesgarse sin dobles de ningún tipo. “Suena a cliché –dice–, pero al llegar el momento de la verdad, busqué el rostro de mis seres queridos, como si estuviera a punto de irme de este mundo... Pensé en qué cosas le iba a contar a Jesús y en algunos asuntos horribles de mi pasado. Todo eso estaba en mi cabeza… y cuando me lancé desde lo alto, fue como si toda mi alma gritase… Una semana después de aquello, aún seguía soñando que me estrellaba contra el suelo. En contra de la creencia popular –ésa que dice que no debes despertarte de un sueño en el que mueres–, siempre me despertaba. Y aquí me tenéis”.
A Peyton Reed le divierte la idea de que Carrey esté tan involucrado con la película y con todo lo que ésta supone. “Básicamente –nos dice–, Di que sí es una película casera, sólo que muy cara. Se trataba de ver qué quería hacer Jim y de tener alrededor a un montón de gente para filmarlo”.
Conste que Jim Carrey es uno de esos profesionales que tienen muy claros los límites de su oficio. De ahí que procure equilibrar en su carrera las concesiones al gusto popular –las comedias locas que le han dado fama– y los proyectos minoritarios en los que demuestra una formidable versatilidad.
“La verdad –dice, en un tono más serio–, uno hace películas porque cada nuevo rodaje aporta experiencias, y como sucede en este caso, también diversión. En esta oportunidad, se trataba además de ofrecer algo agradable a los espectadores… Algo positivo, que les hiciera sentir bien. Sobre todo en esta época, en la que la gente lucha contra el mal humor… A decir verdad, en los últimos tiempos nuestro país ha hecho bastante para enfadar al mundo, y a mí me apetecía aportar algo que hiciera a los demás reírse y sentirse mejor”.
En un segundo plano, atenta a las palabras de Reed y Carrey, la discreta Zooey Deschanel parece encantada de participar en esta reunión. Tras rodar El incidente, esta comedia le ha dado la ocasión de mostrar su lado más ocurrente.
“Fue un rodaje muy divertido –aclara, sonriente–. Además, en el guión había asuntos que, como sabes, me resultaban familiares. Por ejemplo, mi personaje tiene un trasfondo musical. Se trata, además, de una aventurera, y eso me hizo asimilar junto al resto del equipo esa actitud positiva de decir que sí a cualquier propuesta”.
No les adelantaré detalles de la trama, pero créanme: una de las secuencias más divertidas nos presenta a Zooey interpretando un descacharrante batiburrillo musical en el que mezcla el pop de vanguardia, la banda sonora de Viaje al centro de la Tierra y ese himno oficioso que es Star Spangled Banner, de Francis Scott Key.
También la actriz tuvo que subirse a una moto, pero qué quieren que les diga: se nota que lo suyo no es el riesgo y el derroche de adrenalina.
“El día antes de que se rodaran mis escenas en motocicleta –dice–, la especialista encargada de doblarme casi se mata en un accidente. Y eso me puso en la tesitura… oh, Dios mío, de rodar yo misma aquella secuencia. Por suerte, estos chicos [mira a Carrey y Reed] eran realmente buenos a la hora de hacerme sentir cómoda y enfrentarme a mis propios miedos”.
Zooey Deschanel y Jim Carrey en la première de Di que sí, Madrid © Fotografía de Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.









































































































