
En numerosas ocasiones, la historia de un rodaje es tan notable como la película resultante. A juzgar por los testimonios a los que he tenido acceso, Alatriste, de Agustín Díaz-Yanes, entra de lleno en esa categoría.
Pero el anecdotario no es lo que me interesa abordar en estas líneas. En todo caso, ya lo verán, he de tocarlo de refilón, aunque sin ceder al cotilleo. Como seguramente saben, el protagonista de dicha cinta es un intérprete neoyorquino, de ascendencia danesa, Viggo Mortensen. Hoy salta a la vista que estamos ante un actor de raza, pero cuando se anunció su contrato, más de uno puso en duda su capacidad para personificar, en nuestro idioma y por derecho, a un héroe tan castizo como el Capitán Alatriste.
La película ya circula por el mundo, y los juicios en torno a su calidad van y vienen. En mi opinión, Viggo realiza una soberbia labor. Tan importante, que raya por encima del guión y de la puesta en escena, bastante más discutidas por la crítica.
Arturo Pérez-Reverte, padre literario del personaje, también parece satisfecho con el trabajo del danés. Dicen que Viggo procuró imitar el acento leonés, y eso, quién lo duda, debió de enternecer al escritor. Cuando pregunté a este último por ese Alatriste cinematográfico, el novelista se mostró sumamente contento. Resumo sus palabras: «Fue algo asombroso ver el proceso de españolización de Viggo —respondió—. Viggo se hizo español a medida que trabajaba en la preparación del personaje. En la película, ya ves que es español. Porque ésa es su nacionalidad, sin duda».
Pueden creerlo. Un nativo de Manhattan, recriado en la Argentina, convertido en un soldado de los Tercios Viejos. La magia del cine funciona. Y de qué manera.
Mortensen habla nuestro idioma con acento porteño, y recuerda a cada momento que es un seguidor del Club Atlético San Lorenzo de Almagro. Esa parte de su identidad, que se vuelve entrañable en el diálogo, no oculta una faceta más profunda. Porque Viggo es pintor, fotógrafo, poeta… Un cosmopolita que da por buena esa devaluada palabra. Precisamente porque esa es la cualidad que le permite, como dice Pérez-Reverte, «sentirse español».
Me intereso por el modo en que preparó esta nueva piel —la que lo transformó en un natural del país—, y a modo de respuesta, él detalla un minucioso trabajo de caracterización. «En primer lugar —dice— leí el guión. Luego Arturo [Pérez-Reverte], con su generosidad, me envió los cinco libros del ciclo de Alatriste. Al leerlos, comprobé lo que el director había sacado de ellos. Pude saber cómo eran originalmente esos personajes, y qué les había añadido el guión. Obviamente, el contacto con Arturo y con Díaz-Yanes fue fundamental para mí. Luego se añadieron otras experiencias: la lectura de libros de Historia, la visita a otros lugares de España, el recorrido de sus museos. Esto me lleva a pensar que, cuando ves cuadros, paisajes o monumentos como ésos, puedes creer, sencillamente, que se trata de cosas lindas. Pero cabe ir más allá. Es entonces cuando caes en la cuenta de que tú vienes de ahí: de esas imágenes. No solamente es algo tuyo. Eres tú».
El arte, como se deduce de las palabras de Viggo, pone en marcha un mecanismo universal. Un perdurable medio de identificación que, en su caso, funciona como una imperiosa necesidad.
Viggo Mortensen durante la presentación de Appaloosa, Madrid © Fotografía de Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.









































































































