A lo largo del siglo XX se produce una crisis de identidad del hombre moderno, así como de la confianza del arte en la verdad de sus imágenes. La insistencia en que el arte debe ser algo distinto de la naturaleza, incluso antagónico con la idea de parecido que siempre ha sido la razón de ser del retrato, puede llevar a pensar que el género tendría poco interés para el arte esencialmente no mimético de la modernidad.
Sin embargo, no fue así, y basta echar un vistazo a la lista de nombres de artistas que han trabajado este género en el siglo XX –la mayoría presentes en la exposición El Espejo y la máscara. El retrato en el siglo de Picasso-, para darse cuenta de ello y para valorar su importancia en el estudio de la evolución del retrato a lo largo de la historia, así como el interés de este proyecto.
"La revolución estética emprendida por el retrato contemporáneo –escribe Francisco Calvo Serraller– ha sido causada, en primer lugar, por la muy diferente concepción que en nuestra época se ha hecho del hombre y, como antes apuntamos, su papel o puesto en el cosmos, y, en segundo, por la muy distinta idea que hoy se tiene de lo que es y significa la vida en sí. Ya no es posible emplazar al hombre como centro de nada que no sea sí mismo, pero tampoco ni su cuerpo, ni su alma pueden tratarse por separado, ni, por supuesto, reducirse a un prototipo ideal cerrado. Desde cualquier orden con que se considere la cuestión, física, biológica o psicológica, no podemos reducir la identidad del hombre y, por tanto, la representación de su imagen a sus rasgos morfológicos exteriores, ni éstos caben en una interpretación que no sea dinámica".
En el catálogo de esta exposición, organizada por el Museo Thyssen-Bornemisza y la Fundación Caja Madrid, Malcom Warner escribe lo siguiente: “Con el tiempo, el retrato fue muy admirado, incluso por ellos mismos” -recordaba Matisse- “y me dije una vez más que Bonnard tenía razón cuando afirmaba que un retrato siempre termina siendo un problema de parecido.
Luego añade: “la idea de los géneros continuó prevaleciendo, no sólo entre los artistas más convencionales, sino también entre la vanguardia. A finales del siglo XIX y XX, cada género vivió su propia historia de transformación y supervivencia. Si el paisaje desempeñó un papel vital en el desarrollo de la abstracción, la tradición del retrato iba a ser modelo de referencia en el compromiso del arte moderno con la figura humana, respetado tanto por su ruptura como por su fidelidad".
"Por esta razón –continúa Warner–, los teóricos lo consideraban despectivamente como un arte de concesiones, que los artistas más ambiciosos no debían tomar demasiado en serio. Podemos suponer que, entre los artistas de vanguardia de la época moderna, que no sólo eran ambiciosos, sino que además se rebelaban contra la idea del arte como imitación de la naturaleza, el retrato correría peor suerte. Sin duda, el género más vinculado al parecido era el que tenía menos probabilidad de éxito".
"Sin embargo, sucedió exactamente lo contrario. Los artistas modernos, aunque contentos por dejar los retratos de encargo a sus compañeros más conservadores, nunca abandonaron el retrato como forma. Resulta sorprendente la gran cantidad de obras maestras del arte moderno que muestran a personas sentadas en butacas, como habían hecho durante siglos los modelos de retrato. Los artistas modernos siguieron pintando retratos sin encargo previo, algo que a la mayoría de los artistas del pasado les habría parecido absurdo. Generalmente, los modelos serán sus propios conocidos, amigos o ellos mismos (en el caso de los autorretratos), más que clientes que pagaban por ello. Otras veces, regalarán los retratos y, a la hora de venderlos, no será necesariamente a sus modelos o familiares sino, más bien, a los mismos marchantes y coleccionistas que compraban obras de otro tipo. Había antiguas razones estéticas por las que debían seguir haciendo retratos según estos nuevos planteamientos. Los retratos pintados y esculpidos se debían, en parte y como siempre había sucedido, a la necesidad de hacer arte a partir de la experiencia cotidiana, incluyendo la compañía de otros y la apariencia física de uno mismo. Pero también había razones que tenían que ver con las tendencias específicas del arte moderno, entre ellas, el deseo de comprometerse de una forma original con el arte del pasado. Al haber renunciado en gran medida al encargo, los artistas modernos respondieron con libertad creativa tanto a sus modelos como al género del retrato. Lejos de ignorar sus pretensiones, tradiciones, formas y cánones, los asumieron como parámetros a partir de los cuales empezar a trabajar".
"Para los artistas que pretendían desafiar las convenciones de la representación artística –concluye Warner–, ¿qué mejor ámbito que el del retrato, que para la mayoría de la gente tan sólo consistía en el parecido? Se trataba del género más susceptible de ser subvertido. Cuando los artistas ejecutaban una obra pictórica o escultórica en forma de retrato o, simplemente, utilizaban un título donde apareciera la palabra “retrato”, podían saber de antemano cuáles eran las expectativas del público y, por tanto, podían jugar a ignorarlas”.
En palabras de Paloma Alarcó, "Si, como afirmaba George Steiner, el autorretrato es para el artista el intento ‘de conseguir el dominio sobre las formas y los significados de su propio ser’, no es de extrañar que la obsesión de algunos artistas de autorretratarse estuviera motivada por su necesidad de indagar en su experiencia vital, en sus propios estados anímicos cambiantes. Por otra parte, los ideales románticos individualistas recuperados a finales del siglo XIX, originaron la transformación de la imagen tradicional del artista, su ascenso a la categoría de héroe visionario al margen de la sociedad y en contra de las normas establecidas. Su aislamiento y sufrimiento, consecuencia de su nuevo y trágico destino, se convertirán ahora en una fuente imprescindible para su arte, por lo que es comprensible que, a la hora de autorretratarse, ya no se conforme con la imagen objetiva que le devuelve el espejo y recurra a todo tipo máscaras, para poder ofrecer una interpretación subjetiva de su propio dilema existencial y dar validez a sus nuevas propuestas artísticas. En este sentido, es preciso recordar que la fotografía, convertida en una nueva herramienta para los artistas que querían traspasar los límites del espejo, ha ampliado considerablemente las posibilidades de autorrepresentación".
"¿Cómo negar que nuestra época ha sido la era dorada del retrato?", se pregunta Francisco Calvo Serraller en el mismo catálogo. "Desde el punto de vista cuantitativo, el hecho es incuestionable: nunca se han hecho más retratos y por tan distintas razones y medios. En cierta manera, se puede afirmar que el retrato como género se convirtió en el principal agente democratizador del arte, lo cual no sólo debe interpretarse como que "hacerse un retrato" se convirtiese en algo, simbólica y materialmente, al alcance de cualquiera -piénsese en la fotografía!-, sino que su trivialización transformó su identidad; esto es: la cantidad afectó a la calidad. En cualquier caso, la extrema divulgación de la retratística no puede ser valorada, ni siquiera desde un punto de vista estrictamente sociológico, como una simplificación estética. Antes, por el contrario, ha aguzado y sofisticado el retrato artístico, sea cual sea su medio de materialización. De manera que, sea por la influencia de su uso social masivo, sea por otros condicionantes más estrictamente estéticos, el concepto y la práctica del retrato contemporáneo ha ampliado sus horizontes y posibilidades, y, sobre todo, se ha transformado en un género infinitamente más complejo".
Ficha de la exposición
Título: El espejo y la máscara. El retrato en el siglo de Picasso
Fechas: Madrid – Museo Thyssen-Bornemisza y Fundación Caja Madrid: del 6 de febrero al 20 de mayo de 2007
Forth Worth (Texas) – Kimbell Art Museum: del 17 de junio al 16 de septiembre de 2007
Organizadores: Museo Thyssen-Bornemisza, Fundación Caja Madrid y Kimbell Art Museum
Número de obras: Total 180 obras (Madrid – 145; Forth Worth – 100)
Comisarios: Paloma Alarcó, conservadora de Pintura Moderna del Museo Thyssen-Bornemisza y Malcolm Warner, Senior Curator del Kimbell Art Museum
Audio guía: disponible en español, inglés y francés
Publicaciones: Catálogo (con ensayos de los dos comisarios y de Francisco Calvo Serraller, John Klein y William Feaver; editado en español e inglés) y guía didáctica
Página web: español e inglés
Ciclo de conferencias: El retrato en el siglo de Picasso. Del 7 de marzo al 9 de mayo de 2007.
Director: Francisco Calvo Serraller
Museo Thyssen-Bornemisza. Paseo del Prado 8, 28014 Madrid.
Horarios y tarifas: de martes a domingo de 10.00 a 19.00 horas. La taquilla cierra a las 18:30h.
Exposición temporal: 5 € (Reducida: 3,50 € para estudiantes y mayores de 65 años).
Exposición temporal + Colección permanente: 9 € (Reducida: 5 € para estudiantes y mayores de 65 años previa acreditación).
Venta anticipada de entradas a través de la web del Museo y en el 902 400 222
Más información: 91 369 01 51 y www.museothyssen.org
Fundación Caja Madrid. Plaza de San Martín, 1, 28013 Madrid
Horario: de martes a domingo de 10.00 a 20.00 horas
Entrada libre
Más información: 902 246 810 y www.fundacioncajamadrid.org
Copyright del texto y las imágenes © Museo Thyssen-Bornemisza y Fundación Caja Madrid. Cortesía del Departamento de Prensa del Museo Thyssen-Bornemisza. Reservados todos los derechos.









































































































