
Eminencia o La memoria fingida. Javier Alfaya. Alfaguara, Madrid, 1992, 345 páginas
Traductor, periodista, poeta (corríjase el orden según preferencias), Javier Alfaya debutó en la narrativa con El traidor melancólico (1991), conjunto de cuentos que evocaban, con medios sencillos y cribados, el mundo cutre, paranoico y desertizado de la inacabable posguerra del 39.
En esta segunda incursión por el género, Alfaya cambia de tercio, se pasa a la novela y se retrae a la evocación histórica, justamente en la corte de Carlos IV y su favorito Godoy, es decir allí mismo donde Galdós inicia el desfile de sus episodios. Nada es casual, menos esta relectura de la historia española a partir de la decisión galdosiana. Alfaya, no obstante, se vale de recursos bien diversos a los de don Benito.
Digamos que levanta la falda y corre la cortina, descubriéndonos la figura, más que insólita, de quien fue el último Gran Inquisidor de España, un cura libertino y bastante incrédulo, amigo del Valido y luego desterrado a Francia, donde morirá escribiendo secretamente sus memorias, escuchando música y compartiendo su casa con alguna amiga cachonda de juventud, ahora convenientemente aventajada, como él,
El ritmo de la narración y su alternancia de planos evoca el lenguaje narrativo del cine.
Predominan el corte y los efectos de montaje sobre la panoplia literaria, a fin de aligerar la densa provisión de eventos y personajes que toda novela histórica impone.
Este paisaje con figuras de la España que se desliza hacía el caos de las guerras civiles, la pérdida del Imperio y el Desastre, escarba en las zonas ocultas de la crónica y nos muestra la intimidad, perfectamente contradictoria, de esa sociedad tradicionalista, supersticiosa y devota: un mundo barroco de intrigas palaciegas, camas de tres (al menos), músicos contrahechos y confidentes deslenguados.
Todo es como un enorme sacramento de confesión, pero al revés: el pecado recibe premio y la contrición se convierte en motivo de pena. Inopinadamente, nos encontramos con ciertos aspectos de la sociedad contemporánea, tan tecnificada y poco virtuosa, tan permisiva y belicosa.
La moraleja podría ser: sólo elegimos del pasado aquello que creemos parecido al presente y sólo vemos del presente aquello que nuestro pasado imaginario nos explica. Lo que Alfaya, con apretada fórmula, denomina «la memoria fingida». ¿Habría literatura si la memoria no fuese, siempre, ficción?
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.































































































