
París consagra rápido. Como la sutil soberbia de su torre, se alza la fama de un joven filósofo que publica su tesis y se transforma en el pensador de moda: Henri Bergson, con su Ensayo sobre los datos inmediatos de la consciencia.
Bergson cuestiona la costumbre de pensar con palabras y en el espacio, buscando explicitar la relación causa-efecto: pensar leyes que apelan a la extensión y a la cantidad, ambas abstracciones.
El discurso de la filosofía intenta copiar la discontinuidad de los objetos físicos, obtener definiciones netas y precisas. Pero, entonces ¿cómo pensar las emociones, el goce estético, la pasión, las intensidades puras?
Ejemplos: el futuro como infinidad de posibles (no como porvenir idealmente realizado y contenido en la profecía de la ley), la sugestión sin causa del arte, que abisma o eleva, la simpatía que simula emanar del ser amado.
La emoción es única e irrepetible. Por lo mismo, no cabe pensarla, ni definirla. Es del orden de lo inefable y la filosofía ha de reconocerla y enmudecer ante ella. Enmudecer de emoción, claro está.
Hay, en torno al discurso, un universo de objetos opacos, en los que se entra sólo por el camino de la vida. Se los vive y se vuelve de ellos con un equipaje vacío, que el recuerdo llena con sus fantasías retrospectivas.
Al igual que Heidegger con su inefable ser, Bergson propone una filosofía del espíritu como lo gratuito, lo inextenso, lo indiscreto, un movimiento libre, independiente de toda sensación. El hombre es el único animal que prefiere, es decir que no actúa ante las cosas como una respuesta al estímulo, sino que recalifica al estímulo y, de última, a las cosas mismas.
Esto lleva a otro tema heídeggeriano: la impertinencia, la no correspondencia entre pensar y decir. Bergson aforiza: «Hablamos mas que pensamos». La palabra excede al pensamiento y este exceso, este lujo, este despilfarro impensable pero decible, es el lugar del espíritu. La reformulación del objeto de la filosofía también exige reformular sus condiciones.
La filosofía actúa fuera del espacio y del tiempo. Fuera del espacio, en lo inextenso. Fuera del tiempo, en la duración pura, instante fugaz y, a la vez, eterno, serie sin adición, lugar ideal en que existen las abstracciones.
Ejemplos: el número abstracto. Lugar ideal en que se alcanza la continuidad, frente a la discontinuidad de lo real. La duración pura es, por oposición al espacio y el tiempo kantianos, medios homogéneos y vacíos, pura heterogeneidad compuesta de cambios cualitativos, como las notas de una melodía, interpenetradas y organizadas, sin contornos precisos, sin exterioridad, sin numeración. Lugar simultáneo de todas las partes del tiempo, punto único y múltiple, instantaneidad que es, a la vez, fijeza.
No se puede enfrentar esta construcción con un solo yo. Hacen falta dos: uno es el yo sucesivo que está en el espacio-tiempo de tres dimensiones, que entra y sale de las cosas; el otro yo es el instantáneo de la duración pura, en que todo es simultáneo y diverso a un mismo tiempo.
La historia, asunto que nos viene ocupando como la torre de nuestra exposición, es ahora alcanzada por el discurso bergsoniano. Es así que el progreso, contrariamente a lo que entienden los positivismos, no está en las cosas, sino que es una síntesis mental, el pasaje de un punto a otro, entre los cuales, objetivamente, no hay nada.
Es como el cañamazo de un cuadro puntillista: asegura la existencia de la pintura pero no está pintado. En el alma, hay, pues, progreso sin sucesión.
Cada instante es la síntesis de toda la historia, que se reformula como si estuviera dirigida hacia él. El pasado se encamina hacía un hoy cambiante, tiene incontables metas a conseguir conforme se multiplican los presentes instantáneos y heterogéneos. Esta duración se siente pero no se mide.
Es inútil construir aparatos para medir las emociones, pues los aparatos no miden ía calidad, que es inmanente a la emoción misma. Instinto confuso, grosero y seguro, el lenguaje no puede atraparlo, pues lo fija y la duración cesa.
La historia sería esta innumerable variación de instantes irrepetibles, lo concreto absoluto.
El lenguaje, objetivo e impersonal, cuyo sujeto es un yo trascendental, el Yo Parlante, persigue a la duración sin alcanzarla, aunque sirve para construir la identidad social de los sujetos, en la medida en que éstos comparten una realidad objetiva con los demás sujetos: la realidad socializada, precisamente, por el propio lenguaje.
Hasta la palabra duración es impropia a su objeto, ya que tiene una fijeza incompatible con lo heterogéneo puro que pretende nombrar. La filosofía bergsoniana resulta, así, por definición, ajena al objeto que expone.
Bergson no sólo redefine la historia sino que lo hace también con la libertad, punto crítico en que vuelve a distanciarse de la filosofía de sistema y ley que domina en su tiempo.
«Se denomina libertad la relación del yo concreto con el acto que cumple. Esta relación es indefinible, precisamente porque somos libres. En efecto, se puede analizar una cosa, pero no un progreso; se descompone la extensión, pero no la duración.» Dicho de otra forma: la libertad se asegura en la indeterminación, en la capacidad humana de reactuar desproporcionada e impredictiblemente ante los estímulos.
En un texto posterior (La evolución creadora, 1907) Bergson atribuirá al élan vital, el impulso productivo de la vida, el empuje sobre la evolución, en tanto ésta es disociación y desdoblamiento, y no asociación y causa, como en el planteo positivista.
La historia es proliferante y sólo puede explicarse, a posteriori, como hecho consumado, apenas en términos matemáticos. No hay leyes ni providencia en ella, no hay destino histórico. Más se marca por los obstáculos a superar que por el arsenal de instrumentos disponibles.
También hay en esta vuelta a las fuentes de lo inmediato por medio de la intuición, un reclamo por el origen, por el repristinamiento del mundo. La cualidad pura carece de historia y su proliferación hacia el futuro es anárquica. La historia ha servido para degradar las cualidades del comienzo: lo gratuito se ha vuelto útil; el saber, geometría y la acción, técnica.
Hacen falta héroes, genios y santos para mediar en este retorno al principio, la insistencia de lo inefable. Como Nietzsche, como Heidegger, Bergson soporta lecturas libertarias o mesiánicas, anuncia a Sorel y a Hitler.
Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.































































































