
En el temario de la literatura popular de fines del siglo XIX, hallamos cierto tipo de narración que incide en los viajes exóticos.
Su meta principal es, por imposiciones del género, un enclave lejano, de colorido, fastuosidad y hábitos inconfundibles. Con vena orientalista, dichos relatos quedan determinados por su escenario. Como el lector seguramente conoce, durante ese período fue muy frecuente la publicación de novelas de fantasías orientales, y en todas ellas relumbraba el tópico del cual hablaremos.
Es el mismo subgénero que más tarde se divulgó a través de las revistas pulp con idéntica fascinación por una Arabia mágica, de belleza sutil e inefable, inspirada, obviamente, en el Libro de las mil y una noches y en reinterpretaciones ilustradas como el Vathek, de William Beckford.
El cine popular recogió muy pronto esos ingredientes, y los trasladó a títulos como El ladrón de Bagdad, en las versiones de Raoul Walsh (1924) y Michael Powell, Ludwig Berger y Tim Whelan (1939). En esta línea, la belleza exótica de María Montez realzó e identificó ese tipo de tramas en Las mil y una noches (1942), de John Rawlins, Alí Babá y los cuarenta ladrones (1944), de Arthur Lubin, y La reina de Cobra (1944), de Robert Siodmak. A la vista de semejante producción, llegamos a un principio indiscutible: con vestuarios llamativos y sensuales y decorados de recargado barroquismo, Hollywood construyó un mundo árabe de minaretes dorados, intrigas cortesanas y alfombras mágicas.
Fieles a ese patrón, películas como El príncipe mendigo (1944), de William Dieterle, Aladino y la lámpara maravillosa (1945), de Alfred E. Green, y Aladdin (1992), de John Musker y Ron Clements, han reiterado una atmósfera propia de un cuento de hadas.
Justificadamente, dentro del prodigioso conjunto de personajes de las Mil y una noches, Simbad el marino ha sido el más adecuado para el cine de aventuras. Sus peripecias son el fondo argumental de Simbad y la princesa (1958), de Nathan Juran, Las aventuras de Simbad (1963), de Byron Haskin, El viaje fantástico de Simbad (1973), de Gordon Hessler, y Simbad y el ojo del tigre (1977), de Sam Wanamaker.
Las guerras coloniales de comienzos del siglo XX han sido otra fuente de inspiración notable. Largometrajes como Lawrence de Arabia (1962), de David Lean, y El viento y el león (1975), de John Milius, han proporcionado una visión romántica de la causa árabe. Eso sí, interpretada a través de un filtro etnocentrista.
En otros casos, el cine de aventuras ha revisado acontecimientos de la expansión imperial británica. Así, la Guerra de Sudán de 1898 inspiró la novela Las cuatro plumas de A. E. Mason, llevada al cine en 1929 por Lothar Mendes, Merian C. Cooper y Ernst B. Schoedsack. Las versiones posteriores de este relato de amistad y guerra son Las cuatro plumas (1939) y Tempestad sobre el Nilo (1956), de Zoltan Korda. En 1977, Don Sharp recuperó este material que luego sería adaptado por Shekhar Kapur (2002). Dentro de esa misma ambientación sudanesa, la toma de Jartún en 1885 por las tropas de El Mahdi compone la trama de Kartum (1966), de Basil Dearden, donde el general inglés Charles George Gordon, muerto durante la campaña, es interpretado por Charlton Heston.
Beau Geste (1926), de Herbert Brenon, fue la primera adaptación de la novela homónima de P. C. Wren, que sirvió para definir el mito romántico de la Legión Extranjera francesa en el norte de África. Las adaptaciones de 1939, dirigida por William A. Wellman, y 1966, dirigida por Douglas Heyes, renovaron esa imagen vehemente de los soldados occidentales, en lucha tenaz contra los nómadas desde sus fortines en medio del desierto.
Esa perspectiva hostil del yermo norteafricano es, por otro lado, componente fundamental de aventuras como El vuelo del Fénix (1966), de Robert Aldrich, y Arenas de muerte (1957), de Henry Hathaway.
(Este artículo cita textos publicados por mí en la Enciclopedia Universal Multimedia, de Micronet, entre 1999 y 2002)









































































































