
Reconozcámoslo, aquí la novedad es improbable. Caben pocas originalidades, y lo que es mejor, nadie las espera.
Como su propio nombre indica, el cine de espadachines tiene como elemento primordial el duelo con arma blanca. De forma específica: la lucha con florete, sable o espada. Desde el punto de vista histórico, este subgénero suele ambientarse en los siglos XVII y XVIII, y sus modelos literarios más conocidos son Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas, y El jorobado o El caballero de Lagardere, de Paul Fèval.
De ahí que los esgrimistas -los tiradores- cinematográficos luzcan las mismas cualidades que sus antecedentes folletinescos: ingenio, gusto por la aventura, lealtad, intuición picaresca, galantería y pasión romántica.
La primera versión de la novela Los tres mosqueteros fue dirigida en 1922 por el humorista Max Linder. En 1939 estrenó su adaptación Allan Dwan, y en 1948 hizo lo propio George Sidney. En la estela de la versión franco-italiana de 1962, dirigida por Bernard Borderie, Richard Lester realizó Los tres mosqueteros (1973). Entre las traslaciones posteriores figura una entrega destinada al público adolescente (1993), obra de Stephen Herek.
Dentro del mismo linaje temático, hallamos una cinta protagonizada por Gérard Philippe, Fanfan el invencible (1952), de Christian-Jacque. A partir de la novela homónima de Rafael Sabatini, llegaron a las pantallas Scaramouche (1923), de Rex Ingram, y Scaramouche (1952), de George Sidney. Por su parte, El capitán (1960), de André Hunebelle, y El halcón de Castilla (1965), de José María Elorrieta, ambientaron el modelo del espadachín en Francia y España, respectivamente.
Una pieza poco divulgada, El capitán intrépido (1963), de Mario Caiano −protagonizada por Sean Flynn, hijo del gran Errol−, centraba su peripecia en el México virreinal. Si apuramos la frontera, éste es el área de actividades de El Zorro, otro de los personajes más populares de dicho subgénero. El enmascarado californiano fue creado por Johnston McCulley, quien completó en 1919 el folletín The curse of Capistrano, editado en la revista All Story Weekly Magazine a lo largo de cinco entregas. Douglas Fairbanks dio vida al justiciero de doble vida en La marca del Zorro (1920), de Fred Niblo. Con posterioridad, las andanzas de dicha figura fueron narradas en títulos como El signo del Zorro (1940), de Rouben Mamoulian, El Zorro (1975), de Duccio Tessari, y La máscara del Zorro (1998), de Martin Campbell.
Apelando a la caballerosidad y sentido moral del esgrimista, el cine japonés también ha aportado su versión del subgénero. Me refiero al chambara, donde el hombre de armas se convierte en héroe paradigmático. Corresponden a esta categoría largometrajes como Shinpan Oka seidan (1928), de Daisuke Ito, Hyakuman ryô no tsubo (1935), de Sadao Yamanaka, y Tange Sazen hien ia-giri (1966), de Hideo Gosha. El cine chino, también rico en cintas con guerreros, ha prolongado su interés por el modelo gracias a producciones tan ambiciosas como Tigre y dragón (2000), de Ang Lee.
(Este artículo cita textos publicados por mí en la Enciclopedia Universal Multimedia de Micronet, entre 1999 y 2002)









































































































