
Las novelas y relatos de la pulp fiction fueron el vehículo de tramas en las que se idealizaba la idea de un Oriente misterioso, donde aún existían hechiceros, yoguis y maestros de las artes mágicas.
Este motivo literario era, al menos en parte, una derivación de las ideas propagadas en las postrimerías del XIX por teósofos y otros defensores del budismo esotérico. Al cabo, fueron ellos quienes vinieron a revivir, con misticismo trasnochado, un concepto de Asia como tierra de maravillas y escenario de sortilegios.
El cliché era tan excesivo que no sorprenden las bromas: Golpe en la Pequeña China (1986), obra de uno de los cineastas más representativos del cine de horror, John Carpenter, situaba a los protagonistas en el Chinatown subterráneo, donde se desarrollaba un enfrentamiento mágico entre las fuerzas del bien y del mal. La hechicería oriental, en este caso, incluía guiños a la platea.
Relacionando ese tipo de ingredientes mágicos con el folletín de capa y espada y con las mitologías nórdicas, surgieron a comienzos del siglo XX dos variantes de la aventura con una larga vida en la literatura y el cine.
Eran dos subgéneros diferentes, aunque estructuralmente permanecieron relacionados. Por vía anglosajona, los llamamos espada y brujería (sword and sorcery) y fantasía heroica (heroic fantasy). Aunque ambos tienen parecidas fuentes de inspiración, el tratamiento argumental es diverso. Cabría identificar al primero con la corriente establecida por Robert E. Howard, el creador de personajes como Conan y Kull de Valusia, y los escritores que siguieron su estela, como Lin Carter, L. Sprague De Camp e incluso Fritz Leiber. Por consiguiente, el subgénero de espada y brujería se encuadraría en ambientes primitivos, anteriores a la caída de la Atlántida, habitados por guerreros poderosos y muchas veces brutales, perversos taumaturgos y monstruos de diversa índole.
El matiz que diferencia a la fantasía heroica es que su raíz es básicamente mitológica, en la línea marcada por su máximo representante, J.R.R. Tolkien.
En la fantasía heroica cabe la evocación poética e incluso erudita de civilizaciones olvidadas. En cierto modo, este subgénero devuelve a la moderna literatura los motivos de los cuentos de hadas y, sobre todo, de los ciclos mitológicos celtas y anglosajones. El panorama contemporáneo de narradores ha simplificado aún más los términos de esa diferencia, con cultivadores de la fantasía heroica como Nancy Springer, que concilia la novela romántica convencional con los relatos mágicos, o seguidores de la espada y brujería tan intensos como Jeffrey Lord o Robert Moore Williams. No obstante, ambos subgéneros siguen confundiéndose en la literatura, el cómic y el cine, y en muchos casos su solapamiento es tal que no cabe distinción alguna.
Dentro de la llamada espada y brujería, las películas más representativas son Conan el bárbaro (1982), de John Milius, El guerrero rojo (1985) y Conan el destructor (1984), ambas de Richard Fleischer. Inspiradas todas ellas en relatos escritos por Robert E. Howard, su éxito se prolongó en una larga sucesión de obras menores (e incluso ínfimas). A saber: El Señor de las Bestias (1981), de Don Coscarelli, Cromwell, el rey de los bárbaros (1981), de Albert Pyun, Ator el poderoso (1982), de Joe D'Amato, La espada salvaje de Krotar (1982), de Michael Lemick, y Gunan, el guerrero (1982), de Francesco Prosperi.
En clave cinematográfica, la fantasía heroica engloba las dos versiones de la novela de Tolkien: la estadounidense El Señor de los Anillos (1978), de Ralph Bakshi, y la neozelandesa El Señor de los Anillos (2001), de Peter Jackson, y asimismo producciones tan atractivas como Cristal oscuro (1982), de Frank Oz y Jim Henson, Taron y el caldero mágico (1985), de Ted Berman y Rick Rich, Willow (1988), de Ron Howard, y Legend (1985), de Ridley Scott.
Otra muestra popular de esta variante cinematográfica se nos muestra en la saga iniciada con Los inmortales (1985), de Russell Mulcahy. En este filme y en su continuación, Los inmortales II: El desafío (1991), el maestro del protagonista, el inmortal Connor McLeod (Christopher Lambert), es otro caballero inmortal, pero moldeado bajo el troquel de Dumas: Juan Ramírez Sánchez-Villalobos (Sean Connery), espadero mayor de Carlos I. Paradojas del pastiche: la originalidad se disuelve y el juego de la ficción se torna una recombinación de viejos modelos.
(Este artículo cita textos publicados por mí en la Enciclopedia Universal Multimedia, de Micronet, entre 1999 y 2002)









































































































