En los años sesenta se encuentra el cine español en una etapa renovadora. Junto con las directrices legales impulsadas a mediados de la década, la aparición del nuevo cine español va a dar nombres importantes en cada uno de los sectores creativos de nuestra industria.
A la sombra de su maestro y paisano Luis Buñuel, Saura va a ser el realizador más activo con carácter internacional.
No obstante, desde finales de esta década y principios de la siguiente, el cine español se convierte en el triste heredero de una situación de fiasco económico, provocada por una política de medidas proteccionistas carente de una mínima coherencia en su aplicación.
El resultado es una industria progresivamente deteriorada, que va mermando sus posibilidades de producción. Lo cual supone, obviamente, una disminución de las oportunidades profesionales para aquellos jóvenes que intentan incorporarse al sector.
El realizador Julio Diamante fue uno de los asistentes a las Conversaciones de Salamanca, y participó también en una serie de Congresos Universitarios de Escritores Jóvenes que se convocaban en los cincuenta. Cito aquí a Diamante no sólo por su labor como cineasta (Los que no fuimos a la guerra, 1962), sino por su quehacer como estudioso y crítico. De hecho, fue fundador de la revista Nuestro Cine y colaborador habitual de revistas de necesario recuerdo, como Film Ideal.
A través de este tipo de publicaciones, se fue asentando un nuevo modo de abordar el cine como arte. Ni que decir tiene que a ello contribuía la influencia de la crítica francesa, cuyas conclusiones no tardaron en cruzar los Pirineos.
En el campo industrial, hay un personaje de enorme interés: Samuel Bronston, un productor ruso de origen estadounidense que quiso rodar en España superproducciones al estilo del Hollywood clásico
Por medio de su compañía Internal Films, e invirtiendo enormes sumas de capital de la firma Du Pont, Bronston rodó en nuestro país Rey de Reyes (1960), dirigida por Nicholas Ray, que relataba la pasión y muerte de Jesucristo. En dicho largometraje quedaron claros los ingredientes de este tipo de producciones: grandes estrellas norteamericanas, directores de prestigio, descomunales decorados y una amplia presencia de técnicos e intérpretes españoles.
La siguiente entrega de Bronston fue El Cid (1961), maravillosa cinta de Anthony Mann protagonizada por Charlton Heston y Sophia Loren.
Heston, un hombre culto, aprendió español en esta época y llegó a consultar su interpretación de Mío Cid con don Ramón Menéndez Pidal. El actor protagonizó asimismo 55 días en Pekín (1963), rodada en el pueblo de Las Matas.
El director Nicholas Ray, aquejado por una dolencia cardiaca, abandonó el rodaje, que fue completado por Guy Green y Andrew Marton. En el reparto, sobresalían Ava Gardner y el inolvidable David Niven.
Con La caída del Imperio Romano (1964) comienza el declive del Imperio Bronston, que llegó a su fin por culpa del irregular resultado económico de El fabuloso mundo del circo (1964), de Henry Hathaway, con John Wayne, Rita Hayworth y Claudia Cardinale en los principales papeles.
Numerosos profesionales españoles alcanzaron su madurez en los equipos de Bronston. Ello, sumado a las facilidades gubernamentales y a la variedad de escenarios, propició una corriente de rodajes internacionales. Con todo, esta afluencia no era algo nuevo: por estas fechas ya se habían filmado en España superproducciones como Doctor Zhivago (1957), Espartaco (1960), Lawrence de Arabia (1961) y Cleopatra (1963).
No obstante, la calidad de nuestros equipos técnicos y la pujanza de esa industria que ahora vemos con nostalgia permitió que, durante unos años, fuese constante la producción destinada al mercado internacional.
Aprovechando esa circunstancia, Sergio Leone, el director italiano, inventó en España el subgénero del spagueti-western: es decir, westerns rodados por equipos italoespañoles en Almería. Inauguraron esa corriente Por un puñado de dólares (1964), La muerte tenía un precio (1965) y El bueno, el feo y el malo (1966), protagonizadas por actores como Clint Eastwood y Lee van Cleef.

La nueva política diseñada por José María García Escudero desde la Dirección General de Cinematografía, hizo aumentar considerablemente la producción de cine en España, se alcanzaron índices que jamás se habían logrado en toda la historia, y se favoreció la apertura de nuevos mercados y el incremento de las coproducciones con otros países.
La intención García Escudero de elevar el nivel del cine español y favorecer la entrada de gente joven en la industria se consiguió gracias a una generación de directores que intentó identificarse con las vanguardias europeas de la década.
Era el Nuevo Cine Español, del que, entre 1962 y 1967, formaron parte directores como Mario Camus, Francisco Regueiro, Manuel Summers, Miguel Picazo, Basilio Martín Patino, Claudio Guerín y Víctor Erice.
Una excepción en este sentido, pudo ser Carlos Saura, director que se convirtió en el máximo exponente de un cine de calidad, que quería llegar a todos los espectadores y que consiguió abrir un frente importante en la comercialización exterior del cine español, todo ello gracias, también, a Elías Querejeta, su productor.
Nada más salir del I.I.E.C., Saura había dirigido Los golfos (1959), con la que iba a confirmar su buen hacer a partir de esta década. Su primer gran título fue La caza (1965), historia rica en contenidos ideológicos y expresivos, que sin embargo tuvo poca aceptación en su estreno en España, al contrario que en el extranjero, donde recibió varios premios internacionales. La siguieron otras películas más intimistas, que se sitúan en el contexto onírico que caracteriza toda la obra de Saura.
Por otro lado, en paralelo a la Escuela madrileña, surgió otro grupo creativamente más experimental e innovador: la denominada Escuela de Barcelona. En este último caso, predominaban la tradición formal, la influencia lingüística publicitaria y la preocupación por la estructura visual.
Baste recordar Fata Morgana (1966), de Vicente Aranda, Noche de vino tinto (1966), de José María Nunes, Dante no es únicamente severo (1967), de Jacinto Esteva y Joaquín Jordá, y las películas firmadas por Carlos Durán, José María Forn, Jaime Camino, Pedro Portabella, Jorge Grau y Gonzalo Suárez.
Hay un dato esencial a tener en cuenta. Pese a ser un exiliado, Luis Buñuel vino a la España franquista a rodar Viridiana (1961), película que es una importante muestra de su genio creativo y que se confirmó como una obra de singular relieve para el cine español, y Tristana (1969), película de una corrección formal y estilística digna de todo elogio, en la que insistió en las pasiones sexuales, los amores imposibles, el fanatismo y la tentación, y el sueño de la libertad.
Cuando Buñuel viene a España, se convierte en un símbolo de aperturismo, y ello permite reivindicar su legado cinematográfico. Tras dos trabajos realizados en Francia, el director aragonés regresó con fuerza dirigiendo Nazarín (1958), la adaptación de la obra de Benito Pérez Galdós, en la que planteaba cómo los más diversos problemas humanos no pueden llegar a ser solucionados con simple espiritualidad. Con mayor visceralidad retomó el asunto años más tarde, en Viridiana (1961).
La presentación de Viridiana en el Festival de Cannes y la obtención de la Palma de Oro provocaron uno de los escándalos internacionales más recordados de la Historia del Cine. Pese a haber sido rodada con el beneplácito institucional, la película no se pudo ver en España hasta el mes de abril de 1977, y fue considerada para la distribución internacional como una producción mexicana.
En los años sesenta, Buñuel continuó progresando en sus imágenes sobre el convencionalismo burgués (El ángel exterminador, 1962), sus filias clasistas (Diario de una camarera, 1964) y la inestabilidad emocional surgida del juego de las máscaras (Belle de jour, 1967), para alcanzar la meta –en esto sigue a los Evangelios– a través de una peregrinación heterodoxa en la que el dogma echa un pulso a la herejía (La Vía Láctea, 1969).
La etapa final de su carrera fue francesa. En ese periodo, Buñuel analizó a la burguesía desde diversos ángulos en las tres películas que le produjo Serge Silberman (El discreto encanto de la burguesía, 1972, por la que ganó el Oscar de Hollywood, El fantasma de la libertad, 1974, y Ese oscuro objeto del deseo, 1977)
Con todo, pese a que Buñuel representa lo español en el exilio, no debe pensarse que el cine rodado en la España de los sesenta fue desdeñado por el mercado internacional. Muy al contrario, el cine español mereció bastantes éxitos de crítica y público.
Así, Francisco Rovira-Beleta (Los tarantos, 1963, El amor brujo, 1967), Fernando Fernán Gómez (El mundo sigue, 1963, El extraño viaje, 1964), Luis García Berlanga (Plácido, 1961, El verdugo, 1963) y Antonio Isasi-Isasmendi (Estambul 65, 1965, Las Vegas 500 millones, 1968), entre otros muchos, continuaron ofreciendo buenos títulos a una industria que pasaba por uno de sus mejores momentos.
La comedia continuaba siendo uno de los valores seguros en taquilla. Corresponden a este género títulos tan celebrados como La gran familia (1962), La familia y uno más (1965), Operación secretaria (1968), Las que tienen que servir (1967) y Pecados conyugales (1966).
En sus repartos estaban presentes José Luis López Vázquez y Gracita Morales, indiscutible pareja cómica, a los que se sumaba la presencia de actores tan formidables como Alfredo Landa, Alberto Closas, Analía Gadé, Amparo Soler Leal, Concha Velasco, Tony Leblanc, Rafaela Aparicio, Julia Gutiérrez Caba, Manuel Alexandre, Laly Soldevilla, Laura Valenzuela.
La otra línea de producción que explotaba con inusitada alegría el cine español fue el cine con niño, siguiendo la estela de las películas protagonizadas por Joselito. El recambio, en este caso, apareció de la mano de una niña encantadora y llena de talento: Marisol (Un rayo de luz, 1960, Ha llegado un ángel, 1961). Tras ella, llegaron dos gemelas, Pili y Mili, y la admirable Rocío Dúrcal.
La residencia (1969), de Narciso Ibáñez Serrador, fue una impecable muestra de cine de género, y demuestra el buen hacer del cine español en campos como el misterio y el terror.
Imagen superior: Tómbola (1962), de Luis Lucia © Guión Producciones Cinematográficas. Reservados todos los derechos.
Copyright © Emilio C. García Fernández. Los textos originales del autor en los que se basa este artículo fueron publicados en El Diario de Ávila, en la revista Todo Pantallas, en la Enciclopedia Universal Multimedia (Micronet) y en los libros Historia ilustrada del cine español (Planeta, 1985), Cine español: una propuesta didáctica (Royal Books, 1993) e Historia Universal del Cine (Planeta, 1982). Esta Historia del cine español se publica en Cine y Letras por cortesía de Emilio C. García Fernández. Reservados todos los derechos.









































































































