A grandes rasgos, la década de los setenta presentaba ya los síntomas de una industria que comenzaba a enfermar, y que se veía amenazada por una profunda crisis. Cada vez se producía menos, la distribución estaba pasando lentamente a manos multinacionales y el parque de salas disminuía.
En cierto modo, el cine español durante estos años mantiene las constantes que prevalecen en el resto de las cinematografías europeas. Así pues, tras los acalorados e inquietos deseos de renovación registrados en el transcurso de la década anterior, la de los 70 no es más que un periodo de confirmación de ese mismo ímpetu.
No obstante, como decía, la situación industrial en España se halla profundamente agravada, debido al fiasco económico heredado de finales de los años 60, lo cual obliga a potenciar un cine eminentemente comercial que atraiga la atención de los espectadores. Pese a ello, se consiguen productos de calidad artística superior, como Pascual Duarte y El espíritu de la colmena.
Los festivales cinematográficos se prodigan en muchos lugares de España. Pero la calidad y eficacia de la mayoría de ellos está por confirmar.
El prestigio de la industria nacional también llega a través de los directores de fotografía que abren fronteras, como Néstor Almendros.
La producción de los setenta -conviene insistir en ello- se centró en una corriente muy comercial. Aún quedaba un espacio para los westerns, las películas de aventuras y las cintas de terror, muy competitivas, rodadas por profesionales como Paul Naschy.
También alcanzó el éxito la comedia sexy, conocida como landismo en alusión a ese excelente actor que es Alfredo Landa. El subgénero, arraigado previamente en Italia, tuvo su punto de partida fue No desearás al vecino del quinto (1970), de Ramón Fernández. El llamado destape tiene ahí su origen.
En búsqueda de la famosa tercera vía, surgieron otras películas que alternaron la comedia con el reflejo realista de la sociedad. Acá se pueden mencionar cintas como las impulsadas por el productor José Luis Dibildos (Españolas en París, 1968) y las dirigidas por Roberto Bodegas, Antonio Drove, Pedro Masó y José Luis Garci.
Una propuesta de calidad fue la mantenida por Elías Querejeta como productor, que continuaba trabajando con Saura (Ana y los lobos, 1972, Cría cuervos, 1975) y que dio entrada a nuevos directores como Víctor Erice (El espíritu de la colmena, 1973).

La alternativa a estos planteamientos industriales surgía de toda la producción independiente que se desarrollaba en muchos lugares de España. De todo este colectivo vieron reconocido su trabajo directores como Iván Zulueta, Paulino Viota, Jaime Chávarri, Emilio Martínez-Lázaro, Antoni Padrós y Ricardo Franco (Pascual Duarte, 1975).
A lo largo de los años setenta, se fue confirmando la convivencia de varias generaciones de directores con propuestas tan dispares como complementarias de cara a la marcha industrial del cine español. Veteranos como Manuel Mur Oti, Francisco Rovira-Beleta, Ignacio F. Iquino, Vicente Escrivá, Pedro Lazaga, Mariano Ozores, Rafael Gil, José Luis Sáenz de Heredia y José María Forqué compartían pantalla con Alfonso Ungría (El hombre oculto, 1970), Jaime de Armiñán (Mi querida señorita, 1970), Francisco Betriu (Furia española, 1974), Mario Camus (Los días del pasado, 1977), José Luis García Sánchez (Las truchas, 1978) y Pilar Miró (El crimen de Cuenca, 1979), entre otros muchos.
José Luis Borau, responsable de títulos tan representativos de aquellos años como Furtivos (1975) y La Sabina (1979), es otro más entre los cineastas que aprendieron en el IIEC (Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas). Al terminar los estudios se dedicó a la docencia como profesor de guión en la EOC (Escuela Oficial de Cinematografía), antiguo IIEC. Dicha institución, por diversas razones, fue impulsora de toda una generación de cineastas.
En las postrimerías del franquismo y los primeros momentos de la transición democrática, mantuvieron su nivel en la industria intérpretes que venían del cine de los sesenta, como Alfredo Landa, José Luis López Vázquez, José Sacristán, Agustín González y Concha Velasco. En paralelo, otros más jóvenes comenzaban a despuntar, como Carmen Maura, Ángela Molina, Xabier Elorriaga y Ana Belén.
Imagen superior: Pánico en el Transiberiano (Horror Express, 1973), de Eugenio Martín © Bennar Productions, Granada Films. Reservados todos los derechos.
Copyright © Emilio C. García Fernández. Los textos originales del autor en los que se basa este artículo fueron publicados en El Diario de Ávila, en la revista Todo Pantallas, en la Enciclopedia Universal Multimedia (Micronet) y en los libros Historia ilustrada del cine español (Planeta, 1985), Cine español: una propuesta didáctica (Royal Books, 1993) e Historia Universal del Cine (Planeta, 1982). Esta Historia del cine español se publica en Cine y Letras por cortesía de Emilio C. García Fernández. Reservados todos los derechos.









































































































