A la hora de comenzar este recorrido, hemos de remontarnos a las postrimerías del siglo XIX. A España llegaron las primeras imágenes en movimiento a mediados de 1895, cuando Edison presentó su Kinetoscopio en un local de la Carrera de San Jerónimo madrileña.
Pasó casi un año hasta que en el Circo Parish, situado en la Plaza del Rey, Erwin Rousby presentó el Animatógrafo el 11 de mayo de 1896. Era el animatógrafo un aparato que, a diferencia del anterior, permitía el visionado colectivo de las imágenes que se proyectaban sobre una pantalla.
Pasó el tiempo, y en la primavera de 1896, Eugène Promio, representante de los Lumière, dio a conocer el Cinematógrafo en los bajos del Hotel Rusia, situado en la misma Carrera de San Jerónimo.
La primera proyección, propuesta para gente distinguida, tuvo lugar el 13 de mayo de 1896. Dos días más tarde, aprovechando la fiesta del patrono de la ciudad, Promio mostró los primeros programas de exhibición. Los integraban títulos de los Lumière como Puerta del Sol, Salida de los alabarderos de palacio, Maniobra de la artillería y esa pequeña joya que es El regador regado.
Sobre el espinoso asunto de cuál fue la primera película española debo decir que todavía no está confirmado que sea la impresionada por los Eduardo Gimeno padre e hijo, en Zaragoza. De hecho, unos meses antes de que se exhibiera la Salida de misa de doce del Pilar de Zaragoza (1897), José Sellier recogió en La Coruña imágenes del Entierro del general Sánchez Bregua (1897).
A decir verdad, es muy probable que alguna otra persona hubiera impresionado imágenes con anterioridad.
En todo caso, el pionero del cine español más representativo en su dimensión industrial fue el barcelonés Fructuoso Gelabert, que decidió iniciar su proyección cinematográfica a partir de la impresión temas y motivos muy diferentes. Su primer trabajo fue Riña en un café (1897), al que siguieron numerosas vistas y panorámicas de la Ciudad Condal.
A lo largo de treinta y cinco años, Gelabert desarrolló una carrera muy prolífica, representativa de lo que significó Barcelona como centro de producción hasta mediados de los años veinte.

Siguieron los pasos de Gelabert los aragoneses Ignacio Coyne y su ayudante Antonio Tramullas, el valenciano Antonio Cuesta, y los catalanes Ricardo Baños y José Gaspar, dinamizadores no sólo de la producción de imágenes sobre motivos e historias propias, sino también impulsores de la apertura de otros mercados para esas imágenes.
Con todo, la figura más singular de estos primeros años fue Segundo de Chomón, que se adentró en el mundo del cine con una película bien diferente, Choque de trenes (1902).
Para rodar esta cinta espectacular, Chomón empleó maquetas para la resolución del efecto visual correspondiente. Este primer paso no le impidió registrar numerosos documentales, reportajes y, sobre todo, películas de ficción, bien sobre argumentos literarios o sobre ideas originales.
Durante tres años, Chomón se adaptó a las propuestas francesas en el planteamiento creativo, al tiempo que desarrollaba otras técnicas que, indudablemente, suponían una mejora para el desarrollo narrativo del cine.
He aquí algunos ejemplos de lo dicho: la doble impresión apareció con Gulliver en el país de los gigantes (1903), y el llamado paso de manivela, procedimiento que aplicó en su curioso Eclipse de sol (1905) y con el que llevó a cabo la obra que más renombre le proporcionó en el cine de la época, El hotel eléctrico (1908), película realizada durante su estancia parisina en los estudios de la Pathé.
Para rodar El hotel eléctrico, Chomón desarrolló una serie de técnicas que le convirtieron en el mayor contrincante que tuvo Georges Méliès a lo largo de su carrera.
Pronto aparecieron en el cine español las primeras películas argumentales, con historias cómicas y temas dramáticos. En particular, salen a relucir las adaptaciones de las obras de Ángel Guimerá como Tierra baja (1907), María Rosa (1908), Mar y cielo (1910) y La reina joven (1916).
Esta industria pionera cuenta con empresas como la Hispano Films que, fundada por Alberto Marro y Luis Macaya en 1906, consiguió sacar adelante una serie de películas de tema variado y éxito desigual, entre las que figuran Don Pedro el Cruel (1911), Amor andaluz (1914) y Diego Corrientes (1914).
Un gran conocedor del mundo teatral, Adriá Gual fundó en 1913 Barcinógrafo, empresa en la que firmó, en calidad de director artístico, películas como El alcalde de Zalamea (1914), Misterio de dolor (1914) y La gitanilla (1914).
Los de Gual fueron trabajos de alta calidad artística que lo destacaron por encima de los otros cineastas de su época. También surgió, impulsada por Juan Solá Mestres y Alfredo Fontanals, la Studio Films , en 1915, una firma que adquirió los estidios de Gelabert. Con un equipo estable, mantuvo una producción constante y llevó a término dramas de la calidad de Regeneración (1916), así como numerosos seriales.
Una de las películas más llamativas de la época fue una producción francesa promovida por Charles Drossner y Emile Burgueois, La vida de Cristóbal Colón y su descubrimiento de América (1916), con un presupuesto de un millón de pesetas, inversión que, por cierto, no quedó reflejada en el resultado final.
Desde el punto de vista estético y formal, la dirección artística en este periodo estuvo representada por los siguientes creadores: Ricardo de Baños (La guerra del Rif, 1909, Don Juan de Serrallonga, 1910, Sacrificio, 1914, Juan José, 1917, Don Juan Tenorio, 1922), José Gaspar Serra, que se inició en trabajos para la Gaumont francesa, sobre todo en reportajes y documentales, el más notorio de ellos el titulado Semana trágica de Barcelona (1909); Juan María Codina, director de la primera película española en episodios, El signo de la tribu (1914), y Enrique Blanco, madrileño, fundador de los laboratorios Iberia Cines en 1910, que tuvieron una gran actividad como operadores y directores artísticos.
El cine español no tardó mucho tiempo en ofrecer sus propias estrellas. Entre las luminarias del teatro que descubrieron el séptimo arte destacaré a Margarita Xirgu (La muerte del tirano, 1907, Sacrificio, 1914, El golfo, 1917), María Guerrero, Ernesto Vilches, Fernando Díaz de Mendoza, Joaquín Carrasco (Carceleras, 1911, Ana Cadova, 1912, El calvario de un héroe, 1915, Barcelona y sus misterios, 1916) Pastora Imperio, Juan Rovira, Catalina Bárcena y Lola París.
Durante el periodo mudo, el cine español sufre una serie de altibajos que no favorecen el desarrollo productivo y la consolidación de una infraestructura industrial lo suficientemente sólida para que ayude a nuestra cinematografía a despegarse del primitivismo al que se ve sometida. Los trabajos aislados, el carácter local, arbitrario e irracional de la producción, desbarata cualquier posible consideración sobre el porvenir. Se produce mucho, se trabaja exhaustivamente, pero no se consigue nada.
Imagen superior: La vida de Cristóbal Colón y su descubrimiento de América (1916), de Emile Bourgeois © Films Cinematographiques, Argos Films. Archivo de Emilio C. García Fernández. Reservados todos los derechos.
Este artículo contiene citas de otros estudios que publiqué previamente en las revistas Todo Pantallas y Cuadernos Hispanoamericanos, en la Enciclopedia Universal de Micronet, en el Centro Virtual Cervantes (Instituto Cervantes) y en mis libros Historia ilustrada del cine español (Planeta, 1985) y Cine español: una propuesta didáctica (Royal Books, 1993).









































































































