Después de leer las intervenciones de cada uno de los representantes de los diversos sectores en sus comparecencias ante los miembros de la Comisión parlamentaria de Cultura en los primeros días del mes de septiembre de 2007, uno no salía de su asombro al comprobar cómo los citados parlamentarios agradecían a cada compareciente la documentación que previamente les había hecho llegar. En este sentido ¿para qué era necesaria su presencia? En definitiva, para que los medios de comunicación hablasen de lo que allí se estaba cociendo…Ahora ya disponemos de la Ley del Cine (Ley 55/2007, de 28 de diciembre) y es momento de hacer balance.
A decir verdad, quienes seguimos con detalle el procedimiento en torno al proyecto de la nueva Ley del Cine, tampoco nos hemos sorprendido de las posturas encontradas defendidas por los representantes de la industria.
Tampoco fue novedoso el que encontraran en ciertos políticos un apoyo beligerante, atendiendo a la defensa de ciertas identidades culturales propias de cada comunidad.
Por fin, la Ley del Cine ha encontrado el consenso político. Pero en realidad, el consenso debe encontrarse en el marco de un espectro industrial y social mucho más amplio.
Qué piensan realmente los miembros de esta industria, qué piensan los espectadores del cine español… no son opiniones que se deban dejar de lado, por más que nos quieran decir que se han tenido en cuenta a todas las partes.
Los políticos juegan a hacer política mucho más allá de la realidad de la calle, y nos dicen que trabajan mucho al presentar una enmienda a la totalidad porque no se respeta el fomento del cine en las otras lenguas españolas.
Que el cine español está revuelto se aprecia en el enfrentamiento que se ha producido en el ámbito de la Academia, entre sus directivos y los directores de cortometrajes. Pero si esto es suficientemente importante –uno no logra entender cómo desde todas las administraciones públicas, nacionales y autonómicas, se está invirtiendo tanto en escritura de guiones y en producción de cortometrajes para que luego nadie los pueda ver–, más importantes son la situación de varias productoras representativas del paisaje industrial del cine español y el enfrentamiento sectorial que existe históricamente en España.
Nuestro cine precisa una Ley que lo consolide industrialmente, que potencie la creatividad, que promocione en toda regla lo que se hace y que permita disponer de un espacio para su visionado.
Son los principios básicos, pero en el proyecto de Ley del Cine se diluyen en planteamientos que consolidan, fundamentalmente, el pesebrismo económico y la ineficacia de las propias medidas.
Se exige a un sector para respaldar a otro. Se le da vueltas al concepto “personal creativo” porque todos –dicen– son puentes indiscutibles para los resultados de las películas. Se clama por la negativa de unos canales de televisión (privados y con licencia como operadores) y nadie dice nada ante la pasividad de todos los que son públicos.

En cualquier caso, esto se puede dejar de lado –o sorprender al ajeno con trifulcas de tres al cuarto– si las administraciones apoyan indiscriminadamente a la producción, a la distribución y a la exhibición. Porque, hoy por hoy, no hay un sector que pueda decir que no recibe apoyo público: se apoya a los guionistas, a los nuevos directores, a los productores, a la difusión, a los distribuidores que cuentan con películas europeas, a las salas para su adaptación a los nuevos tiempos, su utilizan programas nacionales, europeos e iberoamericanos…
No hay que achacar la situación del mercado sólo a la piratería o a la invasión de cine estadounidense.
Hay que demostrar con hechos (películas) que existe capacidad creativa para atraer al público, y que, por encima de todo, se apuesta por un producto bueno, inteligente, abierto a todas las mentalidades, y no por aquel que quiere aprovechar coyunturas políticas y moverse en las aguas de lo políticamente correcto.
La ficción sí debe, en principio, despertar el interés de los espectadores. Sin embargo, el cine español tiene un lastre que nadie quiere echar por la borda para alcanzar el vuelo necesario que le permita sobrepasar la copa de los árboles.
Ese lastre se encuentra, básicamente, en producir y dirigir películas que no van a contar con la promoción mínima necesaria para que el espectador sepa que se acaba de estrenar dicha obra.
No obstante, el punto de partida debe situarse en la valoración de los proyectos. Qué historia se quiere contar y con qué medios, actores y localizaciones. Qué productora está detrás y qué director firma la historia. Hoy no se puede aceptar el “todo vale” en una industria tan débil como la española, porque al final lo que sucede es que, de las 85 películas de ficción producidas, apenas le suenan a un cinéfilo informado unas quince.
Esta realidad confirma que al espectador más común apenas le llegan imágenes de cuatro o cinco títulos. Es decir, que las cuatro películas que más nominaciones tienen a los Goya son las que realmente se tienen en mente.
Pero ¿qué pasa con las demás? Sí, tienen también sus nominaciones pero les cuesta estar en la mente del espectador común. Decir que una película tiene un notable éxito cuando no supera el millón de espectadores, es de risa. Sobre todo, si esa película ha costado siete millones de euros.
Sobre la financiación debemos exigir que exista transparencia en los presupuestos. Las bases de la nueva Ley de cine no aportan nada novedoso sobre lo que ya tenemos. La financiación del audiovisual debe surgir de la propia industria (modelo francés). Dejémonos de establecer ayudas para esto y para lo otro. Debe aplicarse un impuesto sobre la entrada y lo que corresponda al sector de la televisión, del vídeo e Internet, así como definir las desgravaciones fiscales, etc.
Sí, hasta la fecha el modelo francés (existente, con adaptaciones, desde 1946) confirma que es el más adecuado. Claro que no interesa importarlo porque así el sector español puede moverse en una nebulosa que le permite ser rentable para los implicados pero no para dar la imagen positiva que necesita el cine español ante sus espectadores.
Será, quizás, la manera de acabar con el lobby que controla el mundo del audiovisual en España. Algo que se está comprobando resulta muy difícil de resolver.
Y podemos hablar de lo que está pasando en el cuadro artístico de nuestro cine, que debe consolidarse a corto plazo. Porque si el futuro del cine español va a estar en manos de buena parte de los actores que hoy se sitúan al frente de los repartos, difícil lo tenemos.
Necesitan leer mucho, vocalizar mejor, asumir el personaje con integridad. Con menos naturalidad y más energía interpretativa.
Cualquiera se puede fijar en la duración de los planos en el cine español: son cortos, ¿La razón? Salvo contadísimas excepciones, los directores no encuentran respuestas ante cámara porque los actores no son capaces de sostener el personaje.
Y sobre las historias, creo que deben salir un poco más de esos mundos personales en los que, cuanto más extraño resulte todo, mejor se puede defender aquello de “es que no me entienden” a la hora de que el espectador le de la espalda.
Desde luego, deben abandonar de una vez por todas las “necesarias” escenas de alcoba (eso nos recuerda aquello de la “exigencia del guión” hablando de los desnudos gratuitos y constantes, habituales en el cine de la transición democrática).
Tampoco debemos creer que la comedia es el único género en el que se desenvuelve mejor el cine español. En absoluto. Hay directores capaces para hacer frente a cualquier historia, lo único que necesitan es tiempo para madurar los proyectos y estabilidad en la estructura industrial en que se apoyan.
Que una sociedad sea más o menos rica (culturalmente hablando) no depende sólo del cine. Lo que pasa es que suena muy bien defender el producto cultural para aprovechar todos los mecanismos posibles para mantener activa una industria que es pobre en su sabia, en sus ideas y en sus proyectos.
Hay posibilidades de hacer una película vendible, interesante y atractiva para el público español. Eso lo confirman títulos como El hombre de arena, de José Manuel González-Berbel, El orfanato, de Juan Antonio Bayona –aclaro que no me convence del todo la interpretación de Belén Rueda–, Los crímenes de Oxford, de Álex de la Iglesia, y REC, de Jaume Balagueró y Paco Plaza.
Los problemas fundamentales del cine español no los va a resolver una nueva Ley del Cine. El mercado está apuntando en una dirección y la normativa –política– sigue mirando hacia otra parte.
La luna en botella © Sogecine, Ikiru Films, Zephyr Films. Cortesía del departamento de prensa de Hispano FoxFilm. Reservados todos los derechos.









































































































