Cine y Letras

Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
  15 de noviembre de 2011 - 12 de febrero de 2012
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Historia del Cine II. La etapa inaugural

Historia del cineEn general, se cita como fecha del nacimiento del cine el 28 de diciembre de 1895. Ese día los hermanos Louis y Auguste Lumière ofrecieron la primera exhibición pública de su Cinematógrafo.

No obstante, se sabe que en esas fechas otros muchos pioneros ya estaban proyectando también imágenes por otros sistemas que, quizás, todavía no tenían la perfección del francés.

En cualquier caso, es un hecho que los pioneros fueron, sobre todo, fotógrafos. No por casualidad, ellos disponían de una mínima infraestructura para poder procesar en sus laboratorios las imágenes obtenidas.

La primera proyección se ofreció en el conocido Salon Indien del Gran Café situado en el número 14 del Boulevard des Capucines parisino.

Los comentarios de la época señalan que los espectadores quedaron sorprendidos y exaltados ante aquellas imágenes que pasaban ante sus ojos. Pronto corrió por todo París la noticia, y el Salon Indien se quedó pequeño.

Las primeras imágenes rodadas por los Lumière en 1894 (Bicycliste, Acuarium) fueron superadas por sus siguientes films: Salida de los obreros de la fábrica Lumière, en Lyon-Mont Plaisir; El regador regado; L’Arrivée des congressistes à Neuville-sur-Saône y Les Forgerons.

Eran películas de apenas unos segundos de duración. Simples tomas de vistas, escenas familiares y festivas o pequeñas situaciones cómicas. En definitiva, un espectáculo idóneo para los feriantes y para los espectáculos de variedades. Ni que decir tiene que un tropel de magos e ilusionistas supo ver las posibilidades del invento.

Uno de los primeros espectadores, el prestidigitador George Méliès, director por aquel entonces del Teatro Robert Houdin, encontró en el nuevo invento el soporte que necesitaba para mejorar sus espectáculos. Poco después, el mago impresionó títulos como Escamoteo de una dama (1896) y La cueva maldita (1898).

El kinetoscopio de Edison, de visión individual, ya era conocido en buena parte del mundo. Sin embargo, en Norteamérica, el detonante del nacimiento de la primera industria cinematográfica fueron las exhibiciones ofrecidas por el representante de los Lumière.

Los empresarios locales pronto decidieron hacer frente común en el desarrollo de una industria propia, y así fueron surgiendo las primeras productoras Biograph (1897) y Vitagraph (1898), que se unían a la ya implantada Edison Co. (1892).

Historia del cine

En el resto del mundo las primeras imágenes que se exhibieron a partir de 1895 fueron, básicamente, las procedentes de los almacenes de los Lumière, al tiempo que en cada país los representantes de la firma impresionaban asuntos convencionales, de corte costumbrista o paisajístico.

En esta línea, destaca el grupo de fotógrafos de Brighton, en Inglaterra. Fueron James Williamson, George Albert Smith y Alfred Collins los que aprovecharon las aportaciones de su coetáneo Robert William Paul para rodar todo tipo de escenas que en nada se diferenciaban de las aportadas por los franceses y norteamericanos.

La producción existente entre 1895 y 1902 abrió todas las posibilidades al desarrollo del negocio del cine. El pesimismo de los Lumière fue contrarrestado, básicamente por la producción de Méliès y Edison. Este último, sobre todo, quiso controlar desde el primer momento el negocio del cine, como si fuera patente suya. Su tenaz empeño por reclamar los derechos sobre sus patentes le condujo a frecuentar el juzgado revisando una a una los varios centenares de denuncias contra aquellos que querían usurparle sus derechos.

Esta primera guerra de patentes finalizó en 1908, con la puesta en marcha de la Motion Pictures Patents Company (MPPC) con Edison al frente.

Los primeros atisbos de ficción cinematográfica se deben a El beso (1896), producido por Edison, y llegan a su punto culminante con Asalto y robo de un tren (1903), de Edwin S. Porter.

Mientras el espectáculo continuaba su marcha abordando historias más completas y un poco más largas, el ilusionista Méliès, que por aquel entonces seguía trabajando en el escenario del Robert Houdin parisino, decidió hacerse un hueco en el mundo del cinematógrafo.

Conjugando su habilidades dirigió Escamoteo de una dama (1896), una película con abundancia de trucos que le dio pie a diseñar una nueva dimensión de espectáculo. El progreso creativo le llevó a La Luna a un metro (1898), película con una construcción narrativa diferente, a base de varios planos, algo inusual en aquellos años aunque con claras referencias teatrales.

Su obra maestra fue Viaje a la luna (1902).

El sector de exhibición comenzó a fraccionarse: muchos empresarios mantuvieron sus programas ambulantes, y en las grandes ciudades, los barracones dieron paso a las salas estables entre 1903 y 1906. Poco después, se abrieron los primeros coliseos.

Al cine francés de aquella época, y al margen de catástrofes como el incendio en el Bazar de la Caridad parisino, le afectó el cúmulo de dificultades con que se encontró la expansión del negocio a nivel internacional, básicamente por la falta de una distribución controlada, dado que en aquel periodo europeos y estadounidenses copiaron literalmente las películas que hacían unos y otros y las comercializaron sin ningún tipo de escrúpulo.

No obstante, ello no impidió que en torno al invento de los Lumière se consolidara una industria con ciertas garantías. Charles Pathé, un pequeño empresario dedicado al negocio del fonógrafo, aprovechó las novedades cinematográficas que estaban surgiendo para iniciar, bajo el sello Pathé Frères, la producción de películas, muy en la línea de lo que hacían Lumière y Edison. El otro gran empresario del momento fue, sin duda, Léon Gaumont, que tras iniciarse en el campo de la óptica, desarrolló una intensa actividad en el mundo del cine como productor, distribuidor y exhibidor.

Asimismo, niciaron su producción las compañías italianas A. Ambrosio (1904), Alberini y Santoni/Cinès (1904/06), Itala (1908), Aquila (1908), Milano (1908); la danesa Nordisk Films Compagni (1906), y firmas francesas como Eclair, Lux y Film d’Art (1907).

Junto a Edwin S. Porter o los franceses Ferdinand Zecca y Louis Feuillade, en todos los países fueron numerosos los pioneros: directores que llegaron al cine casualmente y que maduraron sobre su propio aprendizaje.

La expansión del negocio cinematográfico en los primeros años del siglo XX no pasó desapercibido para muchos empresarios. No obstante, en esta época no estaba nada claro de quien dependía ese negocio, pues el mencionado problema de las patentes –el pago por la utilización de materiales y equipos– originó una picaresca sorprendente.

El lema parecía ser: “Con Edison o contra Edison”. Con todo, ya estaban en marcha empresas norteamericanas como American Mutoscope & Biograph Company (1895), William Selig (1896), Siegmund Lubin (1897), American Vitagraph (1898), Kalem Company (1907) y Essanay (1907).

La Motion Pictures Patents Company (MPPC) tuvo que vérselas con un grupo de independientes que prefería no tener que pagar ninguna cuota y desarrollar sus negocios al margen. Entre ellos se encontraban William Fox, Carl Laemmle, Samuel Goldwyn, Marcus Loew, los hermanos Warner y Adolph Zukor. Dicho de otro modo: los pilares sobre los que se consolidará el primitivo Hollywood.

A partir de 1907 se empezaron a rodar películas en Hollywood y se levantaron allí los primeros estudios. El primer diseño industrial con una organización definida en el sector de producción fue el impulsado por Thomas H. Ince, uno de los directores más activos de estos primeros años, quien levantó en 1913 sus Estudios “Inceville” y en los que impuso unos criterios de trabajo asentados sobre el control absoluto del producto a partir del guión y el montaje de la película.

Hasta la fecha la producción apenas había alcanzado los dos o tres rollos, escasamente se habían aprovechado los recursos publicitarios de la industria y los otros sectores tenían asumida la rentabilidad de la nueva propuesta que hacían desde Hollywood: el largometraje.

El primer paso lo dio D. W. Griffith cuando dirigió El nacimiento de una nación (1914).

En Gran Bretaña el sector creció a través de firmas como Bulldog, cuyo propietario levantó los primitivos estudios Ealing (1910), The London Film Company (1913) y Broadwest Film Company (1914). En Dinamarca la productoras Svenska y Skandia (1916) impulsaron todavía más la industria de su país.

En Alemania se fundó la UFA Universal Film Aktiengesellschaft (1917). Para entonces, en China ya trabajaban sin descanso las productoras Mingxing (1913), Shangwu Yinshuguan y Zhongguo Yingxi Yanjiushe (1919).

En 1896 llegó a México el primer cinematógrafo de los hermanos Lumiére. Al igual que en otras ciudades, el lugar elegido fue una céntrica y elegante calle llamada Plateros. La presentación corrió a cargo de Gabriel Vayre y C.J. von Bernard, de la casa Lumière, y Salvador Toscano Barragán.

El público reaccionó muy positivamente, encontrando en el nuevo invento una manera diferente de entretenerse. Lo que más dominó en el cine mexicano durante sus quince primeros años de vida fueron las imágenes documentales y los reportajes del estilo Inundaciones en Guanajuato o El viaje de Porfirio Díaz a Yucatán. La crítica situación social en los años diez, facilitó la entrada de las producciones norteamericanas en el país. Al mismo tiempo, las película italianas de este momento sirvieron de punto de partida para los primeros largometrajes de ficción mexicanos: Orgullo fatal (1915) y La luz (1917), siendo Emma Padilla la primera actriz de renombre.

Coincidiendo con el desarrollo industrial de su vecino americano, Azteca Film abrió sus puertas en 1917, con una serie de melodramas entre los que destacaron En defensa propia y En la sombra. Poco después, inició su actividad el distribuidor Germán Camus con películas como Santa caridad (1918) y La parcela (1919). Fue, por estas fechas, cuando se rodaron seriales como El automóvil gris (1919) y su secuela, La banda del automóvil gris (1920).

La sombra industrial de Edison llegó a Buenos Aires en 1894, momento en el que se instalaron en la ciudad los primeros Kinetoscopios. El invento francés, sin embargo, no tardó mucho tiempo en hacerse presente entre los argentinos, pues en julio de 1896 se efectuó una primera proyección de películas Lumière en la capital, concretamente en el Teatro Odeón. Se considera que las imágenes de La bandera argentina (1897) son las primeras que fueron impresionadas en tierras argentinas.

Diez años más tarde, el director de origen italiano Mario Gallo rodó una historia dramática titulada El fusilamiento de Dorrego (1908), mientras otros empresarios y directores acometieron el rodaje de documentales.

Entre los primeros empresarios del cine argentino se puede mencionar a Max Glücksmann, a Julio Raúl Alsina y, especialmente, a Federico Valle, impulsor del Film Revista Valle, un noticiario del que llegó a realizar más de quinientos números, con carácter semanal.

Entre las cintas de los pioneros, sobresalen Nobleza gaucha (1915), de Eduardo Martínez de la Pera y Ernesto Gunche, de gran repercusión popular y éxito de taquilla, y El último malón (1916), de Alcides Greca.

José Agustín Ferreyra apostó por mostrar con calor humano el trasfondo social. Desde El tango de la muerte (1917) hasta Canto a mi ciudad (1930), Ferreyra plasmó una gran variedad de vivencias con las que podía sentirse identificada la audiencia popular.

Imagen superior: Asalto y robo de un tren (The Great Train Robbery, 1903) © Edison Manufacturing Company, Image Entertainment. Reservados todos los derechos.

Este artículo contiene citas de otros estudios que publiqué previamente en las revistas Todo Pantallas y Cuadernos de Historia 16, en la Enciclopedia Universal de Micronet, y en los libros Historia universal del cine (Planeta, 1982), Guía histórica del cine (Film Ideal, 1997) y La cultura de la imagen (Fragua, 2006).


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