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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
  15 de noviembre de 2011 - 12 de febrero de 2012
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JungleThrills

junglethrills

¿Qué niño no ha soñado cruzar la jungla en pos de un cementerio de elefantes? Ampliamente abordadas en el folletín y en los libros de viajes, las expediciones de caza han sido una peripecia típica entre las que provee el continente africano.

Al modelar en el imaginario colectivo un concepto de África como tierra primitiva, poblada por animales salvajes y tribus feroces, estas producciones literarias han servido para fijar unos estereotipos luego reaprovechados, hasta la extenuación, por el cinematógrafo y la pequeña pantalla.

En ocasiones, los guionistas han procurado plasmar ese tipo de hazañas con verosimilitud. Así, el escritor, traductor y aventurero Richard F. Burton, descubridor de las fuentes del Nilo, movía la trama de Las montañas de la luna (1989), de Bob Rafelson, una pieza de tono realista que contrasta con las clásicas epopeyas africanas, habitualmente inspiradas por las fantasiosas novelas del admirable Henry Rider Haggard.

A la proteica imaginación de Haggard debemos los libros que inspiraron las películas más características del subgénero: Las Minas del Rey Salomón (1937), de Robert Stevenson, Las Minas del Rey Salomón (1950), de Compton Bennett y Andrew Marton, Regreso a las Minas del Rey Salomón (1959), de Kut Neuman, Las Minas del Rey Salomón (1985), de J. Lee Thompson, She (1935), de Irving Pichel, La diosa del fuego (1965), de Robert Day, y She (1985), de Avi Nesher.

El arquetipo ideado por Haggard incorpora conceptos como la ciudad perdida y el gran cazador blanco y su noble ayudante africano. Este último personaje tiene a un digno representante en el fiel príncipe Lothar que ayuda al héroe en Mandrake el mago (1939), de Sam Nelson y Norman Deming.

Reinterpretando en lo esencial esos estereotipos, Congo (1995), de Frank Marshall, plantea nuevos problemas (la ecología, las guerras locales o el perverso empleo de las nuevas tecnologías). Una lectura, en todo caso, menos romántica que la propuesta en títulos clásicos como La reina de África (1951), de John Huston. De otra parte, la figura del cazador occidental, muy estilizada, es el elemento crucial en filmes como Mogambo (1953), de John Ford, ¡Hatari! (1962), de Howard Hawks, El último safari (1967), de Henry Hathaway, Cazador blanco, corazón negro (1990), de Clint Eastwood, y Memorias de África (1985), de Sydney Pollack.

El personaje de Tarzán, soñado por Edgar Rice Burroughs, es otra criatura característica del cine de aventuras africanas. La cualidad sobrehumana del personaje, rey de la jungla y capaz de todo tipo de desmesuras, queda expresada en producciones como Tarzán de los monos (1932), de W. S. Van Dyke, Tarzán y su compañera (1934), de Cedric Gibbons, La fuga de Tarzán (1936), de James Charles McKay y Richard Thorpe, y Tarzán y su hijo (1939), de Richard Thorpe.

Menos fantasiosa es la perspectiva del aborigen aportada por filmes como Zulú (1964), de Cy Enfield, y Amanecer zulú (1979), de Douglas Hickox, en los que se narra con realismo histórico el enfrentamiento entre el ejército colonial británico y las poderosas huestes del rey de Zululandia.

(Este artículo cita textos publicados por mí en la Enciclopedia Universal Multimedia, de Micronet, entre 1999 y 2002)


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