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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
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Bismarck, el canciller de hierro

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El 24 de marzo de 1889 pronuncia su último discurso ante el Parlamento alemán el príncipe Otto de Bismarck. El hierro del canciller empieza a fundirse. La historia del siglo XIX se acomoda a sus fechas: nace con el Congreso de Viena, en 1815, o sea cuando se contiene militarmente la Revolución Francesa, y muere en 1898, cuando el Desastre español, es decir cuando Europa se retira, prácticamente, de su espacio colonial en América.

El discurso de don Otto es arrogante como el de un vencido. Sale al paso de una campaña de prensa que lo acusa de viejo, anticuado e incapaz. No puede decir lo que siente: que el nuevo Kaiser no lo quiere e intenta quitárselo de encima.

De hecho, lo relevará el 31 de enero de 1890. Se define como un político admirado y tomado por ejemplo en el extranjero. Se considera sustituible en todo, menos en su puesto de canciller imperial. «La suma de confianza y experiencia que he construido en treinta años de política exterior, no puedo legarla ni transferirla.»

Todos lo consideran arcaico e inmovilista, de una fobia frente al socialismo indigna de la Europa coetánea. Gobierna con personalismo y dureza, no haciendo caso de su gabinete, como se usa. Guillermo II es su franco enemigo, la Corte no lo apoya, carece de mayoría parlamentaria, pues los centristas aumentan y ejercen su arbitrio hacia la izquierda o la derecha.

Los socialistas están prohibidos, pero prosperan en la clandestinidad y en 1890, a su caída, serán rehabilitados y ganarán las elecciones.

El Kaiser quiere ser «el rey de los pobres», saliendo de su divina distancia, y hacer una guerra preventiva contra Rusia. Insinúa que Bismarck planea un golpe de Estado y esto servirá para desplazarlo.

Todo va mal para el viejo príncipe. Gran parte del tiempo lo pasa en su castillo de Friedrichruhe, como si pudiera prescindir de la capital del Imperio. En gesto de misoneísmo, se niega a que instalen un teléfono en su despacho.

Bismarck es un viejo noble campesino, de costumbres sencillas y un poco violentas. Tiene gustos sobrios, desconfía de todos y concibe al cazador de bosques trajinados por el hombre como el modelo de conducta.

El bosque carga de energías, no la romántica selva virgen. Su aspiración es administrar bien sus campos y formar en la Defensa Rural.

Han pasado sus años de gloria, cuando las guerras europeas y la derrota de los turcos por los rusos, que provoca la conferencia de Berlín (1878).

Allí juega como arbitro de la paz continental, amenazada por la desestabilización balcánica. De algún modo, la paz armada que vive Europa entre 1871 y 1914 es la paz bismarckiana. El abandono de sus principios hace de Alemania un país expansionista, que busca aliados entre austríacos y turcos (la llamada «fidelidad de los nibelungos»), va a la guerra y es derrotada. Pero también es cierto que la falta de expansión colonial, uno de sus principios, encajona a Alemania, que se carga de energías industriales y busca su salida en la guerra. Se negó a la colonización y dejó que ingleses y franceses se repartieran África. Creía que colonizar era militarmente muy caro y que las colonias absorberían demasiada población, perdiéndose recursos humanos.

En los años ochenta intenta salir del autarquismo económico, estimulando el comercio exterior, pero sin imitar a los países colonialistas. Su proyecto de Europa se ve confirmado en su racionalidad por los hechos.

Derrota militarmente a Austria y la coaliga contra Francia, amenazando a Napoleón III con 800.000 soldados. También vence a los franceses. Ambas potencias quedan neutralizadas. Quiere buenas relaciones con Rusia, acolchada tras Polonia, un rey alemán en Madrid y la restauración del Imperio Bizantino en Estambul, para controlar los Balcanes.

Con los ingleses siempre se puede pactar, ellos hacen política como buenos tenderos. Campesino cazurro, sus fobias son viscerales. No traga con los franceses, desprecia su «corrupción burocrática cubierta con la Constitución», sobre todo cuando se disimula con el manto imperial napoleónico.

Cuando se enfurece, dice: «Soy un demonio teutónico, no un demonio gálico». Pero es prusiano, no alemán. Quiere una Alemania prusificada y una Prusia que renuncie a su independencia con tal de extender sus alas, como un águila nobiliaria, sobre todos los alemanes, «esos perros que lamen la sangre», malvados croatas, campesinos de Bamberg y confesores jesuíticos.

Es monárquico y cree que el rey ha de tomar con sus manos la corona depositada en el trono del Señor. Quiere una Alemania unida que no vaya más allá de sus «fronteras naturales»: las que marcan la lengua y la religión protestante. No más allá, para evitar problemas de nacionalidades.

Su visión de la sociedad alemana, para resolver el problema de la unificación política, también parece racional. La unidad no vendrá sin la hegemonía y ésta será prusiana o no será. Sólo Prusia, con sus terratenientes, su ejército noble, su burocracia (incluida la universidad) puede ceñir la corona imperial en la cabeza del rey de Berlín.

Se enfrenta a los «reaccionarios rojos», los Junker que pretenden conservar inmóvil y aislada a Prusia.

Es un «político real» que huye de «El Dorado democrático». Alemania es un país de burguesía débil, que no ha hecho ninguna revolución y no puede sostener una democracia parlamentaria como Francia o Inglaterra.

La pequeña burguesía urbana no tiene nada en común con los campesinos, carece de ilustración para legislar y no imagina a Europa. Quedan «ellos» y la clase media urbana cultivada. Su antidemocratismo se vuelve atrabiliario, paralítico. Cree que la era de los partidos políticos ha terminado y que las elecciones son un juego de lotería.

La democracia es, para él, como la cerveza en lata: mucha cantidad, poca calidad, algo que vuelve estúpido, impotente y perezoso. En el fondo, Bismarck creía, con horror, que la revolución no ocurrida podía suceder en cualquier momento, mientras neutralizaba la inquina de la burguesía liberal católica con el miedo burgués a la revuelta obrera. En tanto, no vio que Alemania se convertía en un país avanzado en lo industrial y científico. Su providencialismo mesiánico también se iba anticuando. Su tozudez en sostenerlo anuncia los delirios hitlerianos.

Él creía que el hombre debía seguir la huella de Dios por el mundo y tratar de asir el divino manto. Por creer en Dios respetaba a los señores de la tierra, de otra manera no habría orden en el mundo, ni los diplomáticos ni los funcionarios civiles serían capaces de mantenerlo.

Todo está escrito por Dios y el dirigente tiene que saber el lugar que le corresponde en esa escritura. Bismarck había intuido que un trozo de la historia estaba providenciado para Alemania, un imperio amnésico de su antigua grandeza. Si conservó los privilegios nobiliarios prusianos hasta 1872, luego hizo una avanzada legislación social paternalista, resistida por la burguesía, que terminaron pagando los mismos obreros.

Conversó con el socialista Lassalle, mostrando que tenían enemigos comunes: los burgueses en expansión. Su fobia contra los partidos obreros no le bloqueó la aprobación de Marx: por fin, Bismarck había acabado con la dispersión semifeudal de los señoríos alemanes y fundado un tardío Estado moderno, que unificaba las clases dominantes y mejoraba, por ello, las posibilidades políticas del proletariado. Pero Alemania había llegado tarde al festival de la modernidad europea.

Tardía y henchida de fuerzas, era un polvorín en el centro de Europa, dispuesto a estallar en cualquier momento, cargado de potencias aniquiladoras y de alucinaciones redentoristas que se corporizaban, como el viejo Bismarck sabía, en unos «perros lamedores de sangre».

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.


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