
Siglo burgués e industrial, científico y portuario, el siglo XIX es, obviamente, un siglo urbano. La gran ciudad es la obra maestra de la sociabilidad decimonónica y la gran ciudad se impone como modelo de costumbres y de discursos, aunque, cuantitativamente, no llegue a ser el sector preponderante.
La gran ciudad concentra población, atrayendo las migraciones campesinas. El crecimiento rápido la convierte en un lugar de encuentro de desconocidos, gente desarraigada y advenediza. Toda gran ciudad es, fatalmente, internacional y cosmopolita. Aunque, hacia 1880, por ejemplo, Londres y París sólo suman un décimo de la población nacional, el ritmo de crecimiento va alterando esta relación.
En el siglo XIX, Petersburgo crece al triple, París y Londres al 3,4, ya Viena al 4,9 y Berlín, sobre todo en la segunda mitad del centenio, época de su despegue industrial, casi 9 veces. La gran ciudad se convierte en una barraca de gentes y de objetos.
La acumulación de capitales provoca una acumulación paralela de cosas, que se advierte en el aumento de las colecciones, en la inauguración de grandes almacenes, en la fundación de museos especializados y en esa peculiar manera de museificación que es la arquitectura revivalista, que imita estilos anacrónicos. El interior de las viviendas burguesas se transforma en una suerte de estuche, atiborrado de objetos y de muebles que sirven para conservar y exhibir más objetos.
La sociabilidad de la burguesía va creando nuevas instituciones urbanas. Ejemplos son las estaciones termales y los hoteles de modelo Palace (de origen suizo) y de modelo Rite (con restaurante y baño privado). En ellos se reúnen las clases altas a exhibir su poder y a negociar sobre inversiones y alianzas familiares.
La ópera, arte típico del siglo, aunque no originario de él, se transforma también en un arte plagado de citas, por la evocación que hace de épocas pasadas a través de los correspondientes tópicos.
La opereta, ópera al segundo grado, es el arte de citar la cita, la parodia. El teatro de ópera, con sus ceremonias suntuosas, ocupa el lugar de la catedral en la Baja Edad Media y del palacio cortesano en tiempos del absolutismo.
En torno a la burguesía productiva y especuladora se agrupa el colectivo de los artistas, encargado de organizar el excedente social, el derroche. Es la versión áurea del marginado y el sacerdote del despilfarro, que el artista convierte en religión a través del esteticismo, una mística paralela a la liturgia de la alta burguesía.
A todo ello se añade el traslado del juego al aire libre y el deporte al ámbito urbano, pasándose de la cacería y la cabalgata tradicionales al fútbol de los colegios aristocráticos, al golf y al cricket. Por contra, la demanda de mano de obra barata y cuantiosa apiña en las periferias a las poblaciones obreras que viven en habitáculos estrechos, sucios y promiscuos.
Los docks portuarios y los parques dan cobijo, de noche, a una población vagabunda y carente de vivienda. En las calles y las plazas habita otro colectivo característico de la gran ciudad: el de las prostitutas. Hay, por lo mismo, unas formas de vida pública y a la intemperie que se contrastan con las que ejercen la nobleza y la burguesía, dotadas de una cerrada privacidad.
La vida en el capitalismo se va profanizando progresivamente y, al tiempo, decaen las costumbres religiosas.
Desciende el número de vocaciones aunque la burguesía manda elevar iglesias enormes y suntuosas, para celebrar en ellas una parte de su propia liturgia de clase. Ello provoca cierta retracción de la Iglesia hacia posiciones antimodernas y de cotte político absolutista e integrista.
Se vuelve cada vez más romana y «católica», es decir que se considera un universo en sí misma. Desconfía de los nacionalismos, a la vista de que los Estados modernos son cada vez más laicos y liberales. Concentración y pauperismo condicionan una fuerte organización de la clase obrera.
Las principales tendencias son la anarcosindicalista o federalista, identificada con la Primera Internacional; la marxista o socialdemocrática, identificada con la Segunda (1889, Engels); los reformistas de Ferdinand Lassalle y los obreros católicos (Acción Católica de la juventud, Francia, 1886).
Aunque dura y miserable, la existencia obrera va mejorando sus condiciones materiales. El promedio general de vida aumenta, por ejemplo, en Francia, durante el siglo XIX, de 35 a 45 años. A ello contribuyen la desaparición, como epidemias, del cólera y el tifus, y la extinción de las grandes guerras continentales. Mientras disminuyen la tisis y las venéreas, crece el consumo de alcohol, junto con el número de asilados y suicidas.
El índice de criminalidad también baja y aparecen medios de reformismo penal, sobre todo en cuanto a la abolición o no aplicación de la pena de muerte. Es la época de auge del positivismo criminológico, que ve en el delincuente a un degenerado, un enfermo o un loco.
La gran ciudad va creando medicinas para los males que ella misma engendra. El proceso de universalización provoca cierta crisis en el dominante nacionalismo de los Estados europeos.
Empiezan a circular proyectos de unidad continental, desde los primitivos de Saint-Simón y Augustin Thierry (1814) que proponen un solo cuerpo político continental, aunque con respeto hacia las nacionalidades. Constantin Pecqueur, en 1844, proyecta la «República de Dios», y Víctor Hugo, en 1848, en pleno sarampión democrático, los Estados Unidos de Europa, de corte federativo. Otras iniciativas políticas también atacan al Estado nacional burgués, desde las posiciones anarquistas que persiguen su extinción, hasta Blanqui que pide la supresión del ejército y su reemplazo por milicias populares, y Ptoudhon que aboga por un federalismo general.
Los Congresos de la Paz dicen querer la eliminación de las guerras y Bakunin propone la huelga general contra ellas. Marx y Engels creen en el poder catártico de la guerra para acabar con el capitalismo y la misma guerra.
Tras la Comuna, sus opiniones se atemperan notablemente. Pero la guerra y la nación persisten como costumbres de la sociedad burguesa y permean el movimiento obrero. Los sindicatos austríacos se oponen al desmembramiento del Imperio y los ingleses celebran la expansión colonial que les permite mejorar su nivel de vida. Los alemanes temen a los rusos y los franceses, a los alemanes.
Hay pocos intemacionalistas íntegros: Jean Jaurés, que morirá asesinado en vísperas de la guerra mundial, los intelectuales errabundos, los judíos políglotas de izquierda.
Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.































































































