
Las más antiguas noticias sobre el enclave que llamamos Cuenca datan de un tiempo envuelto en la leyenda. De hecho, las opiniones no coinciden a la hora de dar nombre a la población que reposa bajo sus actuales cimientos.
Al menos en el ámbito académico —cosa distinta es el fantaseo novelesco—, no acaba de hallarse el nombre definitivo de tal dominio, y mientras hay quien confirma que los iberos fundaron sobre este suelo la población de Kar, también salen a la palestra los profesores que subrayan muy distintas circunstancias: unos optan por el rótulo ibero de Anitorgis —también propio de Alcañiz—, otros prefieren usar el de Concava y aun el de Sucro. Reforzando una fórmula mitológica, Juan Pablo Mártir Rizo escribió que la ciudad fue «edificada el tercer año de la Sexta Olimpiada a veintiuno de abril, poco antes de las tres horas después del mediodía, estando Saturno, Marte y Venus en Escorpión, Júpiter en Piscis, el Sol en Tauro, la Luna en Libra» (Todo Cuenca y su provincia, Escudo de Oro, Madrid, 1992, p. 2).
En fin, son cosas del Zodíaco y de don Juan Pablo, quien no en vano fue un sabio capaz de transformar cualquier legajo documental en argumento épico.
El asunto tiene, con todo, su misterio, sobre todo por la entraña social e histórica que implica el establecimiento de tales antecedentes.
Naturalmente, al margen de fijar un nombre y un horóscopo para la vieja entidad urbana, conviene poblar de actores su escenografía. De entre ellos, los más bravíos y propensos a la leyenda fueron, sin duda, los lusones. Extraordinarios jinetes y buenos cazadores, estos lusones recuerdan a los tártaros que describió Marco Polo: a lomos de sus corceles, toda su educación moral era filtrada por los ardores de la contienda tribal. Podemos imaginarlos persiguiendo a lobos y jabalíes, blandiendo azagayas cual si fueran lanceros de la Edad del Bronce.
No eran muy distintos de aquellos lusones otros viejos habitantes de la zona, los lobetanos, quienes luego perdieron su identidad al ingresar, con armas y costumbres, en la gran familia de los celtíberos de la Citerior.
Dicha etnia prerromana sólo dispone de una referencia literaria: Ptolomeo, el cual define las fronteras lobetanas al sudeste de las correspondientes a los celtíberos, y limítrofes con las que defendían los jinetes bastetanos.
De todas formas, la topografía admite rectificaciones: al fin y al cabo, aunque se cree que difundieron sus poblados por el sur de Cuenca, también hay trazas de los lobetanos al norte de Albacete e incluso en la turolense Sierra de Albarracín. De sus costumbres poco se sabe, aunque podemos imaginarlos guerreando o participando en ceremonias mágicas. A buen seguro, fueron testigos de ese ciclo de violencia y ensalmos los cartagineses, y más aún los legionarios romanos que, ya en fecha posterior, se asomaron a nuestro territorio.
Aunque de todo ello sólo nos quedan intuiciones y recordatorios arqueológicos, este encuentro entre paladines locales y foráneos no debió de ser tranquilo y tampoco acorde a las reglas del protocolo.
Con todo, aun sin obviar su faceta coercitiva, se ve que la romanización cumplió sus plazos, logrando que Cuenca —o por mejor decir, su celtibérico antecedente— adquiriera el ritmo de la cultura latina. Atento a los yacimientos romanos que certifican este pasado, Pedro José Cuevas recuerda que, dentro de la geografía provincial, hallamos ciudades de la época como Segóbriga, Ercávica, Valeria, Egelasta (Iniesta), Urcesa (Uclés) y Opta (Huete). «En los alrededores de Segóbriga —escribe— eran cuantiosas las minas de piedra especular, yeso transparente que se ponía a modo de cristal en las ventanas. Se cultivaban el trigo y la cebada y abundaba el ganado caballar, bovino y lanar» (Cuenca, Editorial Alfonsípolis, Cuenca, 1999, p. 34).
¿Y qué decir de la formación de la ciudad? «No hay datos —escribe M.ª Ángeles Monedero Bermejo— que permitan asegurar una gran antigüedad a Cuenca. Los restos arqueológicos citados por autores del siglo XIX, correspondientes a las épocas ibérica y romana, hallados en las proximidades de la ciudad, no permiten suponer sino una pequeña aldea en la edad Antigua» («Cuenca gótica», en Aurea de la Morena, ed., La España gótica. Castilla-La Mancha: Cuenca, Ciudad Real y Albacete, Madrid, Ediciones Encuentro, Junta de Comunidades de Castilla La Mancha, 1997, p. 95).
En todo caso, hablamos de una tierra de aluvión, enriquecida por sucesivas identidades culturales y antropológicas.
Cuenca adquirió una de sus formas peculiares bajo el dominio islámico. Así, los bereberes usaron para Ercávica, y por extensión para la provincia, el nombre de Santabariya o Santavería. En el ámbito constructivo, no hay demasiados rastros de aquella Cuenca musulmana. Aún más: «los restos conservados en el cinturón defensivo septentrional —aparejo de piedras verticales con pseudo tizones— más que valor artístico lo tienen arqueológico y sentimental» (Pedro Miguel Ibáñez Martínez, «Reflexiones sobre el centro histórico de Cuenca», en Manuel Rodríguez Viqueira, coord., Las ciudades del encuentro, Universidad de Castilla-La Mancha, Universidad Autónoma Metropolitana, México D. F., 1992, p.102).
En este plazo de la historia, se inserta en nuestra narración un detalle artesanal. La razón es fácilmente explicable: entre las mercaderías conquenses que se distribuyeron por toda Al Ándalus destacan las labores de tejido, en particular las alfombras. También adquirieron fama los artesanos locales en el arte de la eboraria: esto es, en el tallado del marfil.
Además de mostrar su eficacia al dar forma a los colmillos de elefante, los talleres eborarios de la comarca —singularmente el de Ben Zeiyán en el siglo XI— se significaron por un genio estético fuera de lo habitual, que podemos situar como antecedente del futuro apogeo de la provincia en los asuntos del arte. En todo caso, una vez desaparecidos los talleres de Madinat al-Zahra, a comienzos de la centuria citada, «unos artesanos del marfil —escribe Federico Muelas—, gentes silenciosas por hábito de oficio, se instalaron en el barrio del Alcázar conquense para mejor apurar las luces del día en aquella cima de la ciudad». De esos talleres, habitados por genios del cincel, «salieron primorosas arquetas que se le fueron a Cuenca de entre los dedos pródigos o torpes» (Cuenca. Tierra de sorpresas y encantamientos, León, Editorial Everest, 1977, p. 79).
«En el siglo XII —escribe Monedero— estaba ya definida la estructura urbana de Cuenca» («Cuenca gótica», op. cit., p. 95).
Por cierto, en este punto crucial conviene una precisión etimológica, y es que, poco más o menos, el origen de la palabra que nombra al municipio es el siguiente: para aprovechar la disposición estratégica de las hoces, un farallón rocoso entre el Júcar y el Huécar, los ingenieros musulmanes diseñaron un castillo al que llamaron de Conca (Al-Madina Kunka).
Luego, de acuerdo con el típico proceso expansivo de las poblaciones medievales, esta fortaleza, sustituida por otra en el siglo X, guareció a un número creciente de habitantes, y gracias a este impulso, la ciudad adquirió rango de tal, llegando a disponer de alcázar, plaza mayor y mezquita. Con sobrado motivo, los cronistas musulmanes «la citan en 784 como último refugio de Abul Aswad el ciego, a quien Abderramán I había condenado a cautividad perpetua y logrando burlar la vigilancia de los carceleros, fingiéndose ciego, había huido».
El tal Aswad era hijo del emir de Córdoba, Yusuf el Fehrí, «destronado a la llegada de Abderramán, y sacrificado como toda su familia por la ambición de este jefe de la dinastía de los Omeyas» (Cuevas, op. cit., p. 40).
No obstante, aunque el esplendor de los Omeyas favoreció a la urbe con una pujante productividad agraria y artesanal, la desaparición del Califato en 1031 y los vaivenes de la Reconquista —como ahora veremos— impidieron que la antigua Cuenca fuera una plaza definitivamente pacífica. De donde se infiere que la idea que preside esta larga lucha tenía relación con el área más sensible de los pueblos: la identidad.
En lo sucesivo, las aguas del Júcar se tiñeron con la sangre de caballeros cristianos, almorávides y almohades. Con el ruido de las espadas y de los alfanjes, también cambió el color de los estandartes y gallardetes que ondeaban en las torres de Cuenca, transformada de este modo en la metonimia de un choque cultural más amplio, que afectó a toda la Península y sirvió para orientar el rumbo de su historia.
Un personaje esencial en este drama fue Alfonso VIII, rey de Castilla desde 1155 hasta 1214. Como heredero de Sancho III, el Deseado, fue proclamado en 1170, en las Cortes que con tal propósito fueron convocadas en Burgos. Tras consolidar la alianza entre Castilla y el reino de Aragón, gobernado por Alfonso II, el monarca castellano participó en varias luchas que afectaron a los más importantes reinos cristianos.
Por supuesto, esta pugna —desgraciada aunque circunstancial— importó menos a Alfonso VIII que la lucha contra los caudillos árabes. Dicha tenacidad tuvo uno de sus principales jalones durante los nueve meses que duró su sitio a nuestra ciudad. Según consta en la historia, «Al-Madina Kunka resiste el duro asedio, [y] sus moradores reclaman ayuda a sus correligionarios africanos, en la persona del califa almohade Abu Abd Allah Muhammad ben Yusuf», a quien los cristianos llamaban Miramamolín.
Pese a sufrir en propia piel los efectos de una epidemia en Marraquech, éste y otros líderes «ordenan que hagan los cordobeses y sevillanos razzias por Toledo y Talavera, con la intención de que esto hiciese levantar el cerco de Cuenca, lo que no consiguen» (Cuevas, op. cit., pp. 50-51).
Finalmente, Alfonso VIII y sus capitanes lograron que cediesen las fuerzas de los defensores, y el 21 de septiembre de 1177, el Rey cruzó los muros de esta localidad.
No fueron ajenos al triunfo los caballeros de Santiago, Calatrava y el Temple que pusieron su valentía al servicio de esta conquista. Como es de rigor en estos casos, a la victoria se le buscaron razones sobrenaturales. Aún se narra la leyenda del pastor Martín Alhaya, según la cual, el citado personaje consiguió que los asaltantes cristianos, camuflados con pieles de carnero, cruzaran la puerta de Aljaraz, hoy llamada Puerta de San Juan. El griterío de la matanza sirvió de aviso al resto de las fuerzas de Alfonso VIII y de Alfonso II de Aragón, y esta vía de acceso, abierta de forma tan oportuna, permitió que los espadachines castellano-leoneses y aragoneses dieran cuenta de los guerreros musulmanes que aún defendían sus posiciones con arrojo.
«El rey don Alfonso entró a caballo, trayendo en el lado del arzón una imagen de la Virgen que llevaba siempre junto a él, cogida con una banda blanca. Y entró por un portillo que abrió en la muralla, en el camino de Valencia» (Ídem, p. 51).
Téngase en cuenta que otra leyenda sitúa al rey ante Nuestra Señora, quien se le apareció en el cerro de la Majestad para anunciarle tan victoriosa hazaña.
Con menor interés por las tradiciones de este jaez, Juan Contreras y López de Ayala, marqués de Lozoya, también describe esa reunión frente a Cuenca de los caballeros castellanos con los hombres de Fernando II de León y con aquellos guerreros que mandaba Alfonso II.
«Con esta colaboración militar —escribe—, los vínculos entre el aragonés y el castellano se hicieron más estrechos. En el mes de agosto [de 1177] se concertó una nueva alianza entre ambos soberanos, y en ella se resolvió jurídicamente la situación de hecho planteada en la península a la muerte del emperador». Por medio de este acuerdo, Alfonso VIII «dispensaba a Alfonso II de la dependencia feudal que le ligaba al castellano en virtud del homenaje prestado por Ramiro II y por Ramón Berenguer IV» (Historia de España, tomo III, Barcelona, Salvat Editores, 1979, p. 474).
Con el afecto de Alfonso VIII y gracias a la industriosa población, la pujanza urbana se convirtió en una interpretación cabal de los hechos de Cuenca.
Signos de este avance fueron la constitución del Concejo —compuesto de un juez y doce alcaldes— y de la Sede Episcopal —en 1182 fue elegido para ocupar en primer lugar esa plaza de obispo el toledano Juan Yáñez—. A modo de protocolo jurídico para cumplir estos objetivos de prosperidad, los miembros del Concejo se sirvieron del llamado Fuero de Cuenca (1190), cuya idoneidad aún es alabada por los historiadores. Sus cuarenta y cuatro capítulos compilan novecientas cincuenta leyes que abarcan distintas esferas de la vida civil y también aspectos específicamente penales.
Dando una idea de la filosofía que lo impregna, el Fuero comienza con las siguientes palabras: «En primer lugar doy y concedo a todos los habitantes de Cuenca a sus sucesores, Cuenca con todo su término, es decir, con sus montes, fuentes, pastos, ríos, salinas y minas de plata, hierro o de cualquier otro metal» (Cuevas, op. cit., p. 61).
Este privilegio, sumado a otras especificaciones forales, otorgaba a la ciudad un inigualable grado de protección por parte de la Corona. Por otra parte, el monarca solicitó la fundación del obispado de Cuenca. El primero de sus prelados, el citado Juan Yáñez, «antes arcediano de Calatrava y canónigo de Toledo, figura ya como obispo, electo unas veces, proelecto otras, desde 1178» (Monedero, op. cit., p. 96).
En virtud de este impulso, la trama urbana también experimentó serios cambios. El repoblamiento se organizó por barrios. Nuevas iglesias sirvieron para guiar el fervor de los cristianos, en tanto que los musulmanes pasaron a habitar un área específica, el barrio de Mangana.
Por su parte, los conquenses de creencia judía distribuyeron sus viviendas y locales en la calle de Zapaterías. A esta ordenación espacial de las distintas comunidades se suma el carácter gremial que contribuyó a configurar la actividad profesional de cada una de ellas. A partir de la famosa crónica de Mártir Rizo, Mateo López dice que, «atendiendo el rey don Alfonso a lo mucho que importaba Cuenca para la seguridad de estos reinos, hizo venir a poblarla muchos vasallos cristianos de Extremadura, asintiendo a esto el Concejo de Ávila, cuyos caudillos eran Nuño Rabia y Nuño Dávila, que después se hallaron en la conquista de Alarcón» (Memorias históricas de Cuenca y su obispado, recogidas y ordenadas por el autor en 1787, volumen I, edición de Ángel González Palencia, Biblioteca Conquense, tomo V, Instituto Jerónimo Zurita del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Ayuntamiento de Cuenca, 1949, p. 58).
Acá viene al caso una nota bibliográfica, pues debemos a Miguel Lasso de la Vega, marqués del Saltillo, una buena recopilación documental que nos sirve para reconstruir el Medievo conquense a través de una estirpe y un señorío concretos: los que abarca el Condado de Valverde (El Señorío de Valverde, Biblioteca Conquense, tomo II, Instituto Jerónimo Zurita del CSIC, Ayuntamiento de Cuenca, 1945).
Por poner un caso, en dicho volumen hallamos la confirmación que Alfonso X el Sabio hizo en Murcia, el 25 de abril de 1271, de la donación que el Concejo de Moya hizo a Gonzalo Sánchez, Sancho Ramírez y consortes, del Prado de la Madera y Vallonguiello, con sus montes y pertenencias (ídem, p. 7).
Pliegos como éste, por otro lado, expresan la riqueza del territorio y el modo en que éste quedó organizado para beneficio de la aristocracia local. Ésta fue sin duda poderosa, y contó entre sus familias a los Albornoces, descendientes de los reyes de León.
Entre sus integrantes destacados figuró Sancho de Jaraba, regidor de Cuenca nombrado por el rey Juan II en 1422. Emparentó asimismo con los Albornoz don Álvaro de Luna, nacido en Huete y digno de dos altas distinciones: condestable de Castilla y Maestre de Santiago. Situando en otra rama la genealogía del personaje, el periodista y escritor César González-Ruano cita entre los hijos ilustres de los Hurtado de Mendoza a don Álvaro, «el famoso bastardo, privado de don Juan II que tuvo tan trágico final, y a su hermano uterino, Juan de Cereceda, que por influencia del privado (...) fue nombrado en 1434 arzobispo» (Guía de Cuenca y principales itinerarios de su provincia, Barcelona, Planeta, 1956, p. 93).
Francisco Gómez de Travecedo completa este perfil señalando que, con la privanza del señor de Cañete, Álvaro de Luna, «comenzó la hegemonía de Cuenca en los destinos de España, y una serie de familias», entre las que cita a los Hurtado de Mendoza, los Gil de Albornoz, los Ojedas, los Cabrera, los Barrientos y los Cañizares, «se encargarán de continuar en las armas, en la política, en los mares y en la dignidad episcopal la acusada huella de la influencia conquense» (Cuenca, Madrid, Publicaciones Españolas, 1959, p. 8).
El siglo XIV fue para los castellanos un periodo de incertidumbre y de refriegas. El conde don Enrique se proclamó rey de Castilla en Calahorra el 16 de marzo de 1366, y en adelante, el regio personaje «fue tomando posesión de la atormentada Castilla, como en un paseo triunfal. Sin lucha se rindió Toledo», y a esta ciudad acudieron a prestar homenaje al nuevo monarca «los procuradores de Ávila, de Segovia, de Talavera, de Madrid, de Cuenca y de las principales ciudades de Castilla, que sin duda veían en el nuevo reinado una liberación» (Marqués de Lozoya, op. cit., tomo III, p. 666).
De otro lado, la caída de Pedro el Cruel, quien había sido un gran protector de los judíos, propició una creciente animosidad antisemita, expresada en el asalto y saqueo de las juderías. En 1391, las prédicas del arcediano de Écija, el funesto Ferrán Martínez, tuvieron por consecuencia una sangrienta rapiña en la aljama de Sevilla. Al poco, se extendieron «los incendios y matanzas a las aljamas de Alcalá de Guadaira, Carmona, Écija, Santa Olalla, Cazalla, Fregenal, Córdoba, Montoro, Andújar, Úbeda, Baeza y Jaén, y aun penetrando en Castilla el funesto morbo, a las de Toledo, Cuenca, Huete y Villa Real (Ciudad Real)» (Marqués de Lozoya, op. cit., tomo IV, p. 736).
En el terreno material, y como en tiempos pasados, la producción textil y ganadera, combinada con eficacia en las industrias derivadas de la lana, brindaron a Cuenca un esplendor que dejó su impronta en la ciudad. En contraste, las luchas entre bandos nobiliarios dificultaron la estabilización del régimen de corregidores, el cual no alcanzó cierto equilibrio hasta 1422.
Advirtiendo hasta qué grado habían llegado los roces entre los nobles y el rey castellano, Alfonso V de Aragón y Juan I de Navarra sitiaron la ciudad en 1429. No obstante, la presencia de ánimo de Diego Hurtado de Mendoza malogró el cerco. Posteriormente, dicho personaje cambió de bandería en este juego de intereses (Cuevas, op. cit., p. 131).
El 12 de noviembre de 1465, Enrique IV, dictó un privilegio real que otorgaba a Cuenca los títulos de Muy noble y Muy leal ciudad. La fortuna continuó favoreciendo a los lugareños a lo largo del siglo XVI. Buena parte de los quince mil habitantes se beneficiaba de la próspera industria lanera. Por desgracia, el factor de riqueza que supuso la pañería tuvo un efecto adverso durante el siglo XVII, cuando ascendieron los precios de la lana.
La crisis, entre otras consecuencias, implicó un importante menoscabo demográfico. A tal extremo llegó esta decadencia, que al filo del siglo XVIII habitaban la villa alrededor de 1600 almas. Una cifra bien escasa, sobre todo cuando aún figuraba en las crónicas una fortuna tan prolongada para los conquenses. De otra parte, la variedad cultural y religiosa también fue en retroceso.
«La población morisca —escribe Mercedes García-Arenal— no sólo no aumenta, sino que disminuye sensiblemente durante toda la segunda mitad del siglo XVI, principalmente a causa de la emigración». No obstante, dicha minoría supo afrontar mejor que la mayoría cristiana las penalidades económicas. Y acá es donde la estudiosa inserta una lección de alcances universales: «La laboriosidad y la sobriedad de los moriscos despiertan el rencor de un pueblo que experimenta la incontenible desvalorización del trabajo y la correspondiente extensión de la miseria: [los cristianos] hacen culpables a los moriscos, y en especial los granadinos, de contribuir a esa desvalorización del trabajo y de ser capaces de vivir en unas condiciones para ellos inaceptables» (Inquisición y moriscos. Los procesos del Tribunal de Cuenca, Madrid, Siglo XXI, 1978, p. 13-15).
Varios aventajados conquenses participaron en la conquista y gobierno de las Indias. «Ya en su segundo viaje —escribe Federico Muelas—, Cristóbal Colón lleva con él a Alonso de Ojeda, descubridor de Venezuela, que dejó perenne memoria por su arrojo» (Cuenca. Tierra de sorpresas y encantamientos, León, Editorial Everest, 1977, p. 100).
Otros aventureros que llegaron a América desde Cuenca fueron Pedro de Pantoja, Pedro de Cañamares, Diego Caravallos, Juan de Beteta y Pedro López de Fuentes. Entre estos primeros indianos, destacó por méritos y fortuna Andrés Hurtado de Mendoza. En el perfil biográfico escrito por Mateo López a fines del siglo XVIII, leemos que este personaje «fue el segundo marqués de Cañete, guarda mayor de la ciudad de Cuenca, montero mayor del rey; sirvió al emperador don Carlos V en las jornadas de Alemania, Flandes, Túnez y Argel, y después [fue] virrey y capitán general del Perú, donde murió el año de 1570» (Memorias históricas de Cuenca y su obispado, recogidas y ordenadas por el autor en 1787, volumen II, edición de Ángel González Palencia, Biblioteca Conquense, tomo VI, Instituto Jerónimo Zurita del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Ayuntamiento de Cuenca, 1953, p. 235).
Cuando el 16 de noviembre de 1700, Felipe, hijo de Luis, el Gran Delfín —y por tanto, nieto de Luis XIV de Francia y de María Teresa de Austria, hermana de Carlos II de España— aceptó convertirse en depositario y representante de la Corona española, tuvo que renunciar a sus derechos al trono francés, cumpliendo de ese modo una cláusula dispuesta por Felipe IV. Por desgracia, este acceso de una nueva dinastía a nuestro país no fue un asunto liviano.
En todo caso, la consiguiente Guerra de Sucesión también afectó a Cuenca, cuyos responsables defendieron la causa borbónica. Esta decisión tuvo su contrapartida honorable cuando Felipe V otorgó a la ciudad los títulos de Fidelísima y Heroica, que se sumaron en el rótulo urbano a los ya citados de Muy Noble y Muy Leal.
Con todo, los padecimientos habían sido graves, tal y como lo refleja César González-Ruano: «De nuevo vuelven a ensangrentarse estas tierras en la guerra de Sucesión —escribe—, durante la cual sufrió la ciudad dos penosos sitios con sus consiguientes bombardeos, ocupándola, finalmente, por algún tiempo las tropas mercenarias del general inglés Hugo de Wildhand, que arrasó los alrededores incendiando, como posibles puntos de infiltración militar, las antiguas ermitas» (Guía de Cuenca y principales itinerarios de su provincia, fotografías de Francisco Catalá Roca, Barcelona, Planeta, 1956, p. 18).
Pese a que antaño hubo acá un ramo de comercio cuantioso, los nuevos tiempos no favorecieron a las nuevas iniciativas mercantiles que idearon los lugareños. En un tiempo ilustrado, ni siquiera proyectos tan estudiados como la Compañía de General de Comercio (1763) prosperaron debidamente.
Sin duda, se deja creer que el propio monarca estuvo titubeando sobre confiar o no en la industria local de paños. El caso es que, al final, Carlos IV se hizo acreedor a las antipatías de la posteridad, pues decidió cerrar los talleres conquenses con el propósito de avivar la producción textil de la Real Fábrica de Tapices. El desaire conecta con el dolor de los siguientes años, pues la ciudad sufrió como pocas los desastres de la guerra.
Por diversos motivos, aunque con parecido efecto material, la Guerra de la Independencia, las guerras carlistas y la Guerra Civil sumaron en Cuenca las afrentas, el pillaje y el desenfreno bárbaro. La relación de atrocidades incluye los incendios, los robos y otros desmanes que hoy nos impiden disfrutar de una parte importante del patrimonio artístico. Una fecha señalada en este sentido es el 15 de julio de 1874. Fue entonces cuando las fuerzas carlistas, siguiendo las órdenes de don Alfonso de Borbón y de su esposa, María de las Nieves de Braganza, entraron en Cuenca con una sola consigna: devastarla a sangre y fuego.
«Desde hacía tiempo, el infante, que era el jefe de las tropas carlistas de Levante y Centro, ponía en práctica unos métodos de conquista medievales, las correrías rápidas, que le daban buenos resultados» (Marqués de Lozoya, op. cit., tomo XI, p. 2443).
El episodio, bien conocido, también ha dado lugar a explicaciones literarias. «Desde aquel momento —escribe Benito Pérez Galdós— cambió con súbito giro el panorama histórico, trocándose el honrado choque de las armas rivales en feroz desbordamiento de los vencedores, que hollaron con cínica barbarie las leyes de la guerra y los elementales principios de humanidad» (De Cartago a Sagunto, en Episodios nacionales, tomo V, Madrid, Aguilar, 1990, p. 531). Para infortunio de los lugareños, ya había seguido igual senda la soldadesca francesa en 1808; y aún volvería a recorrerla más de un compatriota que liberó sus instintos durante nuestra contienda civil.
En contraste con ese raudal de estragos, y una vez sosegada la inquietud que éstos produjeron, el 16 de agosto de 1982 se puso en funcionamiento la Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha.
Paso a paso, la certidumbre política e institucional dio campo al progreso, y de esta suerte, Cuenca destacó en la democracia hasta convertirse en una urbe crecida, populosa y llena de incentivos. Pero la condición preponderante de esta capital —el respeto a su fabuloso legado artístico— quedó mejor expresada cuando declararon a su casco antiguo Patrimonio de la Humanidad. Es curioso, pero mediante un argumento tan cosmopolita se comprende mejor —y también se explica de manera más concisa— por qué la puntual observancia de los principios urbanísticos le redunda a Cuenca en tan unánime admiración.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.































































































