
Fue en diciembre de 1523 cuando Pedro de Alvarado llegó de México, al frente de su ejército, con el propósito de conquistar Guatemala. Como había sucedido en otros lugares, la rivalidad entre distintas comunidades locales resultó extremadamente útil a la hora de dominar el territorio. Culminando la aventura, lo que cabría llamar primera capital guatemalteca fue fundada sobre el radio de Iximché, a la sazón capital del dominio cakchiquel.
El emplazamiento, demasiado provisional como para recibir el nombre de pueblo, fue establecido el 25 de julio de 1524, y bajo la advocación del santo del día, recibió el sonoro nombre de Santiago de los Caballeros, evocativo de una cruzada guerrera, propia de la nobleza cristiana.
No hay duda de que esta transposición del ideal caballeresco a la crónica de Indias halla su más justo reflejo en Bernal Díaz del Castillo, soldado e historiador, casado en Antigua con Teresa Becerra y fallecido en Guatemala el 3 de febrero de 1584.
En su poderoso y violento avance, las tropas españolas exploraron la región cakchiquel, a la búsqueda de un espacio mejor donde localizar ese poblado principal, que habría de ser núcleo de una ulterior expansión.
Para decepción de todos ellos, no hallaron riquezas mineras y tampoco fueron esperanzadores los primeros contactos con la población, que pronto hostigó a los recién llegados.
Finalmente, al ganarse con su trato no poca desconfianza de los naturales del país, los hombres de Alvarado tuvieron que enfrentarse a una hostilidad que se prolongó, básicamente, hasta noviembre de 1526, aunque los años de la rebelión cakchiquel transcurren entre 1524 y 1530.
En apariencia, el conquistador había fundado Santiago en Iximché «para estar cerca de sus aliados de ese entonces los cakchiqueles, pero (...) las presiones constantes de los españoles condujeron a la evacuación de Iximché y los aliados muy pronto se convirtieron en enemigos» (Christopher H. Lutz, Historia sociodemográfica de Santiago de Guatemala, traducción de Jeannie Colburn, Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica, Guatemala, 1984, p. 38).
Al fin, tras el tanteo de varias posibilidades para el asentamiento (entre ellas, Olintepeque y Comalapa), optaron los españoles por trasladarse a un viejo puesto cakchiquel, en Almolonga. En virtud de esa mudanza de tropas y pertrechos, Santiago de Guatemala pasó a reubicarse en las faldas del Hunahpú o Volcán del Agua el 22 de noviembre de 1527, día de Santa Cecilia.
Cumpliendo con los lazos de sangre, el encargado de administrar su funcionamiento, Jorge de Alvarado, era hermano y lugarteniente del jefe de los expedicionarios, quien, gracias a esta delegación de poder, pudo al fin concentrarse en la expansión territorial del nuevo poblamiento, procurando en sus avances pacificar el territorio.
Acompañando a los hombres armados, llegaron al valle varios religiosos encargados de evangelizar a los mayas. Muy probablemente llegaran con Alvarado los dominicos Juan Godínez y Juan Díaz.
Para consolidar la empresa eclesial, se fundó una diócesis en 1534, y el primer obispo en Guatemala pasó a ser Francisco Marroquín, que a su vez atrajo a tierras guatemaltecas a otros cuatro dominicos, Rodrigo de Ladrada, Pedro de Angulo, Luis Cáncer y Bartolomé de las Casas, todos ellos de suma importancia en las tareas misioneras y copartícipes en la fundación de un convento dominico en Almolonga.
Bajo la cruz y la espada, fue tomando forma una nueva sociedad civil en la segunda Santiago.
Los indígenas que laboraban en sus milpas fueron, poco a poco, reunidos en lo que dio en llamarse «pueblos de indios», cristianizando de ese modo el entorno de la capital. En cuanto a los límites del partido, seguimos lo dicho por Francis Gall, presidente de la Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala:
«Hacia el sur, una línea trazada sobre el lindero más bajo de la milpa Pompeya, hasta un punto sobre el río Guacalate; hacia el norte, el establecimiento llegaba desde la línea Guacalate-Almolonga-Pensativo, hasta un punto bajo Pompeya; hacia el oeste, la avenida del volcán que atraviesa la presente población hacia el Guacalate; y, hacia el este, una línea trazada entre el extremo este de la milpa Pompeya y el río Pensativo. El centro —con la plaza, catedral, Casa Real, etcétera— estaba en el área de la actual Iglesia de San Miguel Escolar, llegando hasta la falda del volcán hacia el sur; por el oeste aproximadamente hasta la principal avenida del volcán y, hacia el norte, la línea de la actual carretera» (José Joaquín Pardo, Pedro Zamora Castellanos y Luis Luján Muñoz, Guía de la Antigua Guatemala, Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala, 1969, p. 17).
En 1538 un pavoroso incendio causó gran dolor entre los pobladores. No fue la única desgracia. El 29 de agosto de 1541, llegaba al ayuntamiento de la capital de la Colonia una carta del virrey de Nueva España, don Antonio de Mendoza. En ella se informaba del fallecimiento del adelantado don Pedro de Alvarado.
Tras el fallecimiento de éste, su doliente viuda, Beatriz de la Cueva, pidió ser nombrada Gobernadora de Guatemala, y su deseo se cumplió el 9 de septiembre de 1541. Justo es mencionar que todo el asunto se desenvolvió con impulso melodramático, y no en germen, sino bien desarrollado ya, como si el libreto fuera del género trágico.
Todo empezó durante la madrugada del 11 de septiembre de 1541, con una tormenta que cobró solidez con el barro del Volcán de Agua. Furioso e imparable, el flujo de lodo destruyó Santiago, mató a muchos vecinos y ahogó a su infeliz gobernante. Al bajar el telón, del sueño de Alvarado sólo quedaban escombros y guijarros, realizado así por vez primera ese ideal destructivo que habría de marcar el carácter antigüeño.
Manuel José Arce y Valladares, en su Romance de la Fondación de la Cibtat de Santyago de los Caballeros de Goathemala, había descrito con detalle legendario los orígenes de la capital:
“Ya la tierra conquistada
punto a punto e palmo a palmo,
ve a los soldados de fierro
gran júbilo demostrando,
en la falda de Hunapuh,
baxo el pendón castellano” (La Antigua Guatemala en la poesía. Antología, CCCLA, 2000, p. 18).
Por desgracia, según ha quedado dicho, la realidad desmintió esas glorias y dio la victoria a las fuerzas de la naturaleza. Para ubicar la nueva capital, aún llamada Santiago de Guatemala, los supervivientes escogieron el Valle de Panchoy.
En la Historia General de las Indias Occidentales y Particular de la Gobernación de Chiapa y Guatemala, impresa en Madrid en 1618, Antonio de Remesal especifica el plan urbanístico que marcó el porvenir de los colonizadores:
«Volviendo a la traza nueva de la ciudad, primero edificaron la plaza y las cuadras que están cerca de ella y luego se extendieron más a todas partes, como parece por el asiento de muchos cabildos, en que pidiendo los vecinos solares, se les respondía (...). En esta segunda traza se repartieron los solares conforme a la calidad de los vecinos. Y en el cabildo que se tuvo a diez y ocho de noviembre de mil quinientos cuarenta y uno, dice el Secretario: Este día, los dichos señores proveyeron y mandaron que todas las personas que tuvieran solares por cercar, los cerquen de aquí al día de San Juan de junio primero de mil y quinientos y cuarenta y dos de tapia o adobe» (David L. Jickling, ed., La ciudad de Santiago de Guatemala por sus cronistas y viajeros, Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica, 1987, p. 9).
El primer cabildo de Santiago de Guatemala en el Valle de Panchoy se celebró el 10 de marzo de 1543, ejerciendo como alcaldes Sancho de Baraona y Santos de Figueroa, como síndico procurador Alonso Pérez y como secretario de cabildos Diego Hernández.
El 5 de agosto de 1545 el Ayuntamiento asignó rentas para la construcción de la catedral, y el 7 de julio de 1550 el Rey aprobó el traslado de la Audiencia de los Confines a esta población. No mucho después, el 31 de enero de 1552, el monarca dispuso nuevas rentas para que la catedral pudiera, al fin, ser edificada.
Como queda de manifiesto, y aunque su entorno natural siguió dando muestras de agresividad, la pujanza fue una cualidad de la que se apropió la capital por mucho tiempo. No en vano, durante más de dos siglos, según aclara Elizabeth Bell:
«Fue el centro político, religioso, comercial y cultural del istmo centroamericano, abarcando lo que corresponde a las regiones de Chiapas, parte de Yucatán, Guatemala, Belice, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica» (Elizabeth Bell, La Antigua Guatemala: La ciudad y su patrimonio, Impresos Industriales, 1999, p. 10).
Teniendo en cuenta las cadencias de sismos y erupciones que han definido la evolución del trazo urbano, Bell insiste en las cualidades renacentistas de este último, coherentes con lo estipulado por las Leyes de Indias: esto es, un plan de calles tiradas a cordel, con orientación norte-sur y oriente-poniente, tomando como centro la Plaza Mayor.
En el margen de lo administrativo, ese procedimiento coincidió en su diseño con la legislación colonial. De acuerdo con ésta, tomaba forma la ya mencionada Audiencia de los Confines o Capitanía General de Guatemala y se establecía su capital en Santiago.
Para consolidar ese rango, Felipe II le dio el título de «Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala», el 10 de junio de 1566. Poco después, el 14 de octubre de ese mismo año, la custodia de la provincia de Guatemala de la Orden de San Francisco elevó su jerarquía y adquirió el nombre de «Provincia del Santísimo Nombre de Jesús de Guatemala». Concibiendo un nuevo rango institucional gracias a los oficios de fray Bartolomé de las Casas y del Ayuntamiento, el 21 de diciembre se restableció la Real Audiencia en Santiago. (Nos sirve de referencia en este y otros puntos la minuciosa obra del profesor José Joaquín Pardo, Efemérides de la Antigua Guatemala 1541-1779, Consejo Nacional para la Protección de la Antigua Guatemala, 1984, p. 12).
Permítasenos en este punto una digresión histórica. Dado su gusto por las peripecias de capa y espada, los lectores de novelas aventureras bien pudieran estar familiarizados con la ciudad que protagoniza estos párrafos, pues en ella se acometieron desembarcos piratas de notable importancia, propios de la imaginación de Stevenson o Sabatini.
Recuerda el profesor Pardo que, el 7 de marzo de 1604, el piloto Francisco de Navarro pidió que fuera fortificada la rada de Santo Tomás, al objeto de evitar el desembarco de bucaneros y corsarios. Pasado un tiempo, el 6 de mayo de 1606, el Ayuntamiento informaba a su Católica Majestad acerca de la necesidad de guarnecer y afianzar las defensas de dicho puerto, pues ya había sido tomado, a sangre y fuego, por esos «Hermanos de la costa» a quienes Philip Gosse consagró su famoso estudio sobre la piratería.
Para desgracia de los lugareños, aún prosiguieron los asaltos, y el 29 de marzo de 1680, el Ayuntamiento pidió a la Corona que dos fragatas defendieran esa franja de mar. Aunque idealizados por el folletín, es de suponer la ferocidad de tales incursores.
A lo largo del siglo XVII, dominicos, franciscanos, jesuitas y mercedarios —por citar cuatro órdenes principales— respaldaron tanto la evangelización de la zona como la apertura de centros religiosos, luego distintivos de la capital.
Un cronista de genio, Agustín Mencos Franco, reflexiona, no sin ironía, acerca del vínculo que se estableció entre los frailes y las comunidades indígenas que los siguieron en la fe y en los ritos:
«Cuando el ilustre fray Bartolomé de las Casas vino a Guatemala en 1535 a establecer la orden de nuestro Gran Padre Santo Domingo de Guzmán, fue precisamente con el objeto de trabajar en la conversión y progreso de estos países; y cuando el convento se fundó definitivamente, primero en Ciudad Vieja y después en Antigua, se crearon clases no sólo de artes y teología; sino también de idiomas indígenas. (...) No mentiré, pues, si digo que el patriotismo y el progreso del antiguo Reino de Guatemala, exigían que esos estudios, en vez de disminuir y extinguirse, vivieran y prosperaran cada vez más. Y ahora se comprenderá por qué, allá por los años de 1659, las autoridades y los vecinos del Reino andaban inquietos y disgustadillos al ver que sus reverencias, los discípulos de Santo Domingo, habían aflojado mucho en eso de aprender y enseñar las sonoras lenguas de Belehé Qat y Tecún Umán» (A. Mencos Franco, «¡Por un espanto!», Crónicas de la Antigua Guatemala, Ministerio de Educación Pública, 1956).
Esta crítica entraña, sin embargo, una realidad, y es que los eclesiásticos ocupaban un lugar de privilegio en la vida ciudadana. A ello no era ajena la religiosidad popular, puesta de manifiesto en actos de tanta solemnidad como aquél que se celebró el 6 de noviembre de 1680, con motivo de la dedicación del templo de la Iglesia Catedral de Guatemala.
Desde una jerarquía paralela y acaso más entrañable, figuras como la del hermano Pedro de San José de Betancur encarnaron en Santiago los efectos más sinceros de la compasión cristiana.
Al florecimiento religioso se sumó, a modo de consecuencia y de sostén intelectual, un auge de las instituciones académicas. Ocupando el sexto lugar cronológico entre los centros universitarios del Continente, la Real y Pontificia Universidad de San Carlos de Guatemala dio su primer paso el 7 de enero de 1681.
Meses atrás, el 2 de diciembre de 1680, se había celebrado una reunión de la Junta universitaria con el fin de nombrar catedráticos, determinar el horario para la lectura de las lecciones, fijar el periodo de matrícula, y asimismo disponer que en la fecha antes mencionada se iniciaran los cursos.
Como es notorio, la vida universitaria propicia las actividades editoriales y los talleres tipográficos. Este caso no fue una excepción: gracias al obispo Payo Enríquez de Ribera, hasta Santiago llegó en 1660 una imprenta —la tercera en América— desde Puebla de los Ángeles (Gall, op. cit., p. 20).
Muy pronto se darían a conocer en Santiago impresores de la talla del pionero José de Pineda Ibarra, cuya interacción con el mundo intelectual es un hecho que hoy no admite afinidades que le hagan justicia.
Por otro lado, al proliferar en su trazado templos, colegios mayores y menores, oratorios, campanarios y ermitas, la ciudad acabó por convertirse en un bellísimo muestrario de la arquitectura religiosa guatemalteca, aún más sugestivo si cabe durante el siglo XVIII.
Un arquitecto, Diego de Porres, encabeza la nómina de artistas que volcaron su talento en ese afán. Deslizando la balanza en sentido contrario, a tamañas prosperidad y hermosura se opone la tragedia causada por terremotos como los del 12 de febrero de 1689, que dañó casas, comunidades de religiosos y templos.
Cuando el terrible seísmo del 29 de julio de 1773, llamado el de Santa Marta, destruyó Santiago de Guatemala, el Muy Ilustre Presidente, Gobernador y Capitán General Martín de Mayorga admitió la orden de trasladar la capital. Aunque los vecinos mostraron su desacuerdo, este dramático trasiego tuvo por destino el Valle de la Ermita. Respaldando dicha decisión, una Real orden de Su Majestad aprobaba esta medida el 22 de enero de 1774. Meses después, el 21 de julio de 1775, la Corona daba su visto bueno al traslado formal de la sede capitalina.
En lo sucesivo, Santiago de Guatemala pasó a denominarse «La Antigua Guatemala», según consta en un documento oficial fechado el 24 de julio de 1774. Muy significativamente, esa página burocrática, donde queda registrado el nombre por el cual conocemos hoy a esta metrópoli, exponía el auto fijado por el cabildo para celebrar una misa de acción de gracias «por los beneficios experimentados en la ruina de la Antigua Guatemala» (Gall, op. cit., p. 21).
Si bien los propietarios, forzados por la orden real, debían demoler las edificaciones que formaban parte de su patrimonio, éstos se mostraron renuentes a una reubicación en el Valle de la Ermita. No obstante, el mobiliario y adornos que antaño habían enriquecido los edificios de la capital pasaron a formar parte de la ambiciosa mudanza, y ello restó brillo a las construcciones más notables, sometidas ya a los ritmos del abandono, el desmantelamiento y la decadencia.
Similar menoscabo sufrió la suma de sus habitantes. Menciona Bell un cálculo de Christopher H. Lutz, según el cual la población de Santiago durante los últimos años en que ésta fue Capitanía General de Guatemala ascendía a unas 33 000 almas. Una vez completado el trasplante de la capital, el censo no pasaba de 8000 personas.
Sin embargo, por la fuerza de los hechos, La Antigua Guatemala no llegó a convertirse en un municipio fantasma.
Una Real Cédula del 4 de agosto de 1786 le otorgaba el título de Villa, que en lo sucesivo lució con orgullo. Pasó el tiempo y el 12 de abril de 1799, siendo alcalde Lorenzo Montúfar, se celebró un muy significativo cabildo. A partir de esa fecha, el mayor afán de los antigüeños fue el de recuperar la hermosura de sus edificios más distintivos.
Comenzó a restaurarse la catedral en 1813, y los fondos obtenidos a partir de la explotación cafetera animaron la economía local, que asimismo repercutió en el embellecimiento de construcciones por largo tiempo abandonadas. En este propósito cumplió una labor destacada el corregidor José María Palomo y Montúfar, impulsor de tareas específicas en este campo.
Pero aún hubo otras señas de este progreso. El 21 de abril de 1838, un decreto de la Asamblea Legislativa ratificaba el traslado de la sede del Gobierno guatemalteco a Antigua. Aunque el asunto no se prolongó en el tiempo —el 31 de julio de ese mismo año, la ciudad de Guatemala recuperaba este privilegio—, lo cierto es que bien vale como síntoma de una creciente mejoría en todos los órdenes.
Recompensando el tesón de sus protectores, y gracias a un estudio arquitectónico de Verle Lincoln Annis, La Antigua Guatemala fue declarada Monumento Nacional el 30 de marzo de 1944 de acuerdo con el decreto legislativo núm. 2772. En 1946, la formación del Instituto de Antropología e Historia favoreció un método conservador más ordenado.
El 25 de septiembre de 1958, Antigua fue, durante un solo día, capital de la República; un acuerdo que volvió a adoptarse el 7 de diciembre de 1962. Pero volvamos atrás, pues el 12 de octubre de 1958, un nuevo decreto —con número 1254— la nombraba Ciudad Emérita. Sin embargo, el deterioro no comenzó a frenarse con un protocolo adecuado hasta que el Congreso de la República aprobó una Ley Protectora el 25 de noviembre de 1969. Gracias a esta reglamentación, comenzó a actuar el Consejo Nacional para la Protección de La Antigua Guatemala, cuya labor fue indispensable para preservar la monumentalidad colonial.
El nombramiento de los cuatro miembros del Consejo, presidido por el alcalde, depende de las Facultades de Arquitectura y Humanidades de la Universidad de San Carlos de Guatemala, la Academia de Geografía e Historia y el Instituto de Antropología e Historia.
En julio de 1965, la villa fue declarada Ciudad Monumento de América por la VIII Asamblea General del Instituto Panamericano de Geografía e Historia, de acuerdo con una Resolución de la VI Reunión Panamericana de Consulta de este organismo de la Organización de Estados Americanos.
Para culminar el homenaje internacional, desde noviembre de 1979, Antigua forma parte de la lista de ciudades que integran el Patrimonio Mundial Cultural y Natural de la UNESCO, por decisión de la Asamblea General de dicho organismo, celebrada en Luxor.
Con todo ello, no sólo se manifiestan los méritos extraordinarios que adornan a esta capital, sino la necesaria protección que han de gestionar las autoridades en el núcleo urbano y en sus aledaños.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.































































































