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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
  15 de noviembre de 2011 - 12 de febrero de 2012
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Historia de la Torre Eiffel

Tour_Eiffel

Informa el señor Pauljoanne (París, ses environs et un appendice sur l'Exposition de 1900, Hachette, París, 1900) que la Torre Eiffel mide trescientos metros, pesa siete millones de quilogramos y se compone de doce mil piezas metálicas unidas por dos millones y medio de tuercas que, ellas solas, alcanzan los cuatrocientos cincuenta mil quilogramos. Dobla en altura las torres catedralicias de Colonia, Viena, Rúan y Estrasburgo. Todavía a principios del siglo XX es el monumento más alto del mundo.

La Torre forma parte de las construcciones hechas con motivo de la Exposición Universal de 1889. Se la empezó a construir el 28 de enero de 1887 y alcanzó su máxima elevación el 31 de marzo de 1889.

Las obras terminaron el 15 de abril siguiente. Eiffel trabajó en el proyecto, junto con dos ingenieros de su empresa, desde 1884, encomendando a Sauvestre la parte arquitectónica del conjunto. No fue pacífica su aceptación. Los profanos la vieron como algo amenazante y admirable, suerte de costillar prehistórico hecho en plan meccano, como para desmontarse en cualquier momento.

Su autor aseguró que la estructura exenta se defendería de la acción del viento y estos cien años transcurridos le han dado la razón. Algunos personajes ilustres firmaron manifiestos contra la Torre: el pintor Meissonier, el músico Gounod, el escritor Zola, el dramaturgo Sardou, etc.

La prensa viró de la desconfianza al aplauso, seguramente orientada por lo que hoy llamaríamos encuestas de opinión. Es sabido que Eiffel visitó a Víctor Hugo, en 1879, con los primeros esbozos de la obra y que el poeta los aprobó, aunque recomendando esperar el momento oportuno.

Francia, tras la derrota ante Prusía en 1870-71, no estaba en condiciones cívicas de afrontar un gasto (un millón y medio de francos) que equivalía a un presupuesto de defensa. Los treinta y dos millones largos de visitantes que abrieron la boca ante la Torre fueron un coro huguesco, enfático y tardío.

Se argumentó contra ella en nombre del arte: la cosa era «fea» y deshonraba a París, la ciudad más bella del mundo.

Durante siglos, y más allá de duros cambios políticos y sociales, la urbe se había desarrollado conforme a unas pautas que la hacían coherente y armoniosa: un estilo, una escala, unos materiales (piedra, bronce, mármol) aseguraban la continuidad de Lutecia.

Esta construcción de ingeniería naval, en medio de aquella jungla de arquitectura «hermosa», mirando sobre el hombro a los modestos bastiones y la sutil aguja de Notre Dame, injuriaba la vista.

El siglo XIX se formulaba en ella una de sus preguntas cardinales: ¿es bella la industria? La Torre tiene algo de saurio terciario hecho para una feria de atracciones, con sus patas hollando tanta finura de perspectivas y jardines.

En las noches brumosas, con los guiños de sus rojas luces, parece un invasor aprovechado de la sombra que viene, desde el fondo fangoso de la historia, a restaurar su prestigio de fuerza primaria.

Con su reciente sistema de iluminación, finge ser una alhaja descomunal, una tiara bizantina de oro, un gigante frágil y capaz de melancolía.

También el siglo XIX se pregunta si el progreso ha servido para disipar la niebla de los orígenes, si el hombre de la luz y de la ciencia, que se ha metido al planeta en uno de los bolsillos de su chaqué bancario, es capaz de no volver a las barbaridades de sus ancestros.

Las torres han servido de múltiple truco: para atisbar al enemigo de la ciudad, para señalar la nobleza, para erigir hasta el cielo el orgullo de la verdad revelada o del módico poder municipal, para encerrar a los locos.

Esta se ha convertido en el trivial emblema de París y se adhiere fácilmente a los ceniceros, las mesillas de noche y los pañuelos de toca que las viajeras hacen flamear como prueba de sus tours.

Las Exposiciones Universales empiezan en Londres, en 1851. Son, tal vez, un intento ingenuo de mostrar que el Universo puede exponerse en una galería, con toda su diversidad y su unidad. También, otro intento, menos ingenuo, de probar que los europeos trajinan el Universo, recogen de él cuanto quieren, lo llevan a casa y lo exhiben en una vitrina doméstica.

La de 1889 se dobla con la conmemoración clave en la historia de la modernidad: el centenario de la Revolución Francesa. La burguesía celebra su gran revolución y, al tiempo, el fin de la era de las revoluciones. Paz, luces, progreso, ciencia, colonialismo, democracia parlamentaria, se unen bajo las cabriadas de hierro y los paneles de cristal, encerrando los tesoros del mundo.

El Universo, por fin, existe: es múltiple y único, todo junto. Los hechos y el discurso parecen corroborar esta creencia. Renán opina que la ciencia es una religión y, en efecto, la idea de unidad es religiosa. Pero, de tal o cual calidad, el quehacer científico unifica el mundo, convirtiéndolo en Universo.

Lo universal no es un dato, es el resultado de una práctica y, como tal, se lleva a la intermitencia orgullosa de las Exposiciones. También el orgullo se suele emblematizar con una torre. Y la cólera divina, muda como todo lo que hace Dios, se expresa en la caída de una torre. Todo vuelve a ser dispersión y multiplicidad inconexa. Como en Babel, sin ir más lejos.

Cada vez que se alza una torre, se oye el eco del refrán: «Torres más altas cayeron». El mundo tiene un solo sistema para medir el tiempo, basado en el meridiano de Greenwich y en los husos horarios, con una oficina internacional de control, pero, no obstante, la humanidad ha sido antes una idea que una constatación, y el discurso decimonónico busca pruebas empíricas para confirmarla o desdecirla.

Mientras las teorías racistas (Gobineau, Chamberlain) sostienen que hay una raza conductora, superior, que guía a las demás hacia los valores supremos y comunes de toda la especie, las geopolíticas (Ratzel) arraigan cada raza en un sistema ecológico que tiene valores estratégicos.

Karl Ritter estudia comparativamente las razas basándose en la geografía. Los eclécticos, como el geógrafo Vidal de Lablache, admiten la unidad de la especie humana, pero afirman que sus relaciones con la naturaleza varían por influencia de la diversidad de medios ambientes.

Darwin ha explicado la evolución de la humanidad por leyes biológicas, que van produciendo diversos grados de desarrollo a tenor de las variables ambientales y la respuesta de adaptación y supervivencia de los distintos grupos humanos.

El darwinismo domina toda una amplia zona del pensamiento occidental y se despliega en los desarrollos de Huxley, Haeckel, Baer (la biogenética), Spencer, Hyatt, Copp, Loeb.

Bouchet de Perthes busca rastros de la existencia humana anteriores al Diluvio, lo cual contradice los postulados de la Iglesia. Ello obliga a Pío IX a dictar la encíclica Quanta cura (1864) en que condena todo evolucionismo.

Algunos otros mitos seculares son disipados por el avance de los científicos sobre el planeta. Amundsen, Nansen y Nordenskjóld exploran el Polo Norte, y Ross y Wilkes, el Polo Sur, destruyendo toda creencia en cuanto a un misterioso Continente Austral y el mítico Finisterre, lugar donde acaba la Tierra.

Esta no acaba porque tampoco empieza, es un continuo esférico (o casi) que se genera a sí mismo como forma a partir de cualquier punto. También retroceden los terrores seculares ante el fantasma de la peste, apenas la investigación sobre microorganismos consigue aislar a los agentes de los principales fenómenos de mortandad colectiva en el ahora pasado.

Se mantiene la sífilis, cuyo microbio, el treponema pálido, será descubierto por Schaudin y Hoffmann en 1905. En este mundo cíclico, sin puntos de partida ni de llegada, sin confines ni terrae incognttae, sigue en pie la pregunta acerca del origen de la humanidad, que la ciencia se niega a enviar, de una vez, al cielo o al infierno de la mitología: ¿tenemos los hombres uno o varios orígenes genéticos? ¿vale el monogenetismo o el plurigenetismo?

Unificada en su diversidad, la humanidad intenta, a veces a ciegas, otras con lucidez o mero cinismo, reconocerse legalmente como tal.

El centenario de la Revolución Francesa, con su secuela de guillotinazos y guerras napoleónicas, es también el centenario de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, es decir del hombre en su casa y en la ciudad.

El desarrollo del capitalismo, por ejemplo, tiende a universalizar el trabajo asalariado, acabando con la esclavitud. Pero el trámite no es sencillo, pues la venta de negros resulta un buen negocio.

Los ingleses y el rey de Bélgica presionan sobre los reyezuelos locales y el Kedive de Egipto para que erradiquen el tráfico. Se crea el Estado del Congo y los negreros son expulsados hacia la zona del Índico. Atrincherados en el corredor que va del Sudán al mar Rojo, Kitchener los derrota en 1898, en la guerra de los derviches.

Los franceses abaten a Rabah, en el país del Vadai (1900). Por medio de conferencias internacionales, se intenta crear un derecho interestatal que asegure la abolición de la esclavitud y reprima la trata clandestina de negros. El derecho internacional reúne constantes congresos en los cuales se intenta regular la guerra y sustituirla por un sistema de arbitraje obligatorio entre las naciones y la tensa pero efectiva «paz armada», que dura, al menos en Europa, entre 1870 y 1914.

En 1864, en la convención de Ginebra, se obtiene el carácter de neutralidad para la Cruz Roja Internacional, pero una estructura de la paz universal parece lejana y aún inhallable. Los filósofos siguen discutiendo acerca de la fatalidad de la guerra y de su inherencia en la condición humana.

Mientras los católicos instauran la oración por la paz, los socialistas prometen el fin de las guerras cuando desaparezca la explotación del trabajo humano y de la sociedad de clases: cuando no haya capitalismo, palabra mágica y demoníaca que permite esperar el futuro como el tesoro de lo deseable. Un factor decisivo en la unificación del globo es el desarrollo de los transportes y las comunicaciones.

Aún hoy, las cifras del XIX nos parecen vertiginosas. Por ejemplo: en 1860, hay 1.500 km de ferrocarril en el mundo, sin contar Europa, que tiene cien mil, ni los Estados Unidos, que suman otros tantos. En 1910, las cifras crecen y tienden a equilibrarse: Europa (330.000), Estados Unidos (380.000) y el resto del mundo (290.000). En el agua, el velero es sustituido por el vapor (clipper, steamer) y el hierro lo es por el acero. Los trasatlánticos se convierten en ciudades flotantes y los costos de flete se abaratan, multiplicando el tráfico de gentes y de cosas, los contactos entre culturas, las migraciones.

La tierra se agrieta en canales: Suez (1869), Kiel, Corinto, Panamá (1881/1914). La gente (me hago cargo de la vaguedad del término) se «comunica» cada vez más. Insisto en cifras, a fuer de árido. El telégrafo Morse pasa de 160.000 km en 1858 a seis millones en 1900.

En 1850 se venden en Estados Unidos un millón y medio de sellos postales, que serán 3-998 millones en 1900. De nueve millones de telegramas expedidos en Europa durante 1858 se llega a 334 millones en 1908. En 1876 se inventa el teléfono y en 1878 se instala la primera central del mundo: New Haven, seguida de París (un año después).

En 1910 habrá ya doce millones de centrales en el planeta. Resumen de esta explosiva expansión de los intercambios y los contactos es el aumento del comercio mundial, que se multiplica por 6,5 entre 1850 y 1900.

El sistema de relaciones internacionales está dominado por el modelo capitalista-imperialista, base de toda esta estructura y su resultado más paradójico es la formación del imperio-universo, el británico, un aparato que llega a concitar 460 millones de almas, una cuarta parte de la población mundial dispersa por un equivalente de la superficie del globo, pero que resulta algo autosuficiente en sí mismo, es decir autónomo y cerrado. […]

La Torre sigue ahí, aunque torres mas altas cayeron. En su tiempo, algunos hombres se sintieron agobiados por la historia y decidieron descargarse de ella, volviendo a un origen que nadie conocía o saltando hacia un futuro donde todo estaba por hacerse.

Otros hombres, confiando en que nada es humano fuera de la historia, siguieron su curso enigmático y contradictorio. Entre todos libraron la guerra de las dos rosas, la guerra del tiempo: una rosa, intangible, está encerrada en la eternidad cenicienta de la palabra. La otra, la niña del mediodía, se deshoja por la noche, encantada con su propia desaparición.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.


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