
No hay duda de que el escudo de la ciudad de Oaxaca persuade por su expresividad, sobre todo porque queda a medio camino entre el blasón histórico y la clave mitológica. Respondiendo a las convenciones del caso, en él sobresale la figura de Donají, cuya cabeza cortada resume un legendario relato.
El asunto es el que sigue: Cosijoeza fue rey de los zapotecas entre 1487 y 1523, y con esa dignidad gobernaba el Señorío de Zaachila. Con el propósito de echar a los mixtecas de Cuilapan buscó el apoyo de los conquistadores españoles.
El trato no terminó de cuajar y la historia adquiere tintes de tragedia, pues la princesa Donají, quien era nieta de Ahuizotl e hija de Cosijoeza y de Coyolicatzin, permaneció como rehén de los mixtecas con el propósito de evitar un enfrentamiento guerrero.
Tras un fallido intento de rescate, Donají fue decapitada en el altar de los sacrificios. Sumido en el dolor, el príncipe mixteco Nucano, que la amaba sin contradicción, le dio sepultura. El cadáver de la joven permaneció incorrupto, lo cual hizo de ella una suerte de mártir pagana de inefable romanticismo.
Ello explica que en 1827 el Gobierno del Estado la escogiese como motivo principal del escudo de armas oaxaqueño. En otro sentido, cuando en 1888 la Oficina Tipográfica de la Secretaría de Fomento publicó el libro
El rey Cosijoeza y su familia. Reseña histórica y legendaria de los últimos soberanos de Zaachila, de Manuel Martínez Gracida, la apelación literaria ya se había insertado en la construcción histórica con una sonoridad poderosa, cálidamente admitida por los lugareños.
Con el fin de evitar, en la medida de lo posible, esta deriva mítica en nuestro relato, vamos a contrastar la leyenda con el importante caudal bibliográfico que atañe a la historia de la ciudad. Manuel Agustín Camarena y M.ª Alicia Manzano han estudiado ese acervo en Fuentes para la historia de Oaxaca. Hemerografía (México D. F., Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1988).
Sin duda, el estudio documental enriquece un panorama que ya habían tanteado viejas clasificaciones, en la línea de aquella breve Colección de documentos para la historia de Oaxaca, presentada como una contribución del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía al Primer Congreso Mexicano de Historia, celebrado por cierto en la propia Oaxaca (México D. F., Secretaría de Educación Pública. 1933).
En un segundo movimiento, y aunque nuestro trayecto no ha de abarcar las dimensiones de una tesis, es legítimo incluir aquí una breve serie de textos que, además de servirnos de fuente, pueden orientar a los lectores más inquietos.
Llevado por el camino del resumen, Guillermo Marín es responsable de una refundición de la Historia general del Estado de Oaxaca, de Luis Rodrigo Álvarez (Editorial Carteles, 1995) cuyo influjo es visible en estas páginas.
Por su temperamento intelectual, también se acomodan a este tramo las obras del profesor Alcina Franch y asimismo ciertos escritos panorámicos, al estilo de las Efemérides oaxaqueñas, de Martínez Gracida (México, D. F., Tipografía de El Siglo XIX, 1892). Otro cronista decimonónico, José Antonio Gay, es responsable de una monografía clásica en la materia, Historia de Oaxaca (dos volúmenes, México, D. F., Imprenta del Comercio, 1881), reimpresa en edición facsimilar por el servicio de publicaciones del Gobierno Constitucional del Estado de Oaxaca.
También da para lecturas muy enjundiosas el conjunto de ensayos de don Jorge Fernando Iturribarría, empezando por las tres entregas de su formidable Historia de Oaxaca: el tomo I (1821 a 1854: De la consumación de la independencia a la iniciación de la Reforma), el tomo II (1855 a 1861: La Reforma - La guerra de tres años) y el tomo III (1861 a 1867: La intervención. El Imperio y la restauración de la República), entregados todos ellos a la Imprenta del Gobierno del Estado en 1939.
Estudiosos más recientes, como José María Bradomín, favorecen el rastreo de ese mundo legendario que precedió a la llegada de los españoles y cuyos inicios podemos situar en torno al año 1500 a. C., cuando comenzó a poblarse de forma mínimamente organizada el territorio oaxaqueño.
Es probable que uno de los primeros protagonistas de nuestro relato, el jefe Petela, guiase a los zapotecas hasta los valles centrales en el 100 a. C. Un siglo separa esa peripecia del llamado periodo clásico (200 a. C.-850 d. C.), coincidente con el asentamiento de Xoxocotlán. Desde el año 700, el poder se disgregó en estados autónomos cuyo epicentro era Monte Albán, donde se advirtió la impregnación teotihuacana. El periodo postclásico, caracterizado por el establecimiento de los Señoríos, fue también el que fraguó las luchas entre los zapotecos y los mixtecos y la expansión de los mexicas.
Gobernante entre 1400 y 1415, el señor zapoteca Zaachila I estableció para los suyos el gobierno monárquico y fijó la capital en Teotzapotlán. Digno de su linaje, el primogénito, Zaachila II, acaudilló al pueblo zapoteco desde 1415 hasta 1445, y el tercer monarca de tan notable dinastía, Zaachila III, hizo lo propio entre 1445 a 1487.
Al tener que vérselas con los mixtecas y los aztecas, Zaachila III buscó el apoyo de los segundos. De otro lado, como los mixtecas habían conquistado Monte Albán y Cuilapan, la situación de los zapotecas atravesaba un periodo de incertidumbre que, a buen seguro, advirtió el antes citado Cosijoeza, hijo de Zaachila III y sucesor suyo desde 1482.
Luego de enfrentarse a muerte zapotecas y mexicas en la batalla del Cerro del Guiengola (1496), la distensión entre ambos pueblos favoreció fructíferos acuerdos, y para sellar la hermandad, el emperador Ahuizotl (1468-1502) concertó el matrimonio de su hija Coyolicatzin con Cosijoeza. De los tres hijos que tuvo este mandatario con la princesa azteca, ya hemos citado a la mítica Donají, pero queda más cerca de la realidad histórica Cosijopi, nombrado gobernador de Tehuantepec por su progenitor en 1518.
Según la descripción realizada por M. J. Velasco en su estudio «Oaxaca fue fundada en 1486 por soldados xochimilcas del rey Ahuizotl» (Memoranda-Issste, vol. 3, n.º 15, México, D. F., noviembre-diciembre de 1991, pp. 53-57), fueron los guerreros aztecas quienes iniciaron la ocupación del lugar entonces llamado Huaxyácac, y que en lengua náhuatl viene a significar «la nariz de los huajes». O dicho en clave simbólica, más bien a la manera de esas kenningar escandinavas que tanto agradaban a Borges: «el extremo del cerro de una cordillera poblada con árboles de huaje». En todo caso, las connotaciones de la metáfora nos obligan a evocar ese puesto —situado en las riberas del Atoyac con el propósito de controlar los movimientos estratégicos de Cosijoeza— como el primer avatar de Oaxaca.
¿Y qué sucedió, mientras tanto, con los mixtecos?
Sobrepasados por la bravura de los mexicas, sabemos que fueron sojuzgados en 1458 por los hombres de Moctezuma Ilhuicamina. Pese a la resistencia vigorosa del señorío de Yanhuitlán, allá en la Mixteca Baja, también su cacique Ozumatli perdió la vida, en su caso traicioneramente. Con todo, una nueva oleada invasora penetró en la zona entre 1520 y 1522.
Una oleada que, procedente de otras costas, habría de agotar las posibilidades de dominio del mismo emperador. Hablamos, como es imaginable, de las tropas dirigidas por Pedro de Alvarado y Francisco de Orozco y Tovar.
Los españoles avanzaron por el Valle de Oaxaca en medio de la bruma histórica. De hecho, persisten las dudas en torno a la actitud de los mixtecos que se habían enseñoreado de Cuilapan. Mientras importantes investigadores entienden que zapotecas y mixtecos ayudaron a los conquistadores para vencer a los mexicas, otros prefieren interpretar la situación en clave indigenista, reuniendo a estos aborígenes de diversa civilización en contra del invasor español.
Probablemente, la constante rebeldía de los zapotecos de la sierra y de los chontales inspira estas conjeturas. Especulaciones aparte, lo cierto es que Orozco llegó a Oaxaca el 25 de noviembre de 1521. En cierto modo, la misa solemne oficiada entonces por el clérigo Juan Díaz sirvió de liturgia fundacional.
Sin embargo, la intención evangelizadora tenía su contraparte, y es que, tras la caída de Tenochtitlán, procurando confirmar lo dicho por Moctezuma, los españoles seguían el rastro del oro. Fueron los zapotecas quienes dijeron a sus nuevos aliados europeos que la pista aurífera más fiable penetraba en tierras mixtecas. Sin duda, hubo más de un episodio sangriento a cuenta de ello, pero lo más relevante en este trance es la fundación de Segura de la Frontera sobre las lindes del antiguo puesto militar mexica. Al decir de las crónicas, Hernando de Badajoz se hizo cargo de su gobierno y figuraron como encomenderos Pedro de Alvarado, Juan Núñez de Mercado y Juan Peláez de Berrio.
Un mandato real permitió que el nuevo asentamiento adquiriese la categoría de villa el 14 de septiembre de 1526. No obstante, y dado que Hernán Cortés rechazaba la fundación de Segura de la Frontera, Juan Núñez pretendió sortear esta negativa, explicable por medio del derecho de conquista, y gracias a su habilidad, el 24 de junio de 1528 la población consiguió un nuevo rótulo: Villa de Antequera de Guaxaca.
Al año siguiente, por el tiempo en que Cortés recibía el título de Marqués del Valle de Oaxaca, el alarife Alonso García Bravo trazó la retícula urbana, tomando como punto de fuga lo que hoy es el zócalo o plaza de la Constitución.
El 13 de julio de 1529 se hizo cargo del nuevo proyecto Juan Peláez de Berrio, primer Alcalde Mayor. Breve tiempo después, el 25 de abril de 1532, Carlos V firmaba en Medina del Campo la cédula real en la que se reconocía para la villa el título de Muy noble y leal ciudad de Antequera.
Conservaría este apelativo durante muchos años, hasta que en 1821 fue variado por el de Oaxaca, que desde 1872, con el propósito de honrar a Benito Juárez, se convirtió en Oaxaca de Juárez.
En 1534 los albañiles acometieron la edificación del templo catedralicio. Un año después, por decisión del papa Paulo III, comenzaba su muy solemne trayectoria la Provincia Eclesiástica de Antequera.
Ni que decir tiene que esta recién creada diócesis favoreció generosamente la presencia eclesiástica en la población, lo cual tuvo obvias consecuencias, tanto en las tareas específicamente misionales como en la intervención de las órdenes religiosas en el ámbito de las costumbres y la enseñanza.
Por lo que concierne al manejo administrativo novohispano, es importante el hecho de que 1536 los corregimientos sustituyeran a las alcaldías. Mediante el nuevo esquema, el territorio oaxaqueño quedaba dividido en dieciocho partidos. A saber: nuestra Antequera de Oaxaca, Chichicapan, Choapan, Ecatepec, Huajuapan, Huitzo, Jamiltepec, Juxtlahuaca, Nejapa, Tehuantepec, Teocuicuilco, Teotitlán del Camino, Teotitlán del Valle, Teposcolula, Teutila, Villa Alta y Zimatlán.
Ante los abusos de los encomenderos y de no pocos pobladores, hubo que apelar a la autoridad real, con lo que se impulsó la seguridad jurídica y administrativa que formularon las Leyes Nuevas (1542).
Mientras tanto, Oaxaca se iba poblando de edificaciones religiosas, que también menudearon en su entorno inmediato. Así, en 1555 se iniciaron las obras del complejo dominico de Cuilapan bajo las indicaciones de Fray Domingo de Aguinaga. Aún en la actualidad, la Capilla abierta de Cuilapan simboliza ese proceso durante el cual lo foráneo se solapó sobre lo aborigen.
Tras el terremoto de 1559, los ingenieros españoles decidieron desviar en 1561 el cauce del río Atoyac, con el propósito de evitar sus periódicas inundaciones.
Implicados en las tareas constructivas, los indígenas brindaron sus talentos al proyecto oaxaqueño, interviniendo en labores tan notables como la edificación del templo y ex convento de Santo Domingo de Guzmán (1575) a las órdenes de Fray Fernando de Cavarcos.
Un año más tarde, el virrey Martín Enríquez ofrecía al Ayuntamiento de Antequera dos solares con el fin de que allá se edificara el Palacio municipal, finalmente ubicado en otro terreno. Más tarde, por efecto de una bula papal, la pujante villa quedaba cartografiada desde 1598 en la nueva provincia de San Hipólito Mártir de Oaxaca.
Por desgracia, esa pujanza religiosa no iba unida a una eficacia administrativa en el dominio económico. De hecho, el Valle de Oaxaca, antaño rico en sederías, añil, grana cochinilla y cacao, fue orientándose hacia la autosuficiencia con el fin de soslayar la poco feliz coordinación entre las regiones del Virreinato. Por fortuna, esta coyuntura mejoró en torno a 1650 y las haciendas ganaderas compitieron con las explotaciones de cereal a la hora de favorecer tal prosperidad económica.
Procurando superar en el plano espiritual los efectos de los seísmos de 1603 y 1608, los oaxaqueños adoraron desde 1612 una extraordinaria reliquia: la Cruz de Huatulco. Por desgracia, la inestabilidad sísmica no dejó margen de respiro y los temblores volvieron a provocar destrozos en 1660, 1696, 1702, 1727, 1776, 1787, 1794, 1796 y 1800.
Ante ese panorama siniestro, los cronistas sintieron el impulso de citar por escrito las glorias de su ciudad. En 1672, Fray Francisco de Burgoa publicaba su Geográfica descripción de la parte septentrional del polo ártico de la América y Nueva Iglesia de las Indias Occidentales, y sitio astronómico de esta provincia de predicadores de Antequera Valle de Oaxaca, la cual, por cierto, sería hermosamente reeditada en dos volúmenes por los talleres gráficos del Archivo General de la Nación (1934) y distribuida en versión más accesible por la editorial Porrúa (1989).
Desde un punto de vista educativo, sobresale la fundación en 1673 del Seminario Pontificio de la Santa Cruz. Por otra parte, aunque la cristianización del área bajo la autoridad española era un hecho evidente, no faltaron las rebeliones que pusieron en duda tal evidencia. En 1700 los insurrectos zapotecas de San Francisco Cajonos dieron dramáticas muestras de esa pugna con el poder dominante.
No ha de extrañar semejante postura, pues al dolor causado por otras miserias —por ejemplo, la epidemia de fiebres tifoideas de 1738 y las de viruela de 1763 y 1777— venía a añadirse el infame trato que los alcaldes mayores infligían a los indígenas y la codicia con la que aquellos actuaban en el terreno productivo. Sabemos, por ejemplo, que en 1772 la Real Audiencia hizo caso al párroco de Ayutla Mixes, don Juan Antonio Mata, en su denuncia por tal motivo al Alcalde Mayor de Villa Alta.
A partir de 1784 se hizo efectiva en Nueva España una decisión reformista de Carlos III: la introducción del sistema de intendencias. Cada gobernador intendente asumía la misión de los antaño gobernadores, corregidores y alcaldes mayores, menoscabando el poderío de los virreyes.
Aun convertida en intendencia, Antequera de Oaxaca era rica en contrastes, también en lo referente a su modo de organizar la producción. Con todo, hay rasgos comunes con otros puntos del Virreinato. Por ejemplo, el impulso latifundista. Al atender lo señalado por A. René Barbosa-Ramírez, queda de manifiesto que «el número total de propiedades agrarias en Nueva España en 1810 era (...) de 10 438 propiedades, entre las cuales se encontraban 3749 haciendas y 6689 ranchos. Se conocen mal sus superficies y líneas de producción pero puede afirmarse un proceso ininterrumpido de concentración de tierras» (La estructura económica de la Nueva España 1519-1810, México D. F., Siglo XXI Editores, 1971, p. 216).
A esta experiencia agraria corresponde un flujo económico al servicio de la metrópoli, analizado por el equipo que encabeza Rodolfo Pastor en la monografía Fluctuaciones económicas en Oaxaca durante el siglo XVIII (El Colegio de México, Centro de Estudios Históricos, 1979).
Como asimismo sucedía en otras partes de México, los criollos asumieron las ideas de la Ilustración y se rebelaron progresivamente contra el poder real. Tras la fallida insurrección de 1811, el levantamiento cobró vuelo en Oaxaca con el ataque de José María Morelos el 25 de noviembre de 1812.
El gobierno inaugurado en Antequera dispuso como presidente del Ayuntamiento a Manuel Nicolás Bustamante, Benito Rocha ejerció a modo de comandante militar y el intendente de la provincia fue José María Murguía. Tras ello, en Chipalcingo un congreso sirvió para organizar legalmente el futuro Gobierno, con la intervención por parte oaxaqueña de José María Murguía y Galardi, Manuel Sabino Crespo y Carlos María Bustamante. Pero la causa realista no estaba perdida, y menos aún tras el apresamiento y muerte de Morelos.
Finalmente, en 1823 proclamó la república el coronel Antonio de León y con él se impuso el nuevo orden cuando una Junta de Gobierno declaró formalmente que el Estado era libre y soberano. Actuó como primer gobernador Murguía y Galardi. Tras el reconocimiento del texto constitucional (1825), inició su funcionamiento académico el Instituto de Ciencias y Artes (1827), por cuyas aulas pasaron dos gloriosos personajes oaxaqueños, Benito Juárez y Porfirio Díaz.
En torno a 1828 la pugna entre conservadores (los llamados borlados) y liberales ganó intensidad. La crisis económica y el desbarajuste político también eran notables en 1836, fecha en que los conservadores derogaron la Constitución y la República federal. En 1841, apoyándose en los grupos liberales, el general Santa Anna expuso su oposición al gobierno centralista. Un año después, Juárez se hizo cargo de la secretaría de Gobierno.
El 12 de abril de 1844 la Honorable Asamblea del Estado hizo público el decreto mediante el cual se organizaba el Tribunal Superior y demás juzgados inferiores del departamento de Oaxaca. Tres años después, Juárez asumía las funciones de gobernador interino. A partir de su gestión a nivel nacional, cabe interpretar el profundo cambio que esperaba tanto a los oaxaqueños como al resto de sus compatriotas.
La incursión imperialista francesa y la pugna entre conservadores y reformistas enmarca un despliegue de tintes dramáticos y consecuencias muy relevantes. Para comprender cabalmente los alcances de este proceso conviene la lectura de una monografía firmada por Charles Redmon Berry: La reforma en Oaxaca. Una microhistoria de la revolución liberal. 1856-1876 (México, D. F., Ediciones Era, 1989).
Sólo incluimos un dato al respecto: en 1856, la promulgación de las leyes de Reforma enfrentó a dos facciones oaxaqueñas. Marcelino Ruiz Cobos y Moreno se situó al frente de los conservadores y el gobernador Ignacio Mejía encabezó a los liberales, quienes lograron al final imponer su ideario.
Evitando entrar en detalles que obligarían a proponer un estudio minucioso, podemos situarnos en el día 15 de septiembre de 1857, fecha en la que el Congreso Constituyente decretó la Constitución del Estado de Oaxaca. Un año después comenzó la Guerra de Reforma, que se fue prolongado hasta 1861. En el combate contra los franceses participaron personajes locales como Mariano Jiménez, quien más tarde intervendría junto a su paisano Porfirio Díaz en el pronunciamiento de La Noria para obstaculizar la reelección de Juárez, y luego ejerció como diputado federal de Oaxaca y gobernador interino de Michoacán.
En 1863 Oaxaca fue conquistada por los franceses, iniciándose con legítima bravura las acciones guerrilleras de juchitecos y mixtecos. Precisamente fue un caudillo de ascendencia indígena, Porfirio Díaz, quien derrotó en 1865 a las tropas del mariscal Bazaine en la batalla de la Carbonera.
Una vez pasado este periodo turbulento motivado por la irrupción francesa, el 10 de octubre de 1872 la ciudad recibió el nombre de Oaxaca de Juárez, honrando así la memoria de quien fue considerado Benemérito de las Américas. Diez años después, el 17 de septiembre de 1882, el Ejecutivo del Estado Libre y Soberano de Oaxaca presentaba una memoria constitucional en el Congreso estatal sobre todos los ramos de la administración pública.
El cauce de los cambios estructurales quedaba, de ese modo, ensanchado. «Cuando México —escribe José Martí— se sacó de las entrañas, como quien se extirpa un cáncer, el Imperio, quedó asegurada y triunfante, dispuesta a toda pujanza y maravilla, la diosa permanente, que da de sí luz, que ilumina los altares nuevos: la persona humana; quedó en México el hombre, después de tanta lucha heroica y sangrienta, dueño de sí, que es magnífico espectáculo, tanto como es pobre de ver, y doloroso, el del hombre que bebe en la copa del olvido licores de rosas nacidas en fango» («México en 1882», Páginas escogidas, edición a cargo de Benito Varela Jácome, Barcelona, Bruguera, 1973, p. 195).
Este importante tramo de la historia brindó al pueblo oaxaqueño un ciclo de progresos técnicos. Por ejemplo, el 18 de abril de 1889 comenzó el despliegue del ferrocarril mexicano y el 13 de noviembre de 1892 Porfirio Díaz participaba en la inauguración en Oaxaca del Ferrocarril Mexicano del Sur. Otra novedad tecnológica e infraestructural de gran relieve, el inicio de los servicios telefónicos oaxaqueños, se produjo en 1908.
Dos años después, diversos levantamientos caracterizaron la inestabilidad política del área. Ciertamente, los gobernadores Juárez Maza y Miguel Bolaños Cacho ejercieron su responsabilidad en un calendario de revoluciones. Pero los enfrentamientos duraron más de una década, y no hubo grandes mudanzas en este plano hasta que, bastante después, se puso en marcha la voluntariosa reforma agraria de Lázaro Cárdenas.
Para mayor desgracia de sus habitantes, la memoria sísmica de la ciudad acumuló un nuevo y terrible jalón el 13 de enero de 1931.
Por inevitables, los daños fueron aún más espeluznantes, tanto en la arquitectura urbana como en la economía de los lugareños.
Paradójicamente, la tragedia antecedió a un fabuloso descubrimiento que animó sobremanera la vida cultural de Oaxaca: el hallazgo por parte de Alfonso Caso del tesoro de la tumba 7 en Monte Albán el 6 de enero de 1932. Ese aporte académico alumbró un complemento en 1959, cuando Roberto Gallegos excavó las tumbas 1 y 2 en Zaachila. Podemos conjeturar un dato: la admiración por estas reliquias precolombinas enriqueció los contenidos que desde 1955 impartió la recién creada Universidad Autónoma Benito Juárez.
Si nos adentramos en el dominio político, salta a la vista que un acontecimiento de interés para los oaxaqueños fue la fundación en 1979 de la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina (COPPPAL) a iniciativa del Partido Revolucionario Institucional (PRI).
No obstante, a juzgar por su repercusión, tuvo mayor relevancia el hecho de que en 1987 el Centro Histórico y Monte Albán fuesen declarados por la Unesco Patrimonio Cultural de la Humanidad. En esta época de menores tribulaciones para Oaxaca, tal reconocimiento venía a ser una réplica a los muchos tramos del pasado en que la urbe se sintió postergada por uno u otro motivo.
Habría que agregar al festejo histórico otros dos acontecimientos de interés: la celebración entre el 15 y el 25 de abril de 2001 del 469.º aniversario de la ciudad y el extenso seminario: «La ciudad histórica actual en Oaxaca», celebrado desde el 25 de septiembre de 2003 con el propósito de analizar a lo largo de diez meses las estrategias de conservación de tan fabuloso patrimonio histórico.
Imagen superior (Oaxaca) © María de Lourdes Alonso. Cortesía del Centro de Prensa del Consejo de Promoción Turística de México. Reservados todos los derechos.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.































































































