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Historia de Puebla de los Ángeles

puebla

Puebla de los Ángeles, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1987, situada al pie de los cerros de Loreto y Guadalupe, fue la segunda ciudad que se fundó en el virreinato de Nueva España —en territorio hoy mexicano— en el año de 1531.

Haciendo honor a su nombre, «lugar que se puebla», la urbe creció y fue expandiéndose de acuerdo al recto trazado de sus calles. También conocida como Angelópolis, y hasta 2002 como Puebla de Zaragoza, la leyenda atribuye dicha fundación a la voluntad de los ángeles y acaso esto explique su ubicación en las alturas.

A la hora de captar el clima literario que envuelve todo lo relacionado con la historia de Puebla de los Ángeles —también llamada, con sesgo sobrenatural, Angelópolis—, conviene visitar previamente una biblioteca de cuyos anaqueles hemos de extraer el instrumental requerido en nuestra visita. Dando con el tono requerido por esta proposición, Edna Coll ofrece un buen comienzo en su artículo «Lo real maravilloso americano en los cronistas de Indias» (Congreso del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana: El barroco en America, Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, Universidad Complutense de Madrid, 1978, pp. 1327-1335).

La maravilla, lo maravilloso, es uno de los componentes del Barroco de Indias, y por extensión, de tantos y tantos impresos coloniales que expresan la crónica de Puebla de los Ángeles.

En realidad, este relato prodigioso y solemne compete a autores como Luis González Obregón, Niceto de Zamacois, José Ignacio Dávila Garibi y el jesuita Andrés Cavo, pero la fidelidad al detalle más exacto recomienda un primer acercamiento, siempre cordial, a don Mariano Fernández de Echeverría Veytia, cuya Historia de la Fundación de la ciudad de Puebla de Los Ángeles (México D.F., Imprenta Labor Mixcoac, 1931) orienta al visitante con magnífico criterio.

A partir de ahí, ya puede el curioso frecuentar a placer la obra de historiadores como Lucas Alamán (Disertaciones sobre la Historia de la República Mexicana desde la época de la conquista que los españoles hicieron a fines del siglo XV y principios del XVI de las islas y continente americano hasta la independencia, 1849), Baltasar Dorantes de Carranza (Sumaria relación de las cosas de Nueva España, 1902), Francisco A. De Icaza (Conquistadores y pobladores de Nueva España, 1923) y Manuel Rivera Cambas (Los gobernantes de México. Galería de biografías y retratos de los virreyes, emperadores, presidentes y otros gobernantes que ha tenido México, 1872).

En dichas lecturas figura una promesa aún más ambiciosa, relacionada con detalles y anécdotas que hallaremos en la edición multimedia Memoria urbana de la Ciudad de Puebla: Inventario de la serie de expedientes del Archivo general del Ayuntamiento, 1590-1910 (Archivo General del Ayuntamiento de Puebla, Instituto de Investigaciones Dr. José Maria Luis Mora, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 1998).

Sin duda, con este repertorio podremos abarcar buena parte de lo relacionado con la Angelópolis colonial, incluyendo esa variedad apócrifa de leyendas que viene a aderezar el filón auténtico de la historia.

Comencemos, pues, semejante recorrido a través de los siglos. Al atender lo explicado por A. René Barbosa-Ramírez, el pasado precortesiano no se refleja tanto en una unidad política sino fiscal.

Abarcando un territorio que iba desde el golfo de México hasta el océano Pacífico, desde el istmo de Tehuantepec hasta las riberas del Pánuco, «existían no sólo ciudades no conquistadas por los aztecas, como Tlaxcala, el reino de Michoacán o las regiones huastecas y mixteco-zapotecas, sino que, en las ciudades y lugares efectivamente administrados y controlados por los aztecas, existía una autonomía política y religiosa real de parte de las poblaciones vencidas» (La estructura económica de la Nueva España 1519-1810, México D.F., Siglo XXI Editores, 1971, p. 18).

Si concentramos el panorama en el área poblana, el caso es que hay un claro rastro de la cultura de los otomíes, luego desplazada por la propia de los nonoalca.

A lo largo de medio milenio, los olmecas controlaron Cholula, pero ese dominio fue menoscabado por los toltecas. Del mestizaje de estos últimos con los chichimecas nacieron luego los cholultecas, a su vez subyugados por los huejotzincas, quienes por fin cayeron bajo el poder de los mexicas.

Cuando los colonizadores españoles avanzan por este territorio, el conflicto étnico que venimos describiendo es una baza a su favor, y de hecho, se conoce bien la medida en que benefició a sus fines el enfrentamiento entre mexicas y tlaxcaltecas.

La fundación de la futura metrópoli es un asunto que describe el cronista Miguel de Alcalá y Mendiola: «Fundóse la Ciudad de Puebla de los Ángeles, siendo hoy la segunda en este reino, en dieciséis de abril de mil quinientos y treinta y un años, domingo día de Santo Toribio, Obispo de Astorga, siendo gobernador de estas provincias el Ilustrísimo Señor don Sebastián Ramírez de Fuenleal, Arzobispo que fue de Santo Domingo. Nombrarse Puebla fue de la voz común, como decir ‘lugar que se puebla’» (Descripción en bosquejo de la imperial cesárea muy noble y muy leal ciudad de Puebla de los Ángeles, estudio introductorio de Ramón Sánchez Flores, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Dirección General de Fomento Editorial, 1997, p. 41).

Sin duda, ese lugar que se puebla cumplió este propósito demográfico al margen del sistema de encomiendas. Establecida en un lugar de paso entre Veracruz y la capital, Angelópolis se benefició de las haciendas donde comenzó a emplearse a los naturales de Cholula, Calpán, Tlaxcala y Huejotzingo. Lleno de posibilidades en este dominio agropecuario, el confín delimitado por los cerros de Loreto y Guadalupe y el arroyo de San Francisco fue el elegido por los fundadores.

Entre los participantes en ese acto fundacional, citaremos a los religiosos Toribio de Benavente Motolinía, Jacobo de Testera, Diego de la Cruz, Luis de Fuensalida y Alonso Juárez, a quienes se añadieron Diego de Ordaz, García de Aguilar, Gregorio de Villalobos, Juan de Limpias Carvajal, Juan Ochoa de Lezalde y Juan Pérez de Arteaga Malinche.

Con todo, más vale recordar que Juan Salmerón, oidor de la Segunda Audiencia, fue quien informó de la nueva planta al Consejo de Indias, y que Hernando de Helgueta, justicia mayor, corregidor y presidente del Ayuntamiento, completó el acto burocrático de la fundación el 29 de septiembre de 1531.

Todo ello, desde un punto de vista práctico, propició el primer trazado urbano y el reparto del terreno. En clave onírica, el asunto preocupó a Julián Garcés, obispo de Tlaxcala, quien sostuvo haber soñado con unos ángeles que marcaban el terreno cual si se tratara de ingenieros.

Sobre este sueño y sobre su trascendencia no hay mucho que añadir, salvo que vino a completar el nombre de la ciudad. Por añadidura, otra leyenda procura expresar la voluntad angélica, y es que esa misma potencia sobrenatural situó en su espacio privilegiado a una de las campanas de la catedral.

En 1532 las lluvias y su efecto nocivo recomendaron una mudanza que se dirigió a la franja occidental del río San Francisco. Por medio de la correspondiente cédula real, doña Isabel de Portugal otorgaba a la ciudad el 20 de marzo de ese mismo año el título de Ciudad de los Ángeles.

A ese honor añadía la Reina una ventaja fiscal, pues eximía a los poblanos de pagar impuestos a lo largo de treinta años. Otro documento rubricado con sello real el 20 de julio de 1538 concedía a Puebla un escudo de armas, cumpliendo así la solicitud hecha por el capitán Gonzalo Díaz de Vargas.

No fue el último privilegio, pues Angelópolis fue residencia del cabildo eclesiástico desde 1539. Muy pronto menudearon los talleres y mejoraron las infraestructuras, gracias en parte al corregidor Luis de León Romano, cuya actividad entre 1554 y 1557 incluyó las obras de los puentes de San Francisco y de Amalucan, la instalación de fuentes públicas y un claro avance en el perfil del Zócalo.

Dejando a un lado la puesta en escena ideológica que hoy rodea al periodo colonial, Octavio Paz destaca que el imperio español fue un imponente edificio: «Si fue asombroso el Descubrimiento y la Conquista de América, no lo fue menos la construcción de una compleja arquitectura social y administrativa que no se disgregó sino hasta comenzar el siglo XIX.

El Imperio tuvo que enfrentarse a dos obstáculos en apariencia insuperables: la heterogeneidad de los pueblos que lo componían y la enorme extensión de su territorio».

Valorando este formidable proyecto, Paz recuerda que el trecho que recorrían los nuevos virreyes desde Veracruz hasta México, y lo juzga como una suerte de peregrinación ritual, interpretable como una alegoría política: «Así, antes de llegar a la capital, el nuevo virrey hacía ‘entradas públicas’ en tres ciudades: el puerto de Veracruz, asociado al desembarco de Cortés y a la iniciación de la Conquista; Tlaxcala, la capital de la república india aliada a los conquistadores; y Puebla, una ciudad fundada por los españoles, rival de la capital del virreinato y que, en la geografía simbólica de Nueva España, representaba el polo criollo mientras Tlaxcala representaba el indio» (Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, en Obras completas. Edición del autor, tomo V, Barcelona, Círculo de Lectores, 1992, p. 185).

Puebla mereció en 1558 el título de Noble y Leal Ciudad de los Ángeles, y ese mismo año, por orden del Real Consejo de Indias, nos recuerda Alcalá y Mendiola que «se pasó a esta ciudad de Puebla el obispado, haciéndola cabecera de la ciudad de Tlaxcala, siendo el primer obispo que por dicho orden vino el ilustrísimo y reverendísimo señor don fray Martín Sarmiento de Ojacastro, religioso del Orden del seráfico San Francisco, habiendo venido a esta Nueva España antes por comisario general de sus provincias el año de mil quinientos y treinta y ocho, y estando entendiendo en su oficio y ministerio le promovió Su Majestad haciéndole merced del obispado de la ciudad de Tlaxcala, señalándole luego que llegó sitio para su palacio y casa en la Plaza Mayor, que fue en la esquina que hoy está el sagrario de la Santa Iglesia Catedral» (Descripción en bosquejo de la imperial cesárea muy noble y muy leal ciudad de Puebla de los Ángeles, op. cit., p. 74).

Desde otro punto de vista, don Sebastián Ramírez de Fuenleal, presidente de la Segunda Audiencia Real de México y Arzobispo de Santo Domingo, fue informado por los religiosos observantes de Nuestro Padre San Francisco sobre un hecho preocupante: «cómo la gente española había crecido en excesivo número por el que había pasado de Europa, y no teniendo otra población de españoles entonces sino la de México, que difícilmente podía, sin peligrar en la multitud, abarcar tantas familias, para que no se perdiese holgazana y bagamunda [sic] la gente castellana decretó la reedificación de esta ciudad, concurriendo a su fábrica, de los pueblos vecinos y de toda la comarca, innumerables indios, con tal regocijo y gozo de la nueva católica que parece hacía eco la diversidad de instrumentos, armonía de música y danzas, al placer de los Ángeles y ciudad de la Monarquía Cristiana» (Puebla en el Virreinato. Documento anónimo inédito del siglo XVIII, Puebla, Centro de Estudios Históricos de Puebla, 1965, p. 4).

De lo dicho hasta ahora se deduce una serenidad en el proceso de fundación, traslado y consolidación que no deja de sorprender. Por esta vía, hay otro detalle que también sorprende a José Ignacio Rubio Mañé, y es el hecho de que, a lo largo de más de dos centurias de régimen virreinal en Nueva España «no se registren rebeliones de gran proporción, sino cuando se inicia el movimiento de independencia nacional, porque no faltaron virreyes que las merecieron, especialmente en el siglo XVII. La fuerza armada para conservar el orden y defender el sistema virreinal era bastante reducida. No llegaba a mil hombres la guarnición de esta capital, que consistía en la guardia del palacio de los virreyes, único cuerpo militar apto a desplegar acciones bélicas contra cualquier insurrección» (El Virreinato, tomo II, Expansión y defensa, México D.F., Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, Fondo de Cultura Económica, 1983, p. 1).

o cierto es que Puebla, lejos de incubar rebeliones, se consolidó como el granero de Nueva España, cumpliendo los principios que regían los vínculos entre la metrópoli y la colonia.

Esta atmósfera de afianzamiento económico envuelve otro proceso no menos característico: la llegada de las órdenes religiosas a la ciudad. Con razón destaca Rosana Calderón Martín del Campo que fue la bonanza de Puebla desde su fundación lo que incitó a estas órdenes a establecerse en ella. Según la cronología que indica esta estudiosa, sabemos que los franciscanos fueron los primeros en llegar, seguidos por los dominicos (1532), los agustinos (1546) y los jesuitas (1578).

Resuelta a destacar la significativa labor cultural de estos últimos, Calderón escribe que «su primer Colegio del Espíritu Santo abrió las puertas en 1584 y tuvo su primera gran iglesia dedicada en 1600, y una Casa de Ejercicios Espirituales que edificó entre 1723 y 1733 el obispo Lardizábal. Con la categoría de seminario funcionó desde 1579 el Colegio de San Jerónimo; desde 1625, el de San Ildefonso, en el edificio que les donó el obispo de la Mora y Escobar; a partir de 1701, el Real Seminario de San Ignacio y, desde 1751, el Colegio de San Javier para misioneros».

Similar sensibilidad atribuye otra historiadora, Rosalva Loreto López, al establecimiento de los monasterios de mujeres en Puebla, promovido por las órdenes franciscana, dominica, carmelita y agustina. A juicio de López, todas ellas facilitaron elementos de organización general, jerárquica, espacial y económica, implantados y reproducidos en América, por lo que es de de particular importancia «resaltar las características de la espiritualidad que movió a los mendicantes en Europa para entender la evangelización como proyecto de colonización, impulsada precisamente por la tradición de repoblación y reconquista de dichas órdenes religiosas» (Los conventos femeninos y el mundo urbano de la Puebla de los Ángeles del siglo XVIII, México D.F., El Colegio de México, Centro de Estudios Históricos, 2000, p. 16).

Entre 1525 y 1542 había sido arzobispo de Puebla el soñador Julián Garcés, y a él le sucedieron Pablo Gil de Talavera (1544-1545), Martín Sarmiento de Hojacastro (1548-1557), Fernando de Villagómez (1561-1571), Antonio Ruiz de Morales y Molina (1572-1576) y Diego de Romano y Govea (1578-1606). Siendo prelado este último, Angelópolis gozó de una pujanza que ya anunciaba futuras bondades.

El maestro de capilla catedralicio, Pedro Bermúdez, compuso la partitura de este tiempo de promesas que se concreta con los arzobispos Alonso de la Mota y Escobar (1607-1625) y Gutiérrez Bernardo de Quirós (1626-1638), llegando a su apogeo con don Juan de Palafox y Mendoza, extraordinario gobernante y administrador eclesiástico a quien se debe la culminación de la catedral de Puebla.

Atento a los contraluces del personaje, destaca Menéndez Pelayo que el venerable Palafox mantuvo una riña con los jesuitas sobre exenciones y diezmos, lo cual explica que «su nombre haya servido y sirva de bandera a los enemigos de la Compañía, y que sobre su proceso de beatificación se hayan reñido bravísimas batallas, dándose en el siglo XVIII el caso, no poco chistoso, de ser volterianos y librepensadores los que más vociferaban y más empeño ponían en la famosa canonización» (Historia de los heterodoxos españoles, V, Regalismo y enciclopedia, libro VI, en Obras completas, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1940-1966, pp. 156-157).

Indudablemente, dejando a un lado esta pugna, lo cierto es que en Puebla el saber académico alcanzó un altísimo grado. El 17 de enero de 1679 el obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz y Sahagún, dirigió una carta al presidente del Consejo de Indias elogiando el sistema educativo que había ido consolidándose en la villa: «Los mayores sujetos que goza la Nueva España —escribe—, así en las cátedras como en las religiones y curatos, se deben a estos reales colegios, donde se educan desde los primeros rudimentos de leer y escribir, los hijos de esta ciudad y obispado, sustentando con crecidos salarios, once maestros que asisten con indecible desvelo a la común enseñanza en beneficio de tantos ingenios que por pobres, no pudiendo alimentarse en México, era preciso retirarse de las letras si se viesen obligados a cursar en aquella universidad, quedando defraudado el obispado de muchos sujetos que gozaría, como hasta aquí, de que se criasen en los estudios de esta ciudad» (Elías Trabulse, «Prólogo», Cien impresos coloniales poblanos, volumen compilado y coordinado por Susana López Sánchez y Ana Buriano Castro, México D.F., Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, 1991, pp. 9-10).

Este apoyo a la sabiduría quedó de manifiesto bajo el mandato de otros arzobispos, como Domingo Pantaleón Álvarez de Abreu. A este último se debe, por cierto, el polémico edicto que a partir de 1765 reformaba el funcionamiento de los conventos, despojando a sus ocupantes de privilegios mundanos.

En esta línea de enmiendas no escasearon las polémicas. No hay duda de que la más notoria de todas estas controversias fue la que protagonizaron los jesuitas.

Al final, y aunque en esta ciudad la Orden de San Ignacio presentó a figuras tan admirables como el filósofo y científico Francisco Javier Clavijero (1731-1787), su expulsión en 1767 agotó ese periodo de esplendor jesuítico.

Cuando las colonias inglesas en Norteamérica mostraron su rebeldía, el virrey y capitán general de la Nueva España era Martín de Mayorga, quien asumió esa responsabilidad entre 1779 y 1783, año en el cual fue sucedido por don Matías de Gálvez. No tardó mucho en brotar la insurrección criolla en el Virreinato, y en ese cauce hacia la independencia perdieron su vida muchos poblanos ilustres, incluyendo a realistas como el marino Gonzalo López de Haro.

Contrastan con los desastres de la guerra las iniciativas ilustradas que dejaron su huella en Angelópolis. Oportunamente, boticarios y científicos comprometidos con las Luces acreditaron su saber durante las numerosas epidemias que asolaron Angelópolis, como aquel terrible contagio de fiebres pútridas que en 1813 causó 7 603 defunciones. Nuevas infecciones atemorizaron a la feligresía en 1833 y en 1850 (Rosalva Loreto López, op. cit., p. 35).

En la pugna por independizarse de la Corona española Puebla brindó ejemplos notorios, como los del letrado Juan Nepomuceno Rosas y los pintores José y Luis Rodríguez Alconedo. Finalmente, se instituyó en la ciudad una diputación provincial el 18 de agosto de 1821.

La conformaban seis diputados propietarios y seis suplentes. A la caída de Agustín de Iturbide el 8 de febrero de 1824, le siguió un juramento solemne: el del Acta Constitutiva de la Federación. Con ello, los Estados mexicanos podían diseñar su particular constitución. Fue el 19 de marzo de 1824 cuando inició sus actividades el Primer congreso constituyente.

Cumpliendo con la requerida liturgia, el gobernador estatal, José María Calderón, juró el texto constitucional el 7 de diciembre de 1825. Sin duda, se mantuvo atento a todo ese trance el padre del federalismo, José Miguel Ramos Arizpe (1775-1843), quien era en 1831 deán de la catedral.

También era natural de esta Ciudad de los Ángeles Ignacio Comonfort, que ejerció como presidente de la República Mexicana desde el 11 de diciembre de 1855 hasta el 30 de noviembre de 1857.

No pocas de las acciones de Comonfort se explican a través de la rebeldía de las fuerzas conservadoras, las cuales propiciaron una sublevación que halló su sentido último en la llamada guerra de Reforma.

Siendo presidente Benito Juárez, las tropas conservadoras y un ejército francés que respaldaba la causa de Maximiliano de Habsburgo planteó una estrategia de difícil resolución, en la que se enfrentaron el mariscal Laurencez y el general Zaragoza.

El escenario fue la ciudad de Puebla y la fecha el 5 de mayo de 1862. Un día antes, los franceses habían ocupado Amozoc, anticipando así el asedio al fuerte de Guadalupe, defendido por mil quinientos hombres. La batalla adquirió dimensiones épicas, y a las cuatro de la tarde del día 5, Laurencez ordenó la retirada de sus hombres. Premiando esta gesta, un decreto de Benito Juárez de 1862 declaró Benemérito de en grado heroico al general Zaragoza. Desde la publicación de dicho decreto, la ciudad de Puebla llevó el nombre de Puebla de Zaragoza.

A la cabeza de su regimiento de lanceros de Oaxaca, también destacó en esa memorable batalla Porfirio Díaz, a quien el destino reservaba nuevas posibilidades de lucimiento.

Lamentablemente, las tropas francesas y las conservadoras se reunieron el 18 de mayo en Orizaba, aumentando su fuerza gracias a los soldados de refresco que llegaron de Francia a las órdenes general Forey.

De ese modo, el 18 de marzo de 1863 se completó exitosamente el asedio a la ciudad de Puebla, que cayó en manos del ejército invasor el 17 de mayo (véase Pedro Pérez Herrero, Porfirio Díaz, Historia 16, Ediciones Quorum, Sociedad Estatal para la Ejecución Programas del Quinto Centenario, Madrid, 1987, pp. 57-64).

Dejando a un lado el drama protagonizado por el emperador Maximiliano y por su esposa, la pugna entre liberales y conservadores tuvo asimismo un espacio erudito. Cabe recordar aquí a José María Lafragua, liberal poblano cuya biblioteca fue institucionalizada el 16 de septiembre de 1885, y asimismo a intelectuales como Alejandro Arango y Escandón y Gabino Barreda.

La misma actitud librepensadora puede identificarse con el pintor José Agustín Arrieta. En una clave más beligerante, Puebla aportó la figura de los hermanos Serdán. Aún más: como miembro destacado del Partido Antirreeleccionista, Aquiles Serdán inició la lucha armada de 1910 y defendió con fervor la causa maderista, dejando su vida en el empeño.

Sin relajar vínculos e inquinas, la Revolución dio importantes giros en Puebla. Así, los antiporfiristas del Estado obedecieron a Emiliano Zapata. De hecho, cuando Madero alcanzó la presidencia el 6 de noviembre de 1911, los zapatistas mantuvieron su postura.

El 9 de febrero de 1913 comenzó la Decena Trágica y Victoriano Huerta, ministro de la Guerra, escenificó esa famosa traición que condujo a la muerte de Madero el 22 de febrero de 1913, en la penitenciaria de Lecumberri. Toda rebelión poderosa tiene un doble precio de sangre y exilio, tal y como pudo advertir don José Ramón Ibarra y González, arzobispo de Angelópolis entre 1902 y 1917.

Tras la refriega más acalorada, preludio del nuevo orden de la nación, México fue conquistando un progresivo equilibrio institucional. Ello también atañe a Puebla, situada en un prometedor umbral que el tiempo fue colmando de dones.

En 1950 el XXXVII Congreso Constitucional del Estado decretó que la capital fuera llamada Heroica Puebla de Zaragoza. Para reconocer y preservar el centro histórico, en 1977 el Gobierno Federal decretó que fuese considerado zona monumental. Una década más tarde, en diciembre de 1987, la Unesco lo declaró Patrimonio de la Humanidad.

Con el orgullo así acrecentado, Angelópolis recobró al inicio del siglo XXI su viejo nombre, el mismo que la dio a conocer durante el virreinato: Puebla de los Ángeles.

Imagen superior (Catedral de Puebla) © Bruce Herman. Cortesía del Centro de Prensa del Consejo de Promoción Turística de México. Reservados todos los derechos.

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.


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