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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
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Ian Kershaw: "Hitler 1889–1936"

Adolf Hitler

Ian Kershaw: Hitler 1889–1936, traducción de José Manuel Alvarez Flórez, Península, Barcelona, 1999, 773 pp.

Tras recontar no menos de 120.000 trabajos sobre Hitler, el profesor Kershaw decide, con intrepidez y paciencia, insistir sobre el tema. El abultado volumen sólo llega hasta el momento en que las tropas alemanas reocupan Renania, en 1936, en contra de los pactos vigentes de Versalles y Locarno.

Más que un tema, Kershaw enfila a un personaje: un oscuro cabo bohemio del ejército derrotado en la guerra mundial, un frustrado pintor, un frecuentador perezoso de cafés y mentideros, sin talentos, vicios ni virtudes reconocibles. No bebe, no fuma, no gusta de ningún sexo, lee libros de segunda mano y novelas del Oeste.

Con los años, llegado a la suma del poder absoluto, mostrará ser un mal administrador, desorganizado y abúlico, capaz de arranques furibundos, de exterminios despiadados y de apuestas de alto riesgo que le saldrán bien hasta que se embarque en el desastre militar más grandioso de la historia.

Ya en 1930 trazaba su horizonte al invocar un ideal político de unión por encima de la sociedad, en la comunión mística del pueblo, en una «comunidad de un pueblo que, por encima de todas las diferencias, restaurará la fuerza común de la nación o la llevará al desastre». Enfrente, la humanidad, que su compañero Goebbels definía con harta precisión gráfica como «un montón de mierda congelada».

Hitler circuló entre ambas como un sonámbulo que confiaba en la providencia, según sus propias palabras. Desde luego, un historiador como Kershaw, dotado de una prolijidad infatigable, no puede aislar al individuo del contexto, sobre todo porque se trata de un individuo de muy escasa entidad como tal.

La grandeza de Hitler proviene de su presencia en el imaginario de los demás, como un pequeño monigote aumentado por un artilugio de proyección luminosa.

Hitler fue la población de fantasmas que recorrió la Europa de entreguerras, jaqueada por el terror a un nuevo conflicto, la amenaza bolchevique, la Gran Depresión y la humillación de recordar que sólo una intervención norteamericana pudo decidir el terrible pleito bélico de 1918.

No era, por cierto, la fuerza de una ideología sólida y elaborada, como la que sostenía al comunismo, ni la relativa originalidad intelectual del fascismo, lo que sostenía el discurso hitleriano.

Las ideas del Führer eran triviales y sobadas, una enésima recaída en los tópicos románticos de la misión providencial de Alemania en el destino de Occidente y la comunidad misteriosa que liga a los miembros de una tribu entre sí y con su caudillo redentor.

Tampoco la eficacia de sus políticas concretas, que sacaron episódicamente del paro a muchos trabajadores pero no pudieron mantener un proceso a largo plazo ni sofocar los brotes inflacionistas.

En cuanto a la estrategia prolongada de la guerra, se vio que era errónea. Sin embargo, bajo la mirada sesgada de los grandes poderes económicos, la desconfianza del ejército y la repugnancia de gran parte de las clases cultas, Hitler, como el mago del cuento de Thomas Mann, consiguió hipnotizar a todo el mundo, desde el filósofo Heidegger hasta el general Guderian, el arquitecto Speer y el músico Furtwangler.

Jugó con el miedo y la incoherencia de los aliados que debían ser sus enemigos internacionales y, cuando se intentó detener su empellón beligerante, ya era tarde: por evitar una pequeña conflagración se desató la mayor de todos los tiempos. Es cierto que la dirigencia alemana estaba descompuesta, el país desarticulado y militarizado, y los partidos que pudieron reunirse para neutralizarlo, dispersos en oposiciones intestinas. Las derechas carecían de cohesión y las izquierdas estaban ensimismadas en rumiar la más bella revolución anticapitalista.

Sin contar con la mayoría de la opinión, Hitler aprovechó este desbarajuste y se apoderó de todos los mecanismos del mando.

El libro de Kershaw, aparte de su implacable documentación y cierta flema al considerar al personaje que tenía una imagen grotesca y una potencialidad trágica, permite reconstruir la perversa e intensa relación de Hitler con los alemanes, un pueblo al que odiaba y que demandaba, precisamente, a un caudillo que lo exaltara desde su odio y lo condujera al autocastigo catastrófico.

Una Alemania ensimismada, creída de su victimismo, encerrada entre el Occidente democrático y el Oriente bolchevique, con lazos abstractos, filosóficos y musicales, con un mundo igualmente abstracto. Prisionera y suicida, esta Alemania se parece a las dos mujeres con las que convivió Hitler: Geli Raub y Eva Braun. Una Alemania que, como las masas vistas por Hitler, es femenina, reclama un amo y pide que la hagan gozar con el dolor.

Como bien dice Kershaw, hay que inhibirse de pensar que el hitlerismo, fenómeno de aparente primitivismo político, fue un rapto salvaje en medio de una civilización exquisita.

Por el contrario, sólo un país culto y tecnológicamente avanzado como Alemania pudo producirlo. Cabe volver a otro texto de Thomas Mann, que tanto conocía a los alemanes por dentro y desde la lejanía del exilio: Hermano Hitler. Sí, Hitler es nuestro hermano, es la enésima consecuencia de un proceso civilizador que potencia, mientras crece, el desarrollo de la barbarie que lo cuestiona radicalmente.

Hitler fue bárbaro, pero no elemental. Fue tan bárbaro como podemos serlo nosotros, cualquiera de nosotros. Por eso, volver sobre sus pasos es como desempolvar los ocultos senderos que yacen bajo nuestras impecables autovías. El hipnotizador puede volver a paralizarnos ante sus mismas amenazas.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos


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