
Con este volumen Ian Krshaw remata su paciente y robustísima biografía de Hitler. Casi todo él está ocupado por la guerra, colosal ceremonia del dolor y el destrozo que bien puede enorgullecer a cualquier procer de la aniquilación: 50 millones de muertos, 11 millones de alemanes movilizados, con más de 6 millones de difuntos entre soldados y civiles, 6 millones de trabajadores extranjeros como mano de obra esclava.
Y todo ello, tan primitivo en su arrasadora crueldad, servido por los ingenios más sofisticados que pudo proponer la ciencia de la época. Kershaw describe, con admirable y distante parsimonia, que exalta más todavía el horror de lo horrible, el proceso por el cual la Alemania nazi –y, con ella, buena parte de una Europa altamente nazificada por el falso europeísmo nacionalsocialista– construye una titánica trampa que se cierra a partir de las batallas de Stalingrado y El Alamein: no poder ganar la guerra ni negociar la paz. Capitulación o destrucción. En la sociedad civil, descontento abatido, pero ninguna rebeldía.
La obsesión destructiva es –y continúo glosando a Kershaw– finalmente suicida. Quien destruye al otro, ignora que el otro es la fuente del ser, el reconocimiento. Destruir al otro es una manera oblicua de autodestruirse.
Evidentemente, Hitler fue un mal lector de su admirador Heidegger, supuesto que se haya enterado de su existencia. El otro del hitlerismo (versión canalla y trivial de cierto romanticismo) es la doble herencia de la Ilustración: la democracia liberal y el socialismo.
La guerra mundial fue el escenario donde se enfrentaron esos dioses históricos de la modernidad: el instinto y la razón. Ganó la razón, que es una diosa cruel como la vida misma.
Crueldades como Hamburgo, Dresde e Hiroshima lo acreditan.
Con necesario optimismo, podríamos pensar que sucedió el ocaso de los dioses de la Historia y que, a renglón seguido, podríamos estar empezando una historia más humana y menos divina, mediocre y trapichera, pero pacífica. O menos bélica, por lo bajo. En efecto, aquella guerra parecía entablada por quienes se creían dueños del favor providencial: ingleses y alemanes, con distinta modulación, portaban las insignias de la raza superior; Estados Unidos, del destino manifiesto; la Unión Soviética, de la verdad científica de la historia; Japón, la sacralidad del Estado, encarnada en la persona igualmente sacra del emperador.
El único personaje profano del escenario parece Mussolini, el comediante. El reverso de tanta grandiosidad trágica es la anécdota pintoresca de las bambalinas nazis.
Hitler, por ejemplo, tenía reticencia (quizás incapacidad) de dar la mano a un negro, como el atleta Jesse Owen, vencedor en las Olimpiadas berlinesas de 1936.
En pleno derrumbe, discute seis meses si deben prohibirse o no las carreras de caballos y se enfurece cuando ve en una exposición vienesa unos cuadros modernos seleccionados por su sicario von Schirach.
En la segunda mitad de 1944, por su orden expresa, 187.000 soldados se retiran de los frentes para actuar como extras en la película Kolberg, que narra la resistencia de un pueblecito báltico contra la invasión napoleónica. Mientras las bombas rusas demuelen su Cancillería, se hipnotiza ante la maqueta de la ciudad de Linz que hará reconstruir cuando gane la guerra.
Entre tanto, lee la biografía de Federico el Grande por Carlyle, esperando el milagroso final de la zarina que dio vuelta el curso de la Guerra de los Siete Años.
Da la medalla de oro del partido a Magda Goebbels, poco antes de que la buena señora disponga matar a sus seis hijitos con inyecciones de morfina aseguradas con dosis de veneno.
Mientras tanto, el traidor Himmler proyecta rendirse al general Eisenhower y duda si darle la mano o inclinarse ante él. Dice Borges que la muerte nos revela nuestro verdadero rostro eterno y que Hitler, sin saberlo, buscó ser castigado y escarnecido.
La lectura que el Conductor hace de su propia historia confirma la ficción borgiana. Hitler se creía un protagonista de la Providencia, que lo había escogido para devolver una patria al imperio alemán.
Estaba seguro de que la Historia no se olvidaría de él, se pasaba la vida hablándole a Ella, esa hipóstasis que era la única digna de interpelarse y ser interpelada por el Conductor.
La Historia hitleriana era la Gracia divina otorgada al Elegido, o sea al más fuerte. Pero Hitler se equivocó al descifrar el decreto divino. El Elegido no era él, era Stalin.
La raza fuerte no era la tudesca sino la eslava. Y la omnipotencia estaba en manos de su bestia negra, la judería internacional. Tampoco el modelo de Federico el Grande resultaba oportuno: el rey prusiano era afrancesado, homosexual y masón, tres taras que Hitler no disculpaba a nadie.
Es curioso pero lógico, visto con esta luz, el juicio que los enemigos merecen al Conductor. Mientras caricaturiza a Roosevelt, desprecia a De Gaulle y define a Churchill como un cerdo borracho y sin carácter, Stalin lo deslumhra: «uno de los seres humanos vivos más grandes puesto que, aunque sólo a través de una durísima coacción, había logrado soldar en un Estado a aquella familia conejil eslava»... «uno de los personajes más extraordinarios en la historia del mundo» que apenas salía de su despacho pero podía gobernar desde él por medio de una servil burocracia.
Es de sospechar que el dictador soviético devolvía, disimuladamente, su admiración a Hitler. Como él, improvisó al principio de la guerra con Alemania, tenía ataques depresivos tras las derrotas y reaccionaba airadamente con purgas y destituciones. Fue más astuto y dejó paulatinamente la lucha en manos de los especialistas, en tanto Hitler se cargó a su brillante Estado Mayor y lo sustituyó por personajes obedientes e incapaces.
El resultado final fue que aceptó el oculto decreto providencial: Alemania merece la derrota y la aniquilación, el Conductor debe guiar a su pueblo a la catástrofe y pegarse un tiro antes de que los rusos le echen mano. Delicadamente, propondrá a su mujer la estricnina. No por nada los había casado el día anterior un tal Wagner. El final–final de Adolf y Eva parece el dúo de Tristán e Isolda en clave de folletín: la muerte de amor a quince metros bajo tierra, en un búnker irrespirable, en vez del jardín del rey Marke.
Y, a lo lejos, en sustitución de los nobles cazadores y su trompetería wagneriana, los camareros en la cocina, despachando en alegre borrachera las últimas botellas de Moét et Chandon.
Aunque Kershaw exime a Hitler de toda locura, es insoslayable que el remate de la historia tiene mucho de psicosis paranoica. Pero, más allá del aspecto clínico, ajeno a la profesión del suscrito, es interesante vincular la mentalidad paranoica con la dictadura.
Este señor que monologa, no admite la voz del otro, rechaza toda culpabilidad, busca chivos expiatorios, ve a traidores por todas partes, se cree el objeto de la persecución universal, guarda secretos y resulta hermético, pega estentóreos repuntes a todo el mundo, dice siempre la verdad y nunca se equivoca, se ve como el único depositario del deseo de la Providencia, es tanto Hitler como cualquier dictador contemporáneo.
Ni siquiera los reyes absolutos le ganaban en absolutismo, valga el pleonasmo, pues el rey absoluto lo era porque ningún otro poder del Estado coartaba al suyo, pero debía obedecer estrictamente al mandato recibido de Dios, cumplir con minucia su código, so pena de transformarse en déspota y merecer el magnicidio. A Hitler nadie fue capaz de matarlo, a pesar los atentados.
Él resultó dueño único y exclusivo de su muerte, funeral vikingo y encina quemada del dios Wotan, que destruye el mundo para impedir que los enemigos se apoderen de su dominio. En clave de caricatura filistea y de segunda mano, el nazismo es una colección de los peores atributos de la germanidad: el encierro, la incomunicación, la ignorancia del universo salvo como abstracción, la negación del otro fuera y dentro, ese «país del medio» como lo definió Thomas Mann, que algo sabía del asunto: una sociedad que no sabe dónde está y se aisla en su extrañeza.
También fue el escritor quien, al mirarse en la mirada de basilisco del Conductor (valga de nuevo el pleonasmo) comprendió que era su hermano. Ambos amaban a Schopenhauer, a Nietzsche y a Wagner.
Cada cual a su manera, porque en la familia de Mann está presidiendo la mesa Goethe, jamás mencionado en las conversaciones del dictador. Y, para siempre, el dictamen goetheano es el inverso al hitleriano: no alemanizar el mundo, sino universalizar Alemania.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos































































































