El antecedente de la invasión fue el Pacto de No Agresión Germano Soviético firmado el 23 de agosto de 1939. Su auténtico leit motiv era el deseo por parte de ambas dictaduras de resarcirse, a costa de sus vecinos, de las pérdidas territoriales sufridas tras la primera Guerra Mundial.
Entre esas perdidas territoriales, se contaban las que dieron lugar al renacimiento del estado polaco.
Al invadir Polonia, a Hitler le preocupaba más soliviantar a la URSS que los compromisos de defensa adquiridos por Gran Bretaña y Francia. De ahí el pacto entre ambos dictadores, que no sólo se limitaba al desmembramiento y reparto de Polonia.
De hecho, el pacto acordaba la no agresión mutua y marcaba una serie de esferas de influencia para cada nación: Stalin tenía sus miras puestas en Finlandia y los estados bálticos, entre otros, y Hitler se aseguraba el frente oriental para, a diferencia de lo ocurrido en la Primera Guerra Mundial, enfrentarse a los aliados occidentales en un sólo frente.
Todo el plan de partición de Polonia estaba contenido en unos protocolos secretos que, una vez más, resaltaban la naturaleza criminal de ambos regímenes.
Hitler y Stalin actuaron como gangsters de Chicago o miembros de las cinco familias de la mafia neoyorquina, repartiéndose un barrio, una ciudad… acotando zonas y actividades y evitando fricciones que hicieran resentirse sus beneficios.
Guerra relámpago
Alemania invadió Polonia el 1 de septiembre y, gracias a la novedosa técnica de la guerra relámpago (blitzkrieg), a mediados de mes tenía bajo su yugo la mitad del país.
Si para entonces la situación de Polonia era desesperada, cuando la URSS invadió el país por el este, ésta se tornó insostenible.
Con la confusión de los primeros momentos, hubo entre los polacos quien pensó que el Ejército Rojo venía en su ayuda para hacer frente al agresor germano. Pero esta ilusión pronto se desvaneció, al igual que la resistencia ante los invasores.
Para los primeros días de octubre, las últimas bolsas de resistentes polacos ya habían sido aniquiladas.
Los soviéticos argumentaron que el motivo de la intervención era la salvaguarda de las comunidades eslavas en Polonia, que antaño habían pertenecido a la Rusia zarista, formadas por ucranianos y bielorrusos.
En todo momento, los rusos manifestaron su afán de neutralidad.
Terror estalinista
A pesar de la hipocresía de la URSS, quedó claro que estaban allí para quedarse, haciéndose con un territorio cuya extensión era algo más de la mitad de Polonia, habitado por 13 millones de almas, frente a los 22 millones de la zona bajo dominio nazi.
Inmediatamente, los soviéticos pusieron en marcha la maquinaria del terror estalinista, cuyo primer avance fueron los fusilamientos de soldados polacos que tuvieron la osadía de hacer frente al Ejército Rojo invasor.
Además, comenzaron las depuraciones de funcionarios, de miembros de las fuerzas de seguridad o de aquellos que encajaban en la denominación de enemigos del socialismo. Para desgracia de los polacos bajo dominio alemán, el trato que recibieron no fue muy diferente.
A medida que la burocracia soviética iba ensamblando su andamiaje, el uso del terror se fue haciendo menos brutal y más sistematizado. Incluía deportaciones a gulags, desapariciones y, por supuesto, más ejecuciones.
Pasará a la historia de la infamia del género humano la conocida como masacre de Katyn: una serie de fosas comunes localizadas en 1943, donde yacían mas de cuatro mil oficiales polacos –algunos autores elevan la cifra a más de 20.000– con las manos atadas a la espalda y un disparo en la nuca.
Aunque los soviéticos intentaron culpar a los alemanes de tales atrocidades, todo indicaba que los autores fueron ellos. Este hecho sólo pudo demostrarse con la apertura de los archivos que siguió a la caída de la URSS, en la última década del siglo XX.
A finales de octubre de 1939, se organizó una farsa electoral en los territorios de mayoría bielorrusa y ucraniana, donde la “voluntad popular” votó mayoritariamente a favor de la incorporación en la URSS.
A continuación, se produjo una autentica limpieza étnica, erradicando la lengua, economía, política y lengua; en definitiva, la identidad polaca.
No obstante, estas medidas fueron suavizándose de manera leve en 1940, tras la derrota de Francia ante los nazis, que comenzaban a experimentar las simpatías que despertaban entre los nacionalistas ucranianos.
A medida que crecían los temores soviéticos a una agresión alemana, Stalin emprendió campañas de propaganda para excitar el sentimiento anti alemán de los polacos. Esto conllevó cierta relajación en las medidas represivas: se hicieron ciertas concesiones en el terreno cultural y lingüístico y se barajó la posibilidad de crear unidades polacas en el seno del Ejército Rojo.
Obviamente, estas medidas hipócritas estaban destinadas a hacer de la Polonia ocupada un estado tapón frente a la Alemania nazi. La intención era usar a los polacos como carne de cañón.
Para su desgracia, miles de polacos encarcelados en prisiones de su territorio patrio no tuvieron ni siquiera la opción de enfrentarse a la ofensiva nazi. Cuando ésta se produjo, los soviéticos en retirada asesinaron a sangre fría a decenas de miles de ellos, muchos en las mismas celdas que ocupaban. No deseaban dejar con vida a polacos deseosos de revancha.
Foto superior: El 23 de septiembre de 1939, durante el desfile de la Wehrmacht y del Ejército rojo en Brest, el general Heinz Guderian y el brigadier Semyon Krivoshein posan en actitud amistosa.































































































