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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
  15 de noviembre de 2011 - 12 de febrero de 2012
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La Segunda Internacional Socialista

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Como parte de los festejos de la Revolución Francesa, los socialistas se reúnen en París e intentan refundar la Internacional. Esta, creada en Londres, en 1864, se ha dividido en La Haya, en 1872. De hecho, ha quedado en manos de los sindicalistas revolucionarios, que se autodenominan «federalistas».

El fracaso de la Comuna de París (1870) los hiere de muerte, pero la línea reformista no logra rehacer la organización. A su vez, los delegados del 89 se encuentran subdivididos en dos tendencias: los posibilistas y los marxistas.

Estos, los más numerosos, se reúnen en la Sala Pétrelle y nuclean a los laboristas norteamericanos, los socialistas franceses y los socialdemócratas alemanes, dispuestos a relanzarse contra las prohibiciones bismarckianas.

Las conclusiones doctrinarias son sencillas y modestas. Se acuerda celebrar el Primero de Mayo en todas las ciudades del mundo y luchar por reivindicaciones concretas: la jornada máxima de ocho horas, la regulación del trabajo insalubre, la indemnización por accidentes, el sufragio universal.

Por ahora, se trata de arrancar concesiones al Estado hostil, que será destruido cuando llegue la oportunidad histórica. Los alemanes se manifiestan contra las nacionalizaciones, ya que ello implica entregar parte de la economía a una burocracia formada por burgueses y reaccionarios, a la vez que forja el modelo de partido socialdemócrata dominante en lo sucesivo: una organización que se maneja a sí misma y que se vale de los sindicatos para reclutar afiliados y, de vuelta, llevar las consignas de la dirección a las masas.

No sólo la burguesía ha inhumado la revolución. Por lo que se ve, también los internacionalistas socialistas se han vuelto prudentes. Se inicia la época que Ortega denominará «del alma desencantada», el principio de la crisis de «los grandes relatos» que se viene contando la humanidad. Sólo el mesianismo reaccionario o el anarquismo insisten en cortar el hilo de la historia y empezar de nuevo. Para adelante o para atrás, pero de nuevo.

El fracaso de la revolución de 1848 y el salvaje aplastamiento de la Comuna hicieron prudentes a los marxistas. La desproporcionada reacción del gobierno republicano francés y, sobre todo, de los militares represores, ante una revolución más bien efímera, endeble y de modestas posibilidades, hundieron a Francia en un republicanismo cavernícola y privaron a la sociedad francesa de su movimiento sindical. Marx y, luego, Engels, privilegian entonces la solidez de la organización sobre el mero revolucionarismo, censurando las revueltas que sólo sirven de pretexto al adversario para destrozar cuadros y descabezar el movimiento obrero con la cárcel y el destierro.

Es preferible la lucha diaria, aunque menuda y gris, y no la gran y brillante revolución que no llega nunca. Conviene proponerse reivindicaciones concretas e inmediatas y tener la estructura pronta para cuando, en la objetividad de la historia, aparezca la necesidad de la revolución.

La Segunda Internacional vuelve a plantear, no obstante su pragmatismo, los problemas ideológicos (e ideales) del socialismo, en tanto proyecto de recambio, es decir: diseño del futuro histórico. Más allá de las diferencias tácticas (la acción pura es siempre legítima para los anarquistas y sorelianos, los mutualistas proponen fundar cooperativas y Bancos obreros para dar poder económico a los desheredados, los marxistas privilegian la organización del partido) hay núcleos irresueltos (¿irresolubles?) en el discurso del socialismo en el XIX. Uno de ellos es el par libertad/ necesidad.

La libertad como la entiende la revolución democrático-burguesa es la indeterminación pura como atributo del hombre.

¿Cómo se compadece con la explicación científica de la historia, sea cual fuere el concepto de ciencia que se maneje? ¿Cómo se piensa una clase, la obrera, que es la única universal y escapa a los condicionantes históricos, provocando, con su liberación, la emancipación del género humano? ¿Cómo pensar el Estado comunista en tanto suma autorrealización social del hombre, culmen de su eticidad, y no como un aparato coactivo y represor, según ha sido siempre el Estado?

El socialismo hegeliano repiensa la historia, lugar en que se encuentran, enfrentados, el sujeto y el objeto, desalojando al fantasma del espíritu absoluto. Bien, pero ¿cuándo y por qué el sujeto y el objeto cesarán de dialectizarse en la sociedad socialista? Lassalle, más claramente mesiánico (no era un judío converso, meramente un judío liberal), identificaba la idea socialista con Dios y la lucha de ciases con una guerra de religión.

La ciencia como espada de Zeus y el dirigente como apóstol completan el tinglado redentorista. Tal vez el dilema continúe en pie: ¿es el socialismo un sustituto de las religiones que aparece a la muerte de Dios? ¿Es la superación de la sociedad capitalista por una sociedad más compleja y más «alta» en su alejamiento de la barbarie, pero sociedad problemática y dialéctica como cualquier otra?

Sólo rescatan los muchachos de la Segunda su fe en el progreso como proceso material: cuanto más se haga en la historia, más nos aproximaremos al momento del cambio cualitativo.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.


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