
El año 1889, por una decisión del almanaque que tal vez sea arbitraria y casual, pero que puede ser digerida por la razón histórica, se proyecta como el comienzo de un siglo, cargando en sus días una serie de acontecimientos que marcan la centuria ahora conmemorada. En el resto de esta rapsodia histórica cuya introducción ya fue ejecutada, nos ocupamos de algunos hechos del 89 que, rigurosa y tendenciosamente, se asocian para formar una constelación.
Mientras se celebra la Conferencia de Bruselas sobre la esclavitud, cae el Imperio en el Brasil, último país esclavista de América. Japón dicta su primera Constitución, aunque conservando el carácter sagrado del Emperador, anunciando su incorporación a las formas políticas de Occidente, al tiempo que su despegue industrial-militar.
La integración de América se esboza en la Primera Conferencia Panamericana, bajo la influencia de los Estados Unidos y en pugna con Ja hegemonía económica inglesa en aquellas tierras. La modernización es contradictoria, pues se suicida el príncipe Rodolfo de Habsburgo, en un episodio del que abusará el folletín, pero que tiene que ver con su talante liberal y progresista.
La integración europea se ve acompañada, como en nuestros días, por la aparición de los pequeños nacionalismos y así se funda el movimiento celta en Inglaterra, vinculado a la independencia de Irlanda.
La cuestión social preocupa a los intelectuales y se dan a la imprenta los Ensayos fabianos sobre el socialismo de George Bernard Shaw, los artículos de George Gissin sobre la miseria del proletariado londinense (The Nether World), las Memorias de un revolucionario del príncipe ruso y pensador anarquista Pedro Kropotkin, y El socialismo en Inglaterra de Sidney Webb.
Una ola de huelgas sacude Europa mientras se instala en Viena, Stuart Chamberlain, ideólogo del racismo y se publica, en Rusia, Tiniebla egipcia, novela antijudía de Víctor Petrovich Kliuchnikov.
El futurismo asoma en novelas de anticipación como Ereiland de Theodor Horzka y El gran sindicato de la guerra de Stockton. Un belicoso nacionalismo alemán anuncia lo que vendrá en textos como Guillermo II y la joven generación de Hermann Conradi y Llamado a los alemanes de Michael Georg Conrad.
Hermann Schell intenta renovar el pensamiento católico con su Dogmática y Alfred Stevens considera cerrado un siglo en el cuadro panorámico que pinta para la Exposición parisina.
El artista de la época se manifiesta en Gauguin, que se pinta a sí mismo con una aureola de santo y pone su cara en el Cristo de su Monte de los olivos.
Nadie entiende a van Gogh cuando muestra su Hombre con una oreja cortada. En cambio se abre la exitosa carrera de Richard Strauss con el estreno de Muerte y transfiguración, poema sinfónico sobre el ciclo de la vida humana.
La ópera, arte del siglo, no tiene un año brillante. Los dos grandes dioses están ausentes: Wagner, muerto, y Verdi, retirado hasta su vejez, en que volverá con ímpetu juvenil y genial.
Massenet compone una pálida Esclarmonde para la Exposición y Dvorak recuerda la Revolución Francesa con El jacobino. El joven Puccini estrena Elgar, todavía impersonal y wagnerizante.
El escritor de la Inglaterra imperial, Rudyard Kipling, publica El libro de la jungla, con su peculiar síntesis de soberbia colonialista y fascinación poi las viejas civilizaciones indias.
Guyau anuncia el sociologismo en la crítica con El arte desde el punto de vista sociológico. La industria adquiere algunos logros e instituciones que nos marcarán decisivamente.
Estamos en plena era de la electricidad y de las multinacionales: se funda la General Electric. En Nueva York se construye el primer rascacielos (el hermano ultramarino de la Torre).
Edison inventa un aparato cinematográfico, el fonógrafo y el cilindro para imprimir sonidos. Por su parte, Eastman, que en 1884 ha inventado el rollo fotográfico, da a conocer la primera película de celuloide, que dará lugar a los primeros filmes en 1893 y 1895. Chardonnet, la seda artificial. Isaac Peral, un español con dificultades, el submarino perfeccionado. Las conmemoraciones del 89 tienen un eco fundamental.
La Revolución Francesa ocurre casi un siglo exacto después que la Inglesa (1688) y a cien años del ciclo de escritos de John Locke sobre la tolerancia y el gobierno civil, que son la base doctrinaria del Estado liberal: un Estado fundado en un libre contrato de los individuos que poseen autonomía y propiedad, hecho para proteger los derechos naturales de los sujetos, que son anteriores al Estado mismo e inviolables por él, y montado sobre un sistema de división de los poderes, que integran una estructura de pesos y contrapesos para evitar que cada uno se exceda en sus atribuciones.
Constitución y código de libertades públicas y derechos individuales son su contenido mínimo obligatorio. Doscientos años parecieron necesarios para que la doctrina de Locke, surgida de la necesidad de racionalizar la primera revolución burguesa triunfante en Europa, se generalizara en el continente y fuera tomada como modelo para la organización política de las naciones que se van integrando al capitalismo de mercado mundial.
Pero la encrucijada en que empiezan estos cien años genera las más violentas respuestas doctrinales, que lo serán, luego, militantes, contra esta realidad que parece, de momento, dominadora.
Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.































































































