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Richard Coudenhove-Kalergi, pionero del europeísmo

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Europa se integra. Tenemos Maastricht, euro, entente defensiva y una Unión con cada vez más aspirantes a jugar en primera.

Estos logros han sido motivo para recordar a los fundadores: Jean Monnet, Robert Schuman, Konrad Adenauer, Alcíde De Gasperi, todos ellos políticos católicos.

En efecto,Europa es una invención romana (del imperio, de la república imperial, del Tratado de Roma) y la Iglesia, en tanto entidad ecléctica, ha heredado esa imagen de reunión inventada por los romanos. Ecléctica y no dogmática: una Europa que ostente una civilización y numerosas culturas, no una Europa identificada sólo con el cristianismo y excluyeme de las sobras. A esa la conocemos de sobra y es la Europa de las guerras de religión y las dos mundiales.

Pero nadie se ha acordado del primer albañil de la casa, Richard Coudenhove-Kalergi (1894-1972), fundador del movimiento Paneuropa en 1923.

Fue un curioso europeo en el mejor sentido de la palabra: un mestizo. Por parte de padre, tenía ancestros flamencos, bohemios y cretenses. Los Kalergi habían alquilado su palacio veneciano a Richard Wagner y de ahí el nombre de nuestro personaje. Su padre, Heinrich, había sido embajador austrohúngaro en Constantinopla, Buenos Aires y Tokio, ciudades excéntricas.

En la capital japonesa conoció a Mitsuko Ayoama, con la que se casó, mestizando todavía más el currículo familiar. De su madre obtuvo Coudenhove unos ojos rasgados de galán en amores exóticos del cine mudo. Y algo así habría de ocurrirle: se unió a una actriz, Ida Roland, lo que provocó la repulsa de su aristocrática familia y le señaló su vocación pública: el libro, la militancia paneuropea, la bohemia dorada de los artistas, intelectuales y diplomáticos.

Coudenhove era cosmopolita por destino y buen gusto, cosmopolita como la nobleza y la intelectualidad de aquella legendaria Viena anterior a 1914, donde germinaba, desde luego, el nacionalismo militante del que surgiría Hitler.

Este nacionalismo empezó a rechazarle por razones estéticas, como plebeyo y pequeñoburgués. No era distinguido y la distinción era para Coudenhove la base de la ética. Una ética platónica que se reconocía en la precisa distinción de lo bello y lo feo. Así intentó explicarlo en su libro La objetividad como principio básico de la moral (1913), donde opone la moralidad de lo objetivo (la forma, lo universal, lo racional) a la inmoralidad de lo subjetivo, lo que no pasa del uno al otro.

Ideal clásico, si se quiere, ideal que va de lo estético a lo político, a lo convivencial. Sus ideas políticas eran tan mestizas y universales como su historia familiar: admiraba la modernidad de los Estados Unidos frente al arcaísmo nacionalista de los imperios europeos, raíz de la guerra, y quería una sociedad donde una aristocracia intelectual administrase una economía socializada. Con todo, los consejos revolucionarios de Munich en 1919 lo dotaron de un persistente horror al comunismo efectivo.

En todo caso, su principio de nobleza y belleza (todos queremos ser nobles y bellos, somos animales estéticos) se oponía a las verdades reveladas del monoteísmo y buscaba lo ético en la naturaleza moral del hombre, no en su devoción sumisa a la divinidad. Así fundó Paneuropa en 1923, inspirándose en la Panamérica de A. H. Fried, y celebró su primer con greso en 1926.

Reunió a intelectuales y políticos. La lista sería interminable. Baste recordar a los contados españoles que le hicieron algún caso: Ortega, Unamuno, Cambó, Fernando de los Ríos. Rescato el emblema elegido, color oro y sangre: el sol de Apolo y la cruz de Cristo, la utopía nietzscheana del placer y el dolor, el sacrificio de Dionisos en la cruz, el despunte del nuevo día sobre el coágulo de la guerra, el tiempo como amanecer en el patíbulo. Pero hay algo más y quizá lo más ponderable en el proyecto de Coudenhove: no haberse limitado a la proclamación idealista de una Europa unida porque así aparece, armoniosa, en los museos y las bibliotecas.

Coudenhove percibió, con agudeza, que Europa no estaría unida si seguía debatiéndose en una maraña de aduanas y un caos de monedas, si franceses y alemanes no armonizaban sus industrias pesadas. Por eso convocó a banqueros como Rotschild y Warburg, a industriales como Heinemann y Mayrisch, organizó comités de empresarios en varios países y recibió apoyos políticos variados, lo mismo que oposiciones cerradas, que íbamos a conocer, reproducidas, en años posteriores: la Unión Soviética, Mussolini, el Papa Pío XI, la dirigencia inglesa, muy ufana de su imperio autosuficiente. Cuando Hitler anexó Austria, Coudenhove huyó a París y en 1940, ante el avance alemán, a Nueva York, vía Lisboa.

Pudo rescatar algunos objetos de su mansión vienesa y se ganó la vida enseñando historia. Ni Roosevelt ni Stalin, futuros administradores del mundo, lo vieron con simpatía, pero sí Truman, cuando se organizó la posguerra hostil y Churchill, desprovisto de imperio, se puso europeísta apasionado.

Adenauer, antiguo seguidor de Coudenhove cuando regía el ayuntamiento de Colonia en tiempos republicanos, se fue convirtiendo en uno de los mentores de la Unión Europea Occidental, el Consejo de Europa, el Euratom. Coudenhove volvió a la carga. Ahora, los tiempos le resultaban favorables. Georges Bidault, ya en 1948, empezaba a pedir un parlamento europeo, elegido por los parlamentos nacionales. Herr Richard vivió lo bastante como para advertir la derrota del ultranacionalismo y la organización de una Europa convivencial, pacífica y laboriosa.

Si quedó extemporáneo en el continente del armisticio (no de la paz) de 1919-1939, la historia le preparó un premio consuelo a la paciencia y al trasfondo de la riqueza cultural de Europa: ser confín, tierra de invasión, mezcolanza, devenir. No conviene olvidarse de Richard Coudenhove-Kalergi.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos

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