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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
  15 de noviembre de 2011 - 12 de febrero de 2012
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Vida de Catalina de Aragón

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La figura de la princesa Catalina pronto se vio arropada por detalles novelescos y exuberantes, muy propios de un melodrama decimonónico, con sus dosis de romance e intriga, y sus lances cortesanos.

Con una mirada menos folletinesca, también se advierte en esta figura la clave que desencadenó un cisma religioso cuyas consecuencias han llegado hasta nuestros días. Pero vayamos por partes. Quien llegó a ser reina consorte de Inglaterra, hija de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, vino al mundo en el Palacio Arzobispal de Alcalá de Henares el 15 de diciembre de 1485.

La presencia del cardenal Pedro González de Mendoza indica el nivel que alcanzó la ceremonia bautismal de la niña, organizada en el templo de la Magistral.

La política de matrimonios pactados que fue tan característica de las monarquías de aquel periodo propició el compromiso de Catalina con el heredero de la Corona inglesa. Sin duda, la joven disponía de notables atractivos para un enlace de estas cualidades.

Educada con extremos acierto y esmero por fray Diego de Deza y fray Hernando de Talavera, la joven protagonizó decorosamente las bizantinas negociaciones que la condujeron desde La Coruña hasta la costa británica. Lo comienzos, hay que decirlo, fueron gratos. Las fiestas que siguieron a su desembarco en Plymouth duraron un año.

Con el boato habitual en estos ceremoniales, el matrimonio regio se celebró en la Abadía de Westminster, el 2 de octubre de 1502. Pero el destino quiso que Catalina enviudase seis meses después, lo cual propició que ella se casara con el nuevo heredero de los Tudor, luego Enrique VIII, quien era por entonces un adolescente de ingrata compañía. Basta releer a sus biógrafos para caracterizar los excesos del joven.

Los nuevos esponsales tuvieron lugar en 1509, y ya desde el principio debió de contrastar la fina espiritualidad de Catalina con el sensualismo desvergonzado de Enrique. «La reina —escribe Salvador de Madariaga— ha traído a Inglaterra la afición a las humanidades que heredó de su madre y aprendió de los mejores maestros españoles. En Westminster y Richmond se rodeó de los mejores humanistas ingleses. Su propio chambelán, lord Mountjoy, era uno de los pocos verdaderos humanistas de aquella corte, y fue su amigo personal y su hombre de confianza para la inmensa labor cultural (como hoy diríamos) de la reina» (Mujeres españolas, Madrid, Espasa-Calpe, 1972, p. 127).

La distancia entre los esposos hizo más llevadera esa divergencia intelectual y psicológica, tensada sin remedio cuando el monarca conoció en 1522 a Ana Bolena. Enturbiando la figura de la reina mediante las intrigas palaciegas de rigor, los partidarios de anular su vínculo con Enrique argumentaban que la española no era capaz de concebir un heredero.

El proceso que siguió a estas intrigas debe ser analizado a la sombra de los movimientos geopolíticos de la época. Cuando Enrique VIII se alzó como jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra, la decisión fue sellada mediante la ejecución del sabio Tomás Moro, una de las pocas autoridades que había defendido a la reina.

El 25 de enero de 1533, Enrique se casaba con Ana Bolena, y poco después un tribunal declaraba la nulidad de su anterior matrimonio, rubricada por el arzobispo de Canterbury. Por su parte, Catalina era confinada en Bedford, pasando luego a ocupar la fortaleza de Buckden y, ya en sus últimos días, la de Kimbolton, en Cambridge, donde pereció el 7 de enero de 1536.

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.


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