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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
  15 de noviembre de 2011 - 12 de febrero de 2012
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La familia del tango

Índice de Artículos
La familia del tango
Tango y modernismo
Sociología del tango
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tango

El tango cantado es casi tan antiguo como el tango a secas, descontada la oscuridad que cubre buena parte de sus orígenes, como ocurre siempre en este tipo de música que pasa de la etnografía al folclore y de éste a la música profesional.

Pero, a pesar de esta antigüedad, cabe aceptar que no hay un tango cantado antes del canónico “Mi noche triste” de Pascual Contursi, divulgado por Carlos Gardel, quien se lo apropia y lo transforma, añadiendo a su preparación escolástica de cantante la prosodia del habla rioplatense.

Los primitivos tangos cantados contenían letrillas burdas, ocasionales y procaces, que el olvido, mayormente, se ha encargado de censurar. Luego, a partir del Novecientos, hay cantantes de modelo zarzuelero, como el matrimonio Gobbi-Rodríguez, o payadoresco, como el citado Contursi.

En rigor, entonces, el tango cantado se produce con su corpus de letras, sus letristas especializados y sus cantoras y cantores característicos, a partir de la señalada noticia.

Las letras que considero se dan en las décadas de 1920 y 1930, cuando la literatura del tango consolida sus dos vertientes, que vienen del modernismo a través de Evaristo Carriego. En efecto, el poeta entrerriano afincado en el porteño barrio de Palermo, desarrolla una elocución culterana en Misas herejes e inventa el escenario suburbano de personajes y escenas típicos en La canción del barrio.

El tango cantado desplegará una vena neomodernista y otra lunfardesca, separando o combinando ambas direcciones en una clasificación bastante precisa de modos: lirismo, sátira, narración, queja amorosa, elegía, etc.

Hago hincapié en las letras de los años veinte/treinta porque es el momento en que el tango resulta contemporáneo de la sociedad donde se produce. Escucha su habla, observa sus transformaciones, describe sus modelos característicos. En el cuarenta su actitud es muy distinta.

Las letras tienden a eludir lo coloquial y lunfardesco. Se vuelven culteranas hasta cantar a las alondras y la nieve, se repliegan a los espacios de una intimidad sin localización.

La alteración urbana apenas los toca. Sus poetas son extraños a la conversión de la urbe en conjunto industrial y si se asoman a tal metamorfosis es para lamentar la desaparición de los barrios idílicos de la infancia, para volver a la burbuja del feliz tiempo perdido. Industrialización y peronismo son asuntos ajenos al tango, a pesar de que algunos de sus más notorios poetas eran simpatizantes del justicialismo: Cátulo Castillo, Homero Manzi, Enrique Discepolo.

En rigor, estos letrados siguen habitando el mundo construido por el tango de los veinte/treinta: patios familiares, malevos esfumados en el tiempo, traiciones al modesto y honrado percal, organitos terminales, callejones de barro y corralones de chatas.

El recurso al modernismo era obligado por varias razones. Se trataba de la gran tendencia modernizadora de la literatura en castellano y había alcanzado cierta popularidad en la prosa y el verso de las colaboraciones en las revistas ilustradas y en las novelas semanales.

Era la expresión culta dominante anterior a la vanguardia poética, que se desarrolla contemporáneamente a las letras de tango. La vanguardia que se proclama agresivamente antimodernista, proviene, mal que le pese y no obstante las sangrantes pullas antilugonianas – como lo reconocerá Borges en la revisión de los años treinta – de cierto Lugones, el de Los crepúsculos del jardín y, sobre todo, del Lunario sentimental.



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