En busca del autorretrato, es un fenómeno muy frecuente la exhumación de diarios, cartas y cuadernos de notas que organizan por escrito la vida de un autor ya fallecido. No escapa a esa costumbre Alejandra Pizarnik, lo cual permite acotar las zonas de sombra de una existencia breve y patológicamente previsible como la suya. Desde luego, el primer asedio a todo ese material es epidérmico y corresponde a la grafología.
Dice Enrique Molina que la letra de la poetisa era «pequeñita, como un camino de hormigas o un minúsculo collar de granos de arena. Pero ese hilo, con toda su levedad, no se borrará nunca, es uno de los hilos luminosos para entrar y salir del laberinto».
Dicho laberinto, al menos en lo que atañe a su epistolario, tiene una primera bifurcación de orden dialéctico.
Sobre esta pista, recuerda Ivonne Bordelois que, de igual modo que la correspondencia de Virginia Woolf «manifiesta una capacidad camaleónica de empatía con sus destinatarios», en el caso de Pizarnik las variaciones de tono y las exclusiones acreditan «una clara voluntad de congeniar con su dialogante, evitar roces o malentendidos, respetar los límites de la intimidad o atravesarlos impunemente si la escucha del otro es disponible».
Sin duda, los diarios que han llegado hasta nosotros son de distinta naturaleza y permiten un rastreo más fiable y jugoso.
Las anotaciones abarcan el plazo que va desde 1960 hasta 1968. A modo de curiosidad académica, es importante resaltar que las entradas de 1960 y 1961 ya fueron editadas por la escritora en la revista colombiana Mito (n.º 39-40, 1962).
Sin ese afán inmediato de publicidad, las entradas sucesivas, seleccionadas y ordenadas por Ana Becciu a la muerte de la escritora, tienen un carácter diverso.
Becciu manejó la documentación que llega hasta 1963, resumiendo los diarios que preparó Pizarnik en 1965. Los demás textos parten de la búsqueda efectuada por Olga Orozco y Ana Becciu.
De un modo claro, tanto los diarios como la correspondencia permiten valorar cuánto deseaba Alejandra relacionarse en el ámbito artístico.
César Aira menciona esa vida social en los medios literarios e incluso alude al esnobismo de la poetisa, afanada en conocer escritores y formar parte de su entorno. «Cuanta más gente conociera —escribe—, cuanto mejores fueran los poetas de los que fuera amiga, más debería cuidarse de dejar flancos desguarnecidos».
Muy significativas por su valor literario (y complementarias de las que ordena Becciu) son las entradas que reúne en su antología Frank Graziano (Fondo de Cultura Económica, 1992). Especialmente en el primer tramo, estas confidencias al diario permiten sondear la psicología del personaje, enriqueciendo la lectura de otras creaciones suyas. El miedo, por ejemplo, es un sentimiento que pone en escena de forma reiterada.
«Cuando entré en mi cuarto —escribe Alejandra el 31 de diciembre de 1960— tuve miedo porque la luz ya estaba prendida y mi mano seguía insistiendo hasta que dije: Ya está prendida. Me saqué los pantalones y subí a la silla para mirar cómo soy con el suéter y el slip; vi mi cuerpo adolescente; después bajé y me acerqué nuevamente al espejo: Tengo miedo, dije. Revisé mis rasgos y me aburrí».
En realidad, Alejandra está hambrienta y tiene ganas de romper algo. «Me dirigí a la mesa y quise escribir un poema pero temí aumentar el desorden de los libros y papeles. Me mordía los labios y no sabía qué hacer con las manos. Me asustaba saberme andando por la piecita desordenada, con la boca devorándose y la memoria petrificada».
A la manera de una profecía que, una vez expresada, debe cumplirse, Alejandra Pizarnik intuye la calma de la muerte y coquetea con la idea de quitarse la vida. La fobia al cuerpo anuncia ese mismo camino, urdido por la fatalidad.
No obstante, el 2 de enero de 1961 ubica de forma aún más clara sus temores, mostrándose autocompasiva y sufriente. «No es verdad —repite a renglón seguido— que aquella mañana tuve miedo. No es verdad, no fue en la parte menos visible del verbo, es ahora, me despierto, tengo miedo. Me he mirado las piernas y he subido mis ojos por mi cuerpo, lentamente, como un cuidadoso pensamiento asesino. Éste es mi cuerpo, dije. Me desperté y he visto. Manos en mi garganta. Qué idiota soy».
Si pudiera tomar nota de su intimidad todos los días, observa el 8 de marzo de 1961, sería una forma de «no perderme, de enlazarme, porque es indudable que me huyo, no me escucho... El más grande misterio de mi vida es este: ¿por qué no me suicido? En vano [procuro] alegrar mi pereza, mi miedo, mi distracción. Tal vez por eso siento, cada noche, que me he olvidado de algo».
Ante sentimientos de tal calibre, el lenguaje pierde entidad y eficacia. Las ideas surgen a borbotones, se atropellan, caen en el tópico evanescente. «Me horroriza mi lenguaje —escribe el 11 de julio de 1965—. Miento todo el tiempo. Si hablo miento. Hay que averiguar por qué. Hay que demorarse. Me gustaría escribir en forma muy simple y clara. Basta de retórica... Me pregunto cómo hacen los demás para soportar el hecho de vivir. Esta es otra cosa que sería bueno averiguar».
Por eso, la escritura palpita y se proyecta de forma súbita en el vacío. Así lo explica y siente Silvia Baron Supervielle, quien añade que «no es su relato lo que importa sino aquello a lo cual podría darle forma. Dar forma no a lo que está muerto sino a lo que jamás ha sido forma hasta aquí. Esperar que, más allá de la inmensidad, donde el silencio ya no está, la voz surja de una región increada».
Nota editorial
Desde que se suicidara en 1972, Alejandra Pizarnik ha ido adquiriendo poco a poco naturaleza de mito y perfil de leyenda.
Autora de culto, venerada por varias generaciones de lectores, Pizarnik se cuenta ya entre las escritoras latinoamericanas más importantes del siglo XX.
Su poesía –íntegramente publicada por Lumen– ha cosechado numerosos adeptos incondicionales, ha creado escuela y la ha hecho mundialmente famosa.
Ahora llegan por fin sus diarios, esperadísimos y totalmente inéditos, la obra de toda su vida, el laboratorio de su obra poética y ensayística, el testimonio estremecedor de su atormentada vida, la crónica de ese descenso al infierno de las palabras y de la existencia que fue su biografía.
Ana Becciu, máxima especialista en la obra de la poeta argentina, ha llevado a cabo una selección de los diarios originales –un manuscrito monumental– a fin de publicar lo más esencial del pensamiento literario de la autora, de sus reflexiones acerca del amor yla muerte, de los resultados de su autoanálisis.
En definitiva, estos Diarios constituyen una fascinante autobiografía, sin duda uno de los textos memorialísticos más importantes del pasado siglo.
Alejandra Pizarnik nació en Buenos Aires y murió en esa misma ciudad en 1972, a los treinta y seis años. Poeta, narradora y ensayista, su obra ha ido creciendo con el tiempo hasta adquirir la categoría de clásico indiscutible.
Copyright © Guzmán Urrero Peña. Este artículo contiene citas de otros textos que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas. Reservados todos los derechos.
Portada y sinopsis de Diarios, de Alejandra Pizarnik, y biografía de la autora © 2003, Random House Mondadori. Reservados todos los derechos
































































































