Dentro del panorama surrealista, hay dos poetas que coinciden con Alejandra Pizarnik: Enrique Molina y Olga Orozco. Con esta última, por cierto, según nos cuenta César Aira, «tendría una relación que excedió la literatura».
Casi en paralelo, la joven poeta accede en 1955 a las creaciones de Antonio Porchia, un poeta «fundamental en la creación del estilo y el procedimiento de Pizarnik. No fue la única que sacó enseñanzas de su obra: el otro fue Roberto Juarroz, y es instructivo hacer un paralelo entre ambos discípulos».
Al reseñar la correspondencia que mantuvo nuestra poeta con el escritor y pintor manchego Antonio Beneyto, Blas Matamoro intuye que, para ella, «los poemas son aproximaciones a la Poesía. No son obras ni textos, sino intentos, borradores, ensayos».
Con todo, a través de ese tanteo, Matamoro establece un inventario de cualidades personales: «ser hija y habitante de la noche, esa madre antigua y regia; buscar con afán la recuperación de los olvidos infantiles; cultivar sin confusión el laberinto de una compleja identidad, centrada en deseos nítidos; existir en una soledad sin fondo y sin horror; practicar una estética de la locura (Artaud, Lautréamont) como defensa contra la locura».
En esa lucha contra la dispersión, Alejandra Pizarnik ensaya diversas estrategias. Una de ellas es el destierro, puesto en práctica en París desde 1960 hasta a 1964. Pero ni siquiera ese nuevo extrañamiento relaja su íntima tensión. «En el fondo —escribe en su diario el 25 de julio de 1965— yo odio la poesía. Es, para mí, una condena a la abstracción. Y además me recuerda esa condena. Y además me recuerda que no puedo «hincar el diente» en lo concreto. Si pudiera hacer orden en mis papeles algo se salvaría. Y en mis lecturas y en mis miserables escritos».
Ya se ve: el ensimismamiento hermético y la muerte son los dos puertos que la esperan. Otra empresa posible es el silencio, que se presenta de dos maneras en su obra.
Así lo explica Anna Soncini: «La primera —temible y peligrosa para la palabra poética, aún en antítesis con ella— corresponde a la incapacidad de enunciación. (...) La otra —atracción y fuerza de la palabra poética— simboliza un mundo auténtico, intacto y perdido, y confina con la poesía misma, además de ser el componente necesario de la resonancia propia del lenguaje lírico».
Nota editorial
Lumen publica la obra poética completa de una de las escritoras argentinas más emblemáticas de la segunda mitad de siglo, la controvertida, polémica y malograda Alejandra Pizarnik, figura de culto de las letras hispanas y una autora que se internó por infiernos raramente visitados por la literatura española.
Su poesía se caracteriza por un hondo intimismo y una severa sensualidad o, en palabras de Octavio Paz, la obra de Pizarnik lleva a cabo una “cristalización verbal por amalgama de insomnio pasional y lucidez meridiana en un disolución de realidad sometida a las más altas temperaturas”.
Nuestra edición, a cargo de Ana Becciu, incluye los libros de poemas editados en vida de la autora y los poemas inéditos compilados a partir de manuscritos.
Alejandra Pizarnik nació en Buenos Aires y murió en esa misma ciudad en 1972, a los treinta y seis años. Poeta, narradora y ensayista, su obra ha ido creciendo con el tiempo hasta adquirir la categoría de clásico indiscutible.
Copyright © Guzmán Urrero Peña. Este artículo contiene citas de otros textos que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas. Reservados todos los derechos.
Portada y sinopsis de Poesía completa, de Alejandra Pizarnik, y biografía de la autora © 2003, Random House Mondadori. Reservados todos los derechos
































































































