
Por complicidad con sus admiradores parisinos, el cineasta chileno Alejandro Jodorowsky elige cada semana una cafetería misteriosa, y cuanto allí sucede por la noche condensa lo que las leyendas suelen decir.
Solos o en grupo, van llegando los adeptos, atraídos por el deseo de ver algún prodigio, quizá inventándose pretextos, más inclinados que nunca a creer en lo fabuloso.
Al descender por el subterráneo, todos van abreviando los saludos hasta pasar perfectamente desapercibidos, en esa actitud que tanto recuerda las cofradías herméticas del siglo XIX.
A todo esto, se hace el silencio y Alejandro comienza su mágica rutina: esparce sobre la mesa un tarot de Marsella, sonríe, descifra de corrido los naipes, y ya en la surrealidad, sondea los arcanos mayores e incluso se permite resucitar fantasmas que, atención, siempre traen noticias benignas. Al parecer, lo primordial en este juego es una doctrina que nace de dos expresiones, la psicogenealogía y la psicomagia, doble y poco discreta descomposición de los modelos míticos, cuya forma de operar, tan seductora, motiva la felicidad de los presentes.
Aunque inicialmente circulan por la sala rumores de tono brujesco, pronto se verá que Jodorowsky, el psicomago, emplea los mismos resortes llegada la hora de escribir novelas e historietas, rodar películas e incluso actuar sobre un tablado. No en vano, si se repasa comparativamente todo ese repertorio, su lugar de confluencia cabría hallarlo en la entidad familiar que el cineasta llama Rebe; un ermitaño del Cáucaso, fervoroso de la Cábala, convertido en ángel guardián de Alejandro y los suyos. Sin descartar de un modo definitivo el delirio, nuestro artista anota lo siguiente: «Podría ser la esquizofrenia, y no un viaje real fuera del cuerpo, la que haciéndonos herederos de su locura nos lo transmitió. Sin embargo, alucinación o no, el Rebe cambió nuestras vidas». Quien así reconoce el milagro, también recupera en su obra los climas del encantamiento, pero sin acertar a entender de dónde proviene su caprichosa inspiración.
Al lector que le intrigue la personalidad de Jodorowsky viene al caso recomendarle una sesión de lectura que incluya sus dos novelas con duende chileno, Donde mejor canta un pájaro (1994) y El niño del jueves negro (1999), y en vivo contraste, varios de sus tebeos, por ejemplo Fábulas pánicas (1967) y la serie de John Difool (1980), ilustrada por Moebius.
Completando el inventario, circula por festivales y cinematecas su obra fílmica, en adecuada sintonía con la vanguardia, tan exagerada en sus convenciones como aquel movimiento Pánico fundado por el psicomago años atrás, junto a Fernando Arrabal y Roland Topor.
Con un arriesgado ensamblaje, el cine de Jodorowsky basa sus coordenadas en un poliedro: Borges, Bretón y el misticismo tibetano, Jung y el tarot, el Rebe, los tebeos y el teatro del Grand Guignol, redescubriendo, tal vez, la fórmula esencial del surrealismo. Todo ello hace que muchos espectadores rechacen el barroquismo impenetrable de sus filmes: El Topo (1971), aun formando un western, resulta ser nada menos que un combate entre carnaval y cuaresma; La montaña sagrada (1973) es una feria de las tinieblas repleta de simbología católica; Tusk (1979), rodada en la India, homenajea el poderío místico de los elefantes; y a otro nivel, Santa Sangre (1989) desarrolla un melodrama implacable en un circo que rezuma crueldad. Como puede verse, despliega Jodorowsky un repertorio de cabaré, tan insólito y abigarrado como sus sesiones de tarot en el París nocturno, fruto de la invención, o quizá del desvarío.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.































































































