
Cinco días antes de su fallecimiento, acaecido el 28 de abril de 2000, Buero Vallejo acude a la representación de La visita de la vieja dama, de Friedrich Dürrenmatt, en el madrileño Teatro María Guerrero.
Su asistencia como espectador tiene un costado familiar, pues en la función participa su mujer, la actriz Victoria Rodríguez. Pero esa llegada de Buero a la sala también puede ser vista como su despedida de un espacio escénico que le resulta muy cercano, pues en él creció como dramaturgo.
Con la voz definitivamente quebrada, el cuerpo maltrecho, sólo afirmado por una silla de ruedas, y el tiempo medido por un calendario adverso, Buero parece entenderlo así: llega el momento explícito del adiós.
Una vez más, posa su mirada contemplativa en el escenario, dispuesto a sumirse en el abismo, y deja vislumbrar una actitud consecuente con las dos palabras que definen su vida y también su obra: tragedia esperanzada. Llegado así al término, este retrato se enriquece a través de la anécdota que narra el director teatral Juan Carlos Pérez de la Fuente: a las puertas del María Guerrero, le solicita a Buero, una vez más, los derechos para reponer Historia de una escalera, su obra más conocida.
Aunque el reparto está sin definir, la escenografía va a encomendarse al pintor Antonio López. El dramaturgo se ha negado en muchas ocasiones al reestreno, pero esta vez concede: «Venga, por Dios. Hazlo ya de una vez». Y Pérez de la Fuente le toma la palabra.
En apariencia, he aquí una de tantas historias sacadas de los anales teatrales. Pero no nos engañemos; en ella confluyen circunstancias de mayor densidad, alejadas del disfraz momentáneo. Por ejemplo, considérese la opinión del escritor.
En esta línea, cita Virtudes Serrano lo que Buero decía de la pieza que ha de articular su homenaje post mortem: «Es una obra inaguantable (...) Se ha convertido en un tópico, en un lugar común de la enseñanza, y no solamente de la historia del teatro español. Y en ese sentido (...) yo abomino de Historia de una escalera».
Parece obvio que tal descontento sería compartido por cualquier autor que comprobase cómo una de sus obras oscurece a muchas otras de igual o superior mérito. Claro que ese desdén, visto con sensatez de moribundo, queda matizado por el elogio popular. En cierto modo, es simbólico que Buero acepte el fondo del homenaje: no es posible explicar su ciclo literario, ambicioso e indispensable, sin remontarse a esa primera función que puso en marcha el cortejo.
Sin duda, las circunstancias de esa creación proveen un cómodo resumen de inquietudes. Cuando Buero Vallejo fue descubierto en 1949 gracias a Historia de una escalera, no sólo había relegado su vocación por el dibujo.
También, cristalizados en su memoria, figuraban párrafos atormentados: su alistamiento en el ejército republicano, el fusilamiento de su padre y un terrible cautiverio de siete años tras la guerra, en compañía de amigos como el poeta Miguel Hernández, quien no pudo sobrevivir al trance.
En este trazado del destino —su fondo autobiográfico— descubre Buero motivos para la línea dramática exigida por su tiempo. Lo demuestra su estrategia en Historia de una escalera: un microcosmos existencial donde, a pesar de los años transcurridos, se esclerotiza el sentimiento y abunda esa frustración que da el tono de la posguerra.
A lo largo de aquellas primeras 187 representaciones, el público descubrió en la pieza un espacio ideal para la catarsis, el psicologismo analítico y el compromiso moral. Sabido es que la obra también sirvió para remover íntimamente la coyuntura teatral, cuyo mínimo común denominador derivaba por aquellas fechas del divertimento castizo y la evasión menos densa.
Por lo demás, el mismo compromiso de búsqueda de la verdad interior que atañe a los personajes de este primer acontecimiento teatral, viene a caracterizar al resto de las criaturas del humanista Buero, iluminadas año tras año en obras de rara perfección expresiva, entre las que recordamos En la ardiente oscuridad (1950), La tejedora de sueños (1952), Hoy es fiesta (1956), Un soñador para un pueblo (1958), El concierto de San Ovidio (1962), El tragaluz (1967) y La doble historia del doctor Valmy (1968).
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.































































































