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Arturo Pérez-Reverte: cine y literatura

Arturo Pérez-RevertePienso en el marino Coy y en pecios hundidos mientras subo las escaleras de la Casa de la Panadería, en Madrid, y a punto estoy de comentárselo a Pérez-Reverte cuando me cruzo con él. Hay, no obstante, muchas maneras de iniciar un diálogo, y ésta no es la mejor.

Cumpliendo con el protocolo que nos indican los responsables del gabinete de prensa, me dispongo a situarme entre los fotógrafos.

En ocasiones, este ejercicio de observar a alguien a través del objetivo de la cámara es sumamente útil. Y no me refiero tan sólo al hecho de reunir imágenes con las que ilustrar un artículo. Si se hace con las debidas cautelas y con una pizca de atención, encuadrar un rostro e iluminarlo con el flash equivale a un ejercicio de psicoanálisis.

A la sesión acude el resto de nuestros anfitriones. Junto al realizador Imanol Uribe, sonríen los protagonistas de la versión cinematográfica de La carta esférica, Aitana Sánchez Gijón y Carmelo Gómez. Un poco más allá, se sitúa entre el público el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón.

Arturo Pérez-Reverte parece pensar en todas aquellas cosas que hoy ha dejado sin hacer. En un mundo como el de la cultura, en el que casi todo parece haberse convertido en promoción, el escritor selecciona cuidadosamente sus apariciones públicas. Tampoco podría asegurarlo, pero tengo la impresión de que se encuentra entre nosotros por dos únicas razones. Se siente satisfecho con la película y lo acompañan dos amigos como Imanol y Carmelo.

Sí, ya sé que le fotografiamos y le filmamos para promover un estreno. Y no se me oculta que, con esa disculpa, la novela conocerá nuevas ediciones. Pero el escritor no da la impresión de acceder a este encuentro pensando en un gran negocio. De hecho, no creo que a estas alturas piense ya en la rentabilidad de todo este invento.

Aunque jamás se haya puesto uno en su piel, lo cierto es que debe de resultar decepcionante para un escritor comprobar cómo traiciona a su obra una mala adaptación. En sentido contrario, supongo que debe de serle muy satisfactorio comprobar cómo sus personajes cobran vida en la pantalla.

De lo uno y de lo otro tiene experiencia Arturo Pérez-Reverte. “Me han hecho varias películas –dice–, y unas me gustan más y otras me gustan menos. Intento apoyar a todas, en la medida de lo posible. Nunca hablo mal de ellas, salvo cuando son infames, y ya hace mucho tiempo que no me hacen ninguna de ese tipo…”.

Yo mismo hago memoria y recuerdo al menos dos. ¿O quizá tres?

“Ahora que lo pienso –prosigue el escritor–, desde que Jim McBride hizo La tabla de Flandes, no ha habido ninguna infamia más en mi currículo cinematográfico… Aunque ha habido alguna semi-infamia, pero bueno… El caso es que, cuando se trata de películas con las que estoy de acuerdo, y cuando creo que el esfuerzo ha merecido la pena y el resultado ha sido digno, estoy aquí, doy la cara, las apruebo y las apoyo. Y este es el caso, porque la película de Imanol Uribe está muy bien”.

La carta esférica

Va pasando el tiempo, y parece uno advertir que ese elogio es muy sincero. Para concretarlo, el novelista detalla los motivos por los que le agrada esta película.

“Sobre el tema de las adaptaciones –dice–, está claro que hay situaciones bien diferentes. Hay malas películas sobre buenas novelas y buenas películas sobre malas novelas. En el caso de La carta esférica rodada por Imanol, reconozco la historia y los personajes de mi novela. Destaco sobre todo la creación que han hecho sus protagonistas. Hay un verdadero duelo interpretativo entre Aitana Sánchez-Gijón y Carmelo Gómez. Se advierte una tensión entre sus personajes. Una tensión que opera en todos los sentidos, y en la que reconozco perfectamente a los personajes de la novela. También quiero subrayar el esfuerzo tremendo que ha supuesto el rodaje. Hay secuencias que se han filmado a veintiséis metros de profundidad. Es Carmelo y no un doble quien está buceando, con toda la mar encima. El pecio que sale –el barco hundido– es auténtico. En definitiva, el mar es el de verdad: aquí no hay piscinas, no hay trucos. Todo está hecho cámara en mano, corriendo además los riesgos propios de una experiencia marinera”.

Cambia el tercio de la conversación. Y volvemos a hablar de cine, porque una de las asignaturas más complicadas de Imanol Uribe fue la elección del reparto. De ahí que Pérez-Reverte lo felicite con tanta elocuencia.

“La protagonista –dice– es una chica fina. Una chica de buena familia, que sabe sentarse, que sabe moverse, que sabe fumar, que sabe conversar. Una chica bien educada. Y en España hay un problema fundamental, y es que es muy difícil encontrar a una chica bien educada para hacer un papel en el cine”.
Lamento no poder enseñarles una foto de Aitana cuando esas palabras llegan a sus oídos. No obstante, y aunque suene políticamente incorrecto, yo también echo de menos en el cine español a damas sofisticadas, como lo fueron en otro tiempo –tan lejano, ay– Conchita Montenegro, Analía Gadé o Conchita Montes.

El escritor no quiere dejar cabos sueltos, y entra de lleno en la marea.
“No digo que todas las actrices sean ordinarias –añade, consciente de que acechan los malentendidos–, pero la ordinariez es una constante en el cine español. Y no sólo en el cine: eso también ocurre en la vida social española. Aquí debe de ser dificilísimo hacer una película con una marquesa, una condesa y una duquesa… Por suerte, Aitana es una chica educada. Y eso se nota en la película. Es una de las cosas que me han dejado muy satisfecho. Yo tenía miedo… Cuando Imanol estaba haciendo el reparto, recuerdo mi pánico cerval a que me cayese una actriz –estupenda actriz, guapísima actriz–, pero que no supiese qué es una chica de buena familia. Y cuando digo esto, no me refiero a una buena familia de dinero. Quiero decir educada. Al final, por fortuna, recayó el asunto en Aitana, y debo decir que me dejó muy satisfecho. Dudo mucho que hubiera habido otras intérpretes capaces de abordar el papel de ese modo… Bueno, algunas otras hay, pero me caben todas en una mano y quizá me sobren bastantes dedos. Y ojo, ese problema también surge con los actores. Hoy hacer un reparto para interpretar a condes y marqueses debe de ser imposible”.

Está mal que yo lo diga, lo sé. Pero he bajado la guardia y comparto mucho de lo que Pérez-Reverte va comentando. Por eso escucho con simpatía lo que viene a continuación: su modo de observar, como escritor, el trabajo de las gentes del cine.

“Imanol, que es amigo mío de antes –comenta–, me habló de hacer la película. Yo le dije: ‘Haz un guión y convénceme’. Y entonces, bueno, hizo un guión y me convenció. Era un texto excelente. Pero como él tenía esa responsabilidad, me consultaba continuamente. Venía asustado a las reuniones, temiendo que yo pusiera condiciones. Sé por experiencia que lo que vale para la literatura no vale para el cine. Es un error querer ser demasiado fiel a un texto”.

Alguien tendría que hacerle caso en nuestro cine, digo yo. Podríamos citar ejemplos de ese problema hasta el agotamiento. Aún más: debiera ser materia de análisis obligada para nuestros guionistas. Sobre todo para quienes redactan un libreto como quien compone una novela.

“El cine y la literatura –continúa Pérez-Reverte– se dirigen a públicos distintos, son lenguajes distintos, y tienen objetivos diferentes. Desde hace mucho tiempo, sé que lo que hay que hacer es tomar el espíritu de los personajes… y punto. Después, hay que narrar una historia. Pero será el director quien la cuente con su talento y su imaginación. Será él quien reescriba, a su manera, esa historia. Había momentos en que Imanol venía y me decía: ‘Podemos hacer esto o lo otro’. Y yo siempre le decía: ‘Imanol, es tu película’. Lo mismo le dije a Polanski cuando cambió todo el final de El club Dumas en su versión (La novena puerta). E hice lo propio cuando Agustín Díaz-Yanes rodó Alatriste. A todos estos directores les he dicho lo mismo: ‘Es tu película, y es tu responsabilidad. Cambia lo que creas conveniente’. Así, cuando Imanol decidió cambiar el desenlace del libro en su guión, le dije: ‘Es mejor final para una película que para la novela. Lo que en la novela funciona, en el cine no siempre funciona. Entonces, para una película, veo que tu final es mejor que el mío. Por supuesto, utilízalo’. Y así fue”.

Ese signo de respeto, tan de agradecer, se explica mejor con otra costumbre que el escritor comenta a continuación.

“Por regla general –indica, en tono reflexivo–, no voy a los rodajes. Desde que se filmó El maestro de esgrima, hago siempre una visita de cortesía. Voy un día, saludo a la gente y desaparezco. En este caso, pasó igual. Yo estaba navegando mientras ellos rodaban en Cartagena. Me acerqué allí, amarré el barco, y estuve con ellos un día. Posteriormente, mientras navegaba, tuve la suerte de que ellos estuvieran rodando en la zona. Me metí por donde sabía que no estaba ‘en tiro de cámara’, y los saludé al pasar. Pero la verdad es que no estoy en los rodajes. Creo que el autor incomoda en los rodajes, y no quiero incomodar. En cierto modo, parece que el autor está supervisando, está fiscalizando. Y como he dicho antes, es la película del director, no es mi película. Si algo sale mal, es su culpa y no es la mía. Y si algo sale bien, es su éxito, no el mío. Lo aplaudo y me alegro, porque además eso es bueno para todos. Pero de esa forma no me siento tan estrechamente vinculado a la película. Y aquí he hecho lo que hago en todas. Saludar y desaparecer”.

Ahora, antes de que el escritor haga esto último, aprovecho el encuentro para sacar de mi maletín el libro que prefiero de los suyos, Obra breve, donde se incluyen dos excelentes narraciones, El húsar y La sombra del águila.

Mientras escribe una dedicatoria, este último intercambio de palabras me lleva a decirle mi opinión sobre la película y sobre la novela. Él sonríe y echa una ojeada a su retaguardia. Como quien se asegura de estar entre amigos.

Copyright de texto e imágenes (Fotografía de Pérez-Reverte en la Casa de la Panadería, Madrid) © Guzmán Urrero Peña. Reservados todos los derechos. Reservados todos los derechos.


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