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Borges, el argentino irregular

Williamgeromediogenes

Me llamó la atención lo escrito por Alberto Moravia ante la muerte de Borges. No lo imaginaba como lector borgiano. Demostró serlo.

Su definición de Borges como argentino –por extensión, como latinoamericano– está muy perfilada: la relación con Europa como similar a la de un alejandrino con Grecia: lejanía física, cercanía imaginaria.

Europa, entonces, resulta ser un invento de América, un conjunto de obras canónicas encerradas en una biblioteca, un museo de calcos, un gabinete de medallas y monedas.

Añado otro rasgo borgesco: la ecléctica unidad europea que no se corresponde con su dispersión nacional. En Europa, el joven Borges sólo halló meros suizos, irlandeses o montenegrinos.

Esta Europa, entonces, puede ser recorrida con libertad americana, saltándose los itinerarios consabidos y las tradiciones nacionales, un poco a la manera como recorría el continente ese insular Joyce que se imaginaba ser judío, o sea, griego clásico.

El americano cuenta con la posibilidad de inventarse antepasados porque carece realmente de ellos.

Su orfandad es una falencia que incita a ser llenada. Su hambre busca alimentos en la selva de un tesoro que llegó tarde a ultramar: Occidente. Deuda con los mayores.

Tal mezcla de novedad efectiva y tardanza imaginaria puede ser el marco del argentino Borges.

Situarlo en la historia de la literatura patria es apenas posible. Encaja bien en su período inicial y menos característico, el de sus primeros poemarios y sus prosas renegadas, como El tamaño de mi esperanza, El idioma de los argentinos y Discusión.

Cuanto lo define escapa a este fácil encaje. Lo mismo en lo que hace a su deuda con los mayores.

Sin duda, como cualquier escritor de nuestra lengua, es posterior a Rubén. A Lugones –el de Lunario sentimental y Los crepúsculos del jardín– le adeuda la veneración por la metáfora como creadora de sentido, y al narrador de Las fuerzas extrañas y Cuentos fatales, la reacción antirrealista.

Se habla, y demasiado, de la influencia ejercida por Macedonio Fernández, pero no la encuentro en la literatura de Borges, aunque sí reconozco que le importa la actitud macedoniana: renegar de la Obra, ser un escritor inorgánico.

En efecto, con su sola firma, Borges apenas es autor de un libro, Evaristo Carriego. Lo demás es misceláneo y fragmentario: poemas, ficciones, inquisiciones, conferencias. Un orbe de citas.

De todos modos, no se podría situar al escritor Borges fuera de la Argentina. No por rasgos castizos, que no los tiene, ni por sumisión a maestros que, como digo, escasean hasta quedar en uno y parcial.

Pero su enciclopedismo no es el del divulgador y sólido Alfonso Reyes, ni se inscribe en el ensayo como ejercicio poético como en Octavio Paz, ni practica la deformación sistemática y la pifia oportuna como hace Lezama Lima.

Es un orbe de citas y correlaciones que va de los diccionarios exhaustivos a la milonga, de Buda a John Donne, de Chesterton al anónimo redactor de aforismos en los carros del suburbio porteño, donde los cuchilleros evocan a Eneas y a Patroclo sin conocerlos.

Es argentino pero de un modo tan irregular que, por intransferible, sólo puede adjudicarse a su persona.

Tal vez por ello, tampoco se puede hablar de la huella borgiana en las letras de su país. Sus latiguillos de estilo son fáciles de copiar, pero las verdaderas influencias son las difíciles de seguir. Cualquier escritor argentino lo ha leído o dice haberlo hecho, lo tiene como referente ineludible, como la sombra que arroja un monumento. De ahí a cultivar la herencia, hay un vacío.

Las tradiciones argentinas son, ante todo, el realismo costumbrista y un intento de fijar la vanguardia como código retórico. Es, justamente, lo que Borges cuestionó. La realidad como sustancial, única y abordable no cabe en sus páginas.

Su paso por el juvenil ultraísmo fue severamente juzgado en su madurez.

Su relación con los contemporáneos se adelgaza hasta vínculos de amistad personal.

¿Quién puede creer que valga la superposición de Elvira de Alvear o Leandro Ipuche a su silencio ante Neruda, Vallejo o Gorostiza? Valor paradójico.

En este desencuentro del personalísimo escritor con los tópicos de su tiempo –digámoslo más claramente: su inteligente culto del anacronismo– se arraiga su valor paradójico: el hecho de que la Argentina menos tópica, la que elude a Gardel, el Che, Evita Duarte o Maradona, sea, para el mundo, la de Borges. Propone ser Occidente después de inventar a Occidente.

Con Schopenhauer como filósofo del deseo que devora un objeto inalcanzable, el universo; con Spinoza, que vindica el ser como anhelo de eternidad; con Hume, que ve el mundo como una convención armoniosa o belicosa de los humanos; con Gracián, que sigue especulando con laberintos, emblemas y retruécanos después de muerto, en plena gloria; con Valéry, para quien toda gloria es, necesariamente, una aventura secreta de la lucidez. Y con los tangos primitivos que proclaman un pasado heroico, apócrifo y cierto.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en el suplemento cultural del diario ABC. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.


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