
El libro de Beatriz Sarlo reúne el material de cuatro conferencias (Cambridge, 1992) ofrecidas en inglés y traducidas por la autora al castellano.
Una idea persistente en la obra de la ensayista argentina recorre estas lecturas: el conflicto que anima la obra borgeana, entre la afirmación de una literatura argentina entendida como nacional y el recorrido de ciertas tradiciones intelectuales de Occidente desde un país periférico, lo cual cuestiona, justamente, la centralidad del centro, valga el eco.
En su juventud, Borges actúa desde el nacionalismo, que sitúa el centro de la nación en la nación misma. Pero lo hace deambulando por un espacio marginal de la ciudad, el arrabal.
Luego forja un dispositivo escéptico (presencia anglosajona), agnóstico (dentro del mundo monoteísta) e irónico (herencia romántica alemana), todo procesado en castellano.
De este mapa personal del universo resulta su autorretrato, que la muerte deja inconcluso y los lectores vamos completando con varia lección, como le gustaría a él mismo citando a Pedro Mexía. La propuesta tiene sus riesgos, pues la dupla centro-periferia no siempre coincide en lo económico-político con lo cultural. Goethe, Tolstoi, Kant, Octavio Paz trabajaron en países periféricos y son figuras centrales. Picasso, malagueño formado entre La Coruña y Barcelona, centró el cubismo de París.
Nada digamos de dos obsesiones de Borges como Cristo y Buda, si pensamos que surgieron al margen del imperio romano y del chino.
Sarlo reivindica el derecho de un intelectual situado en la orilla sur de Occidente para tomar del tesoro cultural hereditario lo que más le conviene y conformar con ello su propia tradición.
Como dice Eliot repetido por Borges, inventarse sus antecesores. Fragmentario y mestizo de géneros, muy del siglo XX, no eludió su querencia antimoderna, hija del paradójico modernismo hispano, Darío a través de Lugones. Fue su manera de ser contemporáneo y, a la vez, extemporáneo. Su amor a la ciudad no lo es de la industria, el rascacielos y el bulevar, sino del descampado, la esquina traidora y el arcaico navajero.
Estas y otras tensiones encuentra la ensayista, admitiendo que toda lectura se abre infinitamente a otras lecturas y que todo texto remite a otros textos, conforme la obvia y fea categoría de lo intertextual, fatigada en los manuales al uso. Pequeño y enigmático hombre de letras se definió Borges. La gloria, ese malentendido, lo ha hecho grande entre los grandes.
Sus referencias ideales son distintas, las que provee la familia de Calvino, Nabokov y Cioran, por ejemplo. «La biografía de Borges -escribe Sarlo-, despoblada de actos espectaculares, es discreta en la exhibición de pasiones privadas. Casi no importa una "vida" de Borges fuera de las historias de encuentros con los libros, las leales amistades literarias y algunos viajes...»
Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en el suplemento cultural del diario ABC. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.































































































