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Constantino Cabal y la mitología asturiana

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De la lectura de etnógrafos asturianos como Celso Martínez Carrocera y Ramón Baragaño cabe siempre recibir el aprecio por las viejas creencias populares del Principado, tan hermoso por sus paisajes como por su acervo folclórico. Por supuesto, hablamos de un marco propicio para los estudios de don Constantino Cabal (1877-1967), antropólogo autodidacta y magnífico folclorista.

Conviene recordar que el folclorismo de Cabal, aunque corresponda a un método erudito, quiere hacer de la magia un enlace entre el destino y la literatura.

Según parece, ya algunos lectores comienzan a identificar a este sabio ovetense con los cultos de la Asturias prerromana, y aún más con el relato junto a la lumbre. No en vano, de su boca oímos cuentos de espectros y promesas, de frailes y mozas arrepentidas.

Bien se ve que sus estudios más queridos determinan las descripciones, no siempre claras, de un paralelo universo, movido por el empuje obsesionante de trasgos, cocos y busgosos, brujas y xanas, ánimas vivas y muertos malhechores. ¿Es el suyo un reclamo de prodigios, en cierto sentido pagano, habitual en ese húmedo rincón del Cantábrico?

Convengamos en que, cuando menos, Cabal define su bestiario al margen de la lógica, y lo hace con ese encanto inefable de la fabulación norteña, en la que abundan celtismos y derivas germánicas de otro tiempo.

Cabal nació en Oviedo el 16 de mayo de 1877. Muy joven, ingresó en el Seminario de su ciudad, y allí adquirió el hábito de la escritura. Practicó luego el periodismo en cabeceras como El Zurriagazo Social y El Carbayón.

En 1901 se instaló en La Habana, donde los lectores pudieron gozar de las columnas que aportó al Diario de la Marina. Más seguro de sí, llegó a dirigir el diario ovetense Región y también administró El Día de Palencia. Mediada la década de los treinta, fue nombrado cronista de Asturias y director de la Biblioteca Provincial, aunque su mérito mayor es el de fundar el Instituto de Estudios Asturianos.

Académico Correspondiente de las Reales Academias de la Historia y de Bellas Artes, don Constantino personifica un temple intelectual que vamos echando en falta, sobre todo al tener en cuenta la progresiva anemia de los estudios humanísticos y el escaso caudal de sabios que brindan las nuevas generaciones. Ahora bien, aunque la lectura de su obra es un ejercicio muy aconsejable, hallar sus textos es un empeño problemático, incluso para quienes curiosean por almonedas y librerías de lance.

Si se acepta el consejo, y a modo de programa para dicha búsqueda, recomendamos los volúmenes siguientes: Covadonga (1918), Los cuentos tradicionales asturianos (1921), Las costumbres asturianas, su significado y sus orígenes: I. El individuo (1925) y II. La familia, la vivienda, los oficios primitivos (1931), Contribución al diccionario folclórico de Asturias (seis tomos, 1951), La Asturias que venció Roma (1957) y L’alborá de los malvises (1959).

Por lo común, todo escritor acaba resumiendo su poética en un libro principal. En el caso de nuestro personaje, esa obra es la trilogía La mitología asturiana (Los dioses de la muerte. Los dioses de la vida. El sacerdocio del diablo), 1925-1928. Manejamos una muy cuidada reedición de 1987 (González y Huici Editores, Gijón).

Al inicio de Los dioses de la muerte figura la dedicatoria a don Santos Cueto Ruidiaz y don José Ramón Moutas que transcribimos a continuación, por estar llena de ese apego por lo telúrico que resume el pensamiento de Cabal.

“Comienzo con este libro —escribe— mi peregrinación a los santuarios de la Asturias misteriosa; voy a llevar la humilde limosnica del amor y del esfuerzo a la historia de su origen; voy a beber el agua de su fuente y voy a buscar en ella las razones de sus usos, de su superstición, de su carácter. Para las asperezas del camino, ustedes me prestaron entusiasmados; para la magnitud de la labor, ustedes me dieron fuerzas. Al comenzar la peregrinación, pongo sus nombres queridos, tan de hombres de voluntad, de corazón y de espíritu, como cota de malla, sobre el pecho”.

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.

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