
El escritor argentino Ernesto Schoo, a quien conocen los lectores de la revista, ha publicado sus memorias (Cuadernos de la sombra, Sudamericana, Buenos Aires).
No ha elegido la estructura tópica temporal y lineal, sino que ha preferido una solución proustiana: ceder a las sugestiones caedizas, intermitentes y en principio sensoriales, de la remembranza.
Una palabra, una esquina, un perfume, un sabor, una melodía, un retrato, desencadenan unas asociaciones que permiten ir hacia el pasado.
Allí no hay, en principio, nada. El memorialista debe construir ese pasado, valiéndose, como en los casos de Proust y de su atento lector Schoo, de la mirada de un niño que reaviva la reflexión de un adulto.
¿Por qué se escriben memorias? Parte de la respuesta ya va formulada.
Cabe agregar: porque es imprescindible sujetar el curso del tiempo con un autorretrato, siempre sumario y parcial, que le dé estructura de relato o, al menos, nombre.
Y algo más: porque, a pesar de su carácter público -todo libro se da a conocerlas memorias son siempre íntimas y confidenciales, una suerte de conversación de gabinete con el lector.
De ahí su provecho histórico: de ahora en adelante, estos Cuadernos serán una parte imprescindible de la historia oficiosa y doméstica de Buenos Aires en la primera mitad del Novecientos.
Sin ellos, esa balzaciana crónica se habría disuelto para siempre en el olvido.
Hay una mala memoria de la humanidad: la mentira que juega a ser amnesia. Y hay una buena memoria: la exploración del pasado que se convierte en sorpresa, ese asombro que es la calidad del arte verdadero. Lo que nos hace decir: «Pero si esto que me cuentas está allí desde siempre y si tú no me lo dices, no consigo saberlo».
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos































































































