
Un homicidio relativamente oscuro, una vampiresa en busca de emociones barriobajeras y un detective que ventila los trapos sucios de un mafioso. A los asiduos de novelas policiacas como L.A. Confidential, El gran desierto o La dalia negra, estos tres elementos les dirán mucho, pues forman parte del repertorio urdido por el mejor escritor vivo de novela negra, James Ellroy.
En este aspecto, me da la sensación de que son menos quienes conocen la fuente que inspira a Ellroy. Hablo de aquellas revistas de detectives que, con el reclamo de casos auténticos en sus portadas, poblaron la imaginación de los lectores desde 1924, año en que salió a la venta la primera de ellas, True Detective.
Para satisfacer esa curiosidad, la editorial Taschen saca a la venta un volumen de una personalidad única, Detective Magazines (1924-1969). A lo largo de sus páginas, bellamente ilustradas, asistimos a un espectáculo de primera, en el que los asesinos convictos se alternan con los policías que condujeron su caso con éxito.Al hojear este libro, viajamos en el tiempo y recuperamos una época en la cual el crimen y el pecado se vendían junto al periódico, anunciándose a todo color en cubiertas de estilo pulp.
Reconoce el autor de la obra, Eric Godtland, que no resulta fácil imaginar el éxito alcanzado por cabeceras como True Detective, American Detective e Inside Detective.
De hecho, a lo largo de los años treinta, la fama de esas y otras revistas fue tal, que incluso el responsable del FBI, J. Edgar Hoover, se enorgullecía cuando su nombre aparecía citado en algún párrafo.
Durante su edad dorada, según comenta Godtland, las publicaciones como True Detective servían para crear estrellas, y de hecho, lo conseguían en un sentido similar al de Hollywood. Con una diferencia poco edificante, y es que los famosos eran tipos tan peligrosos como John Dillinger, Al Capone, Bonnie y Clyde, Ma Barker, Pretty Boy Floyd, Alvin Karpie, Machine Gun Kelly y Baby Face Nelson.
Con lencería de encaje, su vestido de cóctel desgarrado o descubriendo sus debilidades ante un malhechor, las bellezas que ocupaban las portadas sólo admitían dos clasificaciones: víctima o vampiresa. El estereotipo es machista –eso no se discute–, pero históricamente responde a lo criterios habituales de la pulp fiction.
En realidad, el asunto viene de antiguo. Las revistas de este tipo (detective magazines) no son muy diferentes de los really criminal newspapers que cobraron fuerza durante el siglo XIX. No me extenderé sobre las razones que llevaban a un amplio sector del público a fantasear con ellas. Como las nubosidades, van y vienen. Por lo demás, las televisiones han conquistado ese imaginario, y aún lo rentabilizan alternando la información de sucesos, los reallity shows y las noticias del corazón más subidas de tono.
Si nos centramos en el periodo que aborda Detective Magazine (1924-1969), salen a relucir varios subgéneros editoriales que se resumen en cuatro títulos de orientación ligeramente distinta: Crime Confessions, Official Detective Stories, Secret Detective Cases y Tru-Life Detective Cases.
El modelo del detective que domina en el libro es el hardboiled. Castigado por la vida, no cree en la redención y se mueve a sus anchas en un territorio en el que la violencia discurre a cámara lenta. Entre los escritores hardboiled, los hay de muchas categorías. Si hacemos caso a Geoffrey O’Brian, autor de ese ensayo imprescidible que es Hardboiled America. Lurid Paperbacks and the Masters of Noir (1997), Dashiell Hammett y Raymond Chandler encabezan esta jerarquía que desciende hasta llegar a ese limbo literario que habitan Jonathan Latimer o Ben Kerr.
Que nadie espere asomarse a Detective Magazines (1924-1969) con la esperanza de encontrarse con los típicos héroes de las pulp magazines. A saber: La Sombra, Doc Savage, el Detective Fantasma y otros cuya sola mención servía para vender revistas como Black Mask y Dime Detective.
El libro de Eric Godtland se mueve por otros derroteros. Las publicaciones sensacionalistas cuya historia recorre abordan casos reales. Casos que en su tiempo exigieron dedicación completa en las comisarías, y que luego fueron transformados en literatura popular. Acaso insana, pero rentable.
¿Qué acabó, entonces, con estas publicaciones? En 1957 entró en bancarrota la American News Company, la principal distribuidora de pulp magazines. Para ese año, las jóvenes bajo sospecha y los policías condenados por extorsión ya habían caído bajo el dominio de los guionistas televisivos. Frente al resplandor de la pequeña pantalla, la capacidad seductora del papel era insuficiente, y en todo caso, la crónica negra de los periódicos se bastaba para excitar la curiosidad más morbosa.
Sinopsis
Detective Magazines sigue el auge y declive de este género típicamente americano desde 1924 hasta 1969. En la cúspide de la Era del Jazz, cuando la Ley Seca transformaba a ciudadanos comunes en criminales y a criminales en celebridades, nacieron las revistas de detectives que reflejaban hechos delictivos auténticos.
True Detective fue la primera de esas publicaciones, en 1924. Diez años después, cuando la Gran Depresión ya había dado lugar a forajidos tan pintorescos como Machine Gun Kelly, Bonnie y Clyde, Babyface Nelson y John Dillinger, estas publicaciones ya eran populares, y tanto los policías como los delincuentes querían verse retratados en sus páginas.
Incluso el jefe del FBI, J. Edgar Hoover, escribió de forma regular para lo que, usando la jerga policial, se llamaban los Dickbooks.
True Detective, American Detective, Inside Detective, Real Detective, Master Detective, Startling Detective y otras revistas similares alcanzaron su máxima popularidad en los años treinta, con sus portadas seductoras y autores como Jim Thompson reflejando el impulso criminal.
Sin embargo, con el paso de las décadas, estas publicaciones experimentaron un cambio singular. Cuando el licor volvió a ser legal, la Depresión quedó atrás y los criminales más llamativos estaban muertos o en prisión, los detectives volvieron la vista al pecado para sostener las ventas.
Cada rincón de la revista mostraba chicas malas y sexys, con sweaters ajustados, faldas con una pronunciada apertura lateral y tacones de aguja. En la cubierta, podían leerse frases tan llamativas como “Yo fui ladrona a la fuerza”, “Hábitos sexuales de mujeres asesinas”, “La novia del pecado”, “Ella me engañó como a un primo”, o más sucintamente, “Mujeres malas”.
Con textos del coleccionista Eric Godtland, de George Hagenaur y del editor de True Detective Marc Gerald, el libro True Crime Detective Magazines plantea un entretenido e informativo recorrido por uno de los fenómenos editoriales más extraños de todos los tiempos.
Cientos de ilustraciones interiores y de portada, tomadas de docenas de revistas, nos cuentan la historia de los detectives, y también de la actitud de América frente al sexo, el pecado, el crimen y el castigo a lo largo de medio siglo.
Sobre la editora:
Dian Hanson es editora de la línea sexy de Taschen. A lo largo de veinticinco años de experiencia en el campo de las publicaciones masculinas, Hanson ha editado cabeceras como Puritan, Oui, Outlaw Biker, Juggs y Leg Show. Entre los numerosos libros que ha preparado para Taschen, destacan Vanessa del Rio: 50 Years of Slightly Slutty Behavior y R. Crumb’s Sex Obsessions.
Sobre el autor:
Eric Godtland es, según su propia confesión, un coleccionista compulsivo. Desde su base en los distritos de Haight-Ashbury y Potrero Hill, en San Francisco, Eric se obsesiona con todo aquello que tiene que ver con Hawai, el modernismo, el musical y el erotismo.
Copyright del comentario © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.
Copyright de las imágenes, sinopsis y nota editorial © Taschen. Cortesía del Departamento de Prensa de Taschen. Traducción de Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.
George Gross, 1959 © 2008 Benedikt Taschen Verlag GmbH. Cortesía del Departamento de Prensa de Taschen. Reservados todos los derechos.































































































