Albert Boadella es el nuevo director de los Teatros del Canal, sede de las artes escénicas de la Comunidad de Madrid. Pero dicho cargo es sólo una línea más en la biografía de un formidable director teatral y notabilísimo escritor que lleva casi medio siglo dando muestras de talento, ingenio y rebeldía. A la hora de resumir su figura, él mismo nos da la clave en Memorias de un Bufón. Vecino de Jafre (Ampurdán, Girona, España), habita una casa a medio camino entre las de Josep Pla y Salvador Dalí, dos creadores que simbolizan, por los extremos, el carácter de Boadella. “El problema –escribe– es que cuando desearía reaccionar con la sensatez de Pla, me sale una barrabasada daliniana, y cuando necesitaría la inteligente audacia de Dalí, me inclino por el conservadurismo planiano”.
Albert Boadella nos recibe como director de los Teatros del Canal, un soberbio complejo escénico, perteneciente al Canal de Isabel II. Todos aquellos de ustedes que alguna vez han disfrutado de una representación de Els Joglars, el grupo teatral que Boadella fundó en 1962, comprenderán que el cargo no le viene pequeño.
En todo caso, tiempo habrá para hablar de ello. De hecho, el programa de hoy es muy completo para los periodistas convocados a esta reunión: tras la charla y el turno de preguntas, recorreremos las instalaciones de los Teatros en compañía del Bufón General del Reino. Y es que así se describe Boadella, y con ese rango estampa una dedicatoria en un ejemplar de otro libro suyo, Adiós Cataluña, que traigo a este encuentro.
En muchos aspectos, veo a Boadella como un personaje de gustos renacentistas. Un ilustrado, pero con la suficiente desvergüenza como para correr deprisa, y sin pedantería, larguísimas distancias. Cada nuevo montaje suyo es destacable de algún modo. Sí quiero hacer hincapié, sin embargo, en los títulos más felices de ese repertorio que explica la fama de Els Joglars. A saber: Àlias Serrallonga (1974), La Torna (1977), Laetius (1980), Teledeum (1983), Operació Ubú (1981), Bye Bye Beethoven (1987), Columbi Lapsus (1989), Yo tengo un tío en América (1991), Ubú President (1995), La increíble historia del Dr.Floit & Mr.Pla (1997), Daaalí (1999), Controversia del toro y el torero (2006), y cerrando esta lista, la obra que se representa en estos Teatros del Canal a partir del 26 de febrero: La cena.
Desafíos, ilusiones y riesgos
Diseñados por el arquitecto Juan Navarro Baldeweg, los Teatros del Canal parecen el sueño de un ministro afrancesado. En un amplio espacio –35.000 metros cuadrados, sobre una parcela de 8.750–, estos tres edificios albergan dos salas de representación –el teatro principal y el teatro configurable– y un centro coreográfico con nueve aulas de danza y tres aulas teóricas.
Echando un vistazo a nuestro alrededor, le comento a Albert Boadella que esto me recuerda aquello que dijo Orson Welles sobre el cine, cuando lo definió como el tren de juguete más caro del mundo. ¿Qué pensó Boadella cuando este juguete monumental fue puesto en sus manos? ¿Cuál fue su primera impresión cuando le situaron al frente de todo este complejo?
“Bueno –me responde–, lo primero que uno piensa delante de esto es… Fíjate, un arte que tuvo sus mayores días de gloria con veinte velas y unos cuantos bancos de madera, pues ¿qué ha pasado? Esto es lo primero que uno piensa. Si es o no es necesario. Esta cuestión, naturalmente, me parece obvia. Las cosas han cambiado en todos los sentidos y ahora la gente no se sentaría en unos bancos de madera, y nosotros, los que nos dedicamos a este oficio, nos sentiríamos muy constreñidos si sólo tuviéramos las veinte velas que nos iluminan”.
Boadella aprovecha mi pregunta para tranquilizar a aquellos que tienden a sospechar lo peor, y no sin razón, cuando el dinero público aterriza en el mundo del espectáculo.
“En este sentido –me dice–, uno tiene que asumir que esto tiene que servir, realmente, para mejorar, desde el punto de vista creativo, las opciones de los creadores. Lo primero que uno piensa es esto, y que esto tampoco resulte desorbitado para el contribuyente. Esto es muy importante, porque, por lo menos en mi experiencia personal, siempre he tratado de costarle lo mínimo posible, o que por lo menos sea el público quien pague directamente”.
“El reto, para mí –añade–, es conseguir que aquí existan cosas de alta calidad, con gran atracción de público, y que tampoco sea una especie de agujero negro en el que el dinero público tenga que ir engrosando constantemente las cajas de este teatro. Este es el doble equilibro que a mí me parece importante: poner imaginación y la máxima austeridad, pero también con astucia para conseguir que esto sea un ejemplo del buen hacer teatral”.
La cuota de sensatez parece, en este caso, asegurada. “Trataré de que existan unos contenidos sugestivos –explica–, variados, atrayentes, y que al mismo tiempo, sean también populares. A mí siempre me ha interesado esta línea en la cual los contenidos –profundos e incluso experimentales– tienen una factura técnica indiscutible, y que de ello resulte un teatro atractivo para el conjunto de los espectadores”.
La pornografía del buenismo
Esa es la definición que Boadella daba, no hace mucho, del estado de nuestra sociedad, empeñada en hacer un frívolo alarde de su solidaridad. A un nivel más simple, esta "pornografía del buenismo" viene a ser un ejercicio de doble moral: se exhibe una sensibilidad colectiva en áreas como el ecologismo, pero, al mismo tiempo, sigue en marcha una maquinaria depredadora a pleno rendimiento.
De eso trata, por cierto, La cena, una sátira de Els Joglars ambientada en una cumbre internacional sobre cuestiones climáticas. En este caso, los movimientos ambientalistas son observados con irónica reflexión. Sin perder de vista lo importante que es conservar la naturaleza, descubrimos en La cena el vano tratamiento que los gobiernos dan a estos temas, y en particular, la impostura que tantas veces encubre el ecologismo catastrofista, una moda que casi puede interpretarse como una religión.
La incorrección política de este argumento tiene mucho que ver con otro pensamiento que Boadella explica en voz alta. Dada su larga lucha por la libertad de expresión, algún que otro malpensado la ha querido ver puesta en peligro, sobre todo después de que aceptara este nuevo cargo en Madrid.
“Quiero hablar –nos dice, sonriente– de eso que tanto preocupa, parece ser, a tantos medios que es la libertad de expresión: ese tema tan complejo en el cual parece que siempre me hacen un poco responsable. Parece que yo tengo que ser paladín de la libertad de expresión… Pues bien, la libertad de expresión aquí, en estos Teatros, será total. Nadie me ha puesto un solo límite en cuanto a los temas o a los géneros que pueda realizar. Jamás entraré en el tema de una obra: si está bien hecho, es lo que aquí se tiene que representar”.
“Es más –continúa–, yo creo que, lamentablemente, no voy a tener problemas con la libertad de expresión. La razón es que tampoco en España el teatro se pone demasiado a prueba en este sentido. Lo que es el aspecto más transgresor de nuestra historia escénica, como ven, tampoco es que en este momento se manifieste”.
Ahora que entramos en materia sobre lo que es y lo que deja de ser provocador, tengan este dato a mano: Boadella maneja el tema con estudiada insolencia, pasándoselo en grande.
“Cuando uno se encuentra con una responsabilidad como ésta –dice–, francamente es fácil que surja la tentación de querer ser único, insólito, original y ante y todo, sorprendente y además de procurar por todos los medios de imprimir su huella personal en todas partes, desde los escenarios hasta los retretes. Yo, en este aspecto, voy a ser decepcionante. Mucho más aún cuando, desde el momento en que se hizo público mi nombramiento, ya empezaron a surgir ciertas crónicas y comentarios en los medios, donde se anticipaba lo que quería hacer y lo que tenía que hacer. Incluso hay quien ha tratado de provocarme diciéndome a ver si era capaz de hacer un Ubú president con doña Esperanza Aguirre de protagonista en el papel principal… También les tengo que decir a todos ellos que también les voy a decepcionar”.
El dinero público: modo de empleo
Los más irreductibles adversarios de nuestro anfitrión –¡qué ingrato interés!– parecen empeñados en cuestionar los derroteros de este nuevo proyecto. Quizá no sea completamente imposible que, algún día, reconozcan la idoneidad de Boadella para el cargo. Por si acaso, y mientras llega ese día feliz, él mismo saca a relucir sus méritos.
“Cabría preguntar: y entonces… ¿qué pinta usted aquí? Es una pregunta que yo también me he hecho constantemente. Y pensando, pensando, he llegado a la conclusión de que yo estoy sencillamente aquí para tratar de aplicar mi sentido común en materias escénicas. Un sentido común que no sé si es mucho o es poco, pero en todo caso, es el que me ha permitido llevar una empresa, una compañía de veinticinco personas durante cerca de cincuenta años –cuarenta y ocho, para ser más exactos– en la primera línea del teatro español, con espectaculares índices de audiencia, sorteando la clase de dificultades, algunas de las cuales son públicas y notorias. Y sobre todo, con muy escaso dinero público”.
“Todo esto –añade– no hubiera sido posible sin unas ciertas dosis de este sentido común… Sentido común que, en lo escénico, yo entiendo que quiere decir sentido del común, o sea, de todo aquello que pueda interesar a los demás. Lo que interesa al público… Por lo tanto, yo creo que es esto lo que ha llevado a la Comunidad de Madrid, concretamente a su presidenta y también al consejero de cultura, a darme esta responsabilidad que acojo con muchísima ilusión”.
Los que no tengan costumbre de escuchar argumentaciones sensatas en boca de un gestor cultural, pueden pasar por alto los siguientes párrafos.
“Estos son unos teatros públicos –destaca Boadella–. Yo los llamo teatros del contribuyente. Ya sé que esto puede parecer una perogrullada pero yo creo que es importante en España señalar que el dinero público es algo sagrado. Por lo tanto, estoy en la obligación moral de hacer un teatro para el contribuyente. Para todos los contribuyentes. Estamos hablando de unos aforos que son respetables, así que debo enfocar mi labor hacia un público mayoritario”.
¿Elitismo? Ni hablar de ello. “Muchas veces –nos dice– los teatros públicos, en muchos países europeos, son centros o clubs de exquisitos, en los que el director tiene tendencia ha hacer su propio teatro. Yo creo que estos Teatros del Canal no deberían ir por esta línea. Mi huella personal, en este sentido, tiene que ser simplemente discreta. Es más: no creo que deba hacer solamente el teatro de mi gusto personal. Si así lo hiciera, en dos meses acabaríamos”.
“Quizá lo único que será muy personal –aclara, tras pensarlo unos segundos–, será el control de calidad. Trataré de establecer que lo que aquí se represente tenga una factura técnica indiscutible. Pero en cuanto a los contenidos, me gustaría que en este teatro tengan cabida desde los más ligeros hasta los más experimentales”.
Para concluir, un deseo que muchos agradecerán. “Debe haber –nos dice– una buena colaboración con la empresa privada. Yo he sido empresa privada durante 48 años, y lo sigo siendo. Muchas veces he sentido que el teatro público establecía una competencia desleal. Entiendo que esta frontera es una frontera compleja, en la cual es difícil saber cuándo hay una cosa que la puede hacer el teatro privado y cuándo hay otra que pertenece al teatro público. En todo caso, lo que hemos establecido aquí va a ser una política de muy buena relación”.
Imagen superior: Albert Boadella © Fotografía de Guzmán Urrero Peña. Reservados todos los derechos.
































































































