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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
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Diálogo con Arturo Pérez-Reverte

altEra octubre de 2000, y el director de la revista Cuadernos Hispanoamericanos, Blas Matamoro, y yo estábamos en la Casa de América. Nos rodeaban otros reporteros y críticos literarios interesados en el lanzamiento de El oro del rey, la nueva entrega de las aventuras del capitán Alatriste.

Su voz sonó con firmeza. “Arturo irá respondiendo a vuestras preguntas. Pero os recuerdo que durante la rueda de prensa habrá conexiones vía satélite con Estados Unidos, Argentina, México y Colombia”.

La encargada de coordinar al grupo de periodistas parecía encantada con semejante bullicio.

“No tenéis el dosier, ¿verdad? Incluye los datos del nuevo libro. También un CD. De momento, esto es lo que os puedo ofrecer”.

Pregunté por la sala donde se celebraría el encuentro y me dispuse a tomar notas. De acuerdo con una vieja costumbre, revisé el funcionamiento de mi grabadora y escribí algunas líneas sobre el ambiente.

Pérez-Reverte llegó andando con decisión, como recién salido de un camerino portátil, y saludó a sus anfitriones: Jesús de Polanco, Juan Cruz y Juan Luis Cebrián. La convocatoria era un reflejo del buen momento comercial de sus novelas. ¿Cómo resistir la tentación de sumar cifras de ventas?

Ya lo ven. Ni siquiera mi completa admiración por el género del folletín podía aliviar en aquellos días una intriga que me impedía analizar con justicia al personaje. ¿Lo suyo era moda o talento duradero? El éxito es una característica especial que nubla el buen criterio literario, y créanme, el mío estaba en el foco de la tormenta.

Años después, la lectura más reposada de obras como El club Dumas, La carta esférica y Territorio comanche fue eliminando aquellos prejuicios.

Cuando el 30 de agosto de 2006 volví a encontrarme con el escritor, ya no podía engañarme a mí mismo con pesados tecnicismos. Para entonces, me había decidido a entrar en el terreno predilecto del novelista cartagenero –las ambivalencias de la Historia, el respeto a la intriga, la fe en la vida, el heroísmo por contagio, la llamada a la emoción y cierta falta de fe en nuestro progreso–, que no difiere tanto del mundo que, de niño, me hicieron amar Alejandro Dumas, Paul Féval y Rafael Sabatini.

Hablo de esa variedad de relatos que esperamos escuchar durante un tiempo suficiente. Cuentos donde se mezclan lo desmedido y lo apasionado, con el acento puesto en la aventura. Narraciones que nos interesan sin que el estilo requiera un análisis más minucioso, y que nos atraen porque su autor cuenta bien historias sugestivas y evocadoras.

Pero me estoy desviando del tema.

Aquel día se presentaba la película Alatriste en el hotel Villa Magna, y Arturo, exuberante, intercambiaba confidencias con Viggo Mortensen y Agustín Díaz Yanes. Una vez más, la rueda de prensa y el turno de entrevistas daban la medida de una obra célebre, conocida en medio mundo.

¿Tópicos hostiles? En esta ocasión, ninguno. Al menos, ya no los había por mi parte. El autor a quien describí en la Casa de América como un creador de best-sellers, había desmantelado mis defensas como sólo puede hacerlo un novelista de primera clase.

Antes de que se iniciara el turno de preguntas en el Villa Magna, hojeé su nuevo compendio de artículos, No me cogeréis vivo, y comprobé por qué Arturo suscita reacciones tan airadas. De paso, pude verificar que sus mejores párrafos se regulan con una cualidad infrecuente: sentido común.

Acá tienen un ejemplo: “Lo que pasa es que antes, además de afirmar que nuestra raza era el copón de Bullas, contaban cosas y te enseñaban también los hechos fundamentales de la Historia. Ahora, bajo el pretexto de corregir aquella manipulación, lo negamos y borramos todo; y en su lugar imponemos la nada y la gilipollez políticamente correcta”.

Razonable, ¿no es cierto? Pues anímense a seguir el próximo argumento: “Tengo el privilegio de poseer una lengua, la española, que es una herramienta eficaz y maravillosa. Y qué profunda –envolvente y cóncava–, concluyo, es la deuda con quienes me ayudaron a conocer sus nobilísimas leyes y a utilizarla, antes de que ministros y psicólogos imbéciles pasaran a cuchillo la formación de los jóvenes, confundiendo renovación con igualitarismo educativo –igualitario por abajo– y desmemoria”.

No sé ustedes, pero yo comparto ese enfado.

Por otra parte, con lo anterior se esclarece esta declaración de principios que le expuso a Javier Rioyo, y que aún guardo en mi dosier de El oro del rey:

“España –afirmaba el escritor– no lleva 500 años, lleva 2000 años de memoria a cuestas y cuando se niega la existencia de España como entidad, como país o como lo que sea, me produce una amargura indecible porque es olvidar nuestra historia y nuestra memoria. Por eso los libros de Alatriste son mi grano de arena, es mi forma de decir cuidado, hay que recordar y repasar la historia”.

Con esta última frase en mente, pregunté al escritor y a Viggo Mortensen sobre los argumentos literarios a favor de la identidad española de Alatriste.

“Fue algo asombroso ver el proceso de españolización de Viggo –me respondió Pérez-­Reverte–. Viggo se hizo español a medida que trabajaba en la preparación del personaje. En la película, ya ves que es español. Porque ésa es su nacionalidad, sin duda. Por otra parte, la camaradería que Tano [Agustín Díaz Yanes] hizo posible, benefició mucho a la película. Entre Viggo, Unax Ugalde, Eduard Fernández y los otros actores fraguó una amistad personal que trasciende a la ficción. Al ser ésta una historia de amigos a quienes la vida va aplastando, esos lazos quedaron muy reforzados porque sus intérpretes eran amigos fuera de la película. Esa ósmosis entre el largometraje y el ambiente fue muy importante. Por eso es tan real esta historia: porque compruebas que Viggo es español y que sus amigos lo son de verdad”.

Esta respuesta, por esas trampas que impone la memoria, me recordó otras declaraciones suyas que yo mismo había recogido seis años antes, durante la rueda de prensa en la Casa de América, mientras preparaba un reportaje para la revista Cuadernos Hispanoamericanos.

En aquella oportunidad, nos habló mucho de la saga del Capitán Alatriste, y también de sus relaciones con las nuevas tecnologías.

El oro del rey se publicó en versión digital, a través de Internet, un medio que tampoco fascina al escritor. “No me interesan los libros digitales −dijo−. Tengo viejas maneras. Para mí, la biblioteca es algo importante, como también lo es el peso, el tacto, la compañía de un libro. Tampoco me interesa Internet. Prefiero ir a la librería o pedir prestado un ejemplar. En todo caso, a veces, me sirvo de los buscadores para localizar un libro antiguo que me interesa o que trate sobre un tema acerca del cual estoy trabajando”.

En esa línea, puestos a popularizar la robótica y la inteligencia artificial, otros compañeros le preguntaron por ese tipo de programas de ayuda que usan algunos escritores norteamericanos. “Cada uno −respondió− es dueño y libre de escribir como quiera y lo que quiera. Pero yo soy un profesional que escribe novelas, y si alguien no tiene ideas, pues que no escriba. Que practique el sexo… Yo qué sé. Que haga lo que quiera. Uno tiene que escribir cuando tiene algo que contar, y ya está. Si un día no tengo algo que contar, me pondré a leer, que es lo que me gusta. Jamás utilizaré un programa de esos”.

Dicho lo cual, que nadie busque referencias semióticas en su modo de interpretar el oficio. “Cada relato literario –nos dijo– es un acto libre. Uno de los pocos que nos van quedando. Y cada uno es libre de no decir nada, o empeñarse en describir el color de esta botella. Todo muy respetable. Después el lector lo lee… o no lo lee. Por supuesto, no es mi caso. Para mí la literatura es un acto creativo. Me apetece que haya una historia, que pasen cosas, que haya acontecimientos. Yo cuento historias, y además estoy muy orgulloso de escribirlas. Pero eso no impide que respete a los otros. Cada uno hace lo que quiere o debe hacer. En mi caso, escribir no es un acto de onanismo creativo, ni una tortura… Es un acto voluntario, y se limita a contar historias que si yo no las escribiera, no existirían. Mientras ese impulso permanezca, seguiré escribiendo. El día que ese impulso se acabe, o me dé cuenta de que me repito o me he cansado, o que ya no creo en lo que hago, pues me dedicaré a otra cosa. Es así de simple”.

Editar esa novela en Internet empujó a Arturo al fondo de un universo nuevo, en el que podían surgir problemas. “Esta mañana –dijo– me he peleado con un amigo de toda la vida, porque me decía Traidor, bellaco, te has pasado a Internet, con la crisis que sufren las librerías. Pero no estoy de acuerdo. Esta experiencia de publicación digital no sólo no perjudica al libro y a la librería, sino que es un modo de acercar una obra a lugares adonde el libro nunca llegaría, porque queda fuera de los circuitos de distribución. El tema lo medité bastante antes de decir que sí, lo que pasa es que si uno lo piensa bien, puede perjudicar mis intereses comerciales más que beneficiarlos. Hay una cosa que está muy clara: un autor quiere que lo lean. Internet tiene una potencia inaudita, una potencia de difusión y de alcance que en ningún otro medio en este momento existe. Entonces yo creo que es una buena idea. ¿Que sale mal? ¿Que comercialmente es un fracaso? Sólo es un libro. Ya haré otro que no vaya por ese terreno. Pero era muy tentador jugar el juego esta vez. ¿Qué lo piratean? Bendito sea Dios. Que lo pirateen cuanto puedan. El riesgo tengo que asumirlo. Aparte de que yo creo que el libro va a venderse lo mismo. Hay gente que lo comprará. Es una forma de que mis lectores se multipliquen a través de un mecanismo fascinante. Si no hubiera sido yo, hubiera sido otro. Siento curiosidad, y ojalá eso aumente los lectores”.

En España, el libro digital no fue una moda. Ni siquiera lo es hoy, cuando proliferan patologías comunicativas como esa –llamémosla así– escritura empleada en móviles y chats. Simples y humildes lectores, eso es lo que en este momento precisa nuestro entorno.

El escritor, con mucha experiencia en la mochila, lo supo ver durante aquella reunión. “Yo soy un lector –subrayó–. Si sale una novela de Saramago en Internet, me la pido. Pero después compro el libro, porque el libro sigue siendo fundamental. El libro objeto, el libro editado... eso sigo necesitándolo como lector, porque lo otro no me satisface del todo. El libro tiene el peso adecuado, y el leer en folios una novela no es de mi gusto. Por eso las editoriales siguen siendo necesarias. Es cierto que Internet extiende una historia, pero el libro seguirá siendo indispensable. Yo soy de otra generación y estoy en otra cosa. A mí la red me tiene sin cuidado. Completamente. No es mi mundo, ni me atrae. No pienso echar esa losa sobre mis espaldas. Si este libro digital es un éxito, me da igual. Y si es un fracaso, aunque no se lo crean..., también”.

En 2006, mientras le preguntábamos sobre la película de Díaz Yanes, el escritor identificó las mismas heridas en nuestra sociedad. Un pueblo viejo en el que la gloria y el desencanto suelen ir de la mano, pero cuyo recuerdo histórico se impone. Hay muchas razones para ello porque, según nos recordó el escritor, España hizo cosas infames, pero también hizo cosas magníficas, y llegó a ser lo que nunca más llegó a ser otro país.

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